Mercado de trabajo, inmigración, sectores “descualificados” y calidad del empleo ¿Quién es el responsable del deterioro de la calidad del empleo?Daniel Albarracín
1. Qué entendemos por Mercado de Trabajo. 12. El papel de los “colectivos específicos”. La inmigración. 33. Ocupaciones y calidad del empleo. Condiciones de trabajo y Condiciones de empleo. Modelo productivo y Modelo de Empleo. 84. Los sectores “no cualificados”. ¿Culpables de la mala calidad del empleo?. 105. Una reflexión sobre ocupaciones y clases sociales. 13Consideramos de un gran valor la explotación y disposición ordenada de datos de factores e indicadores fundamentales en cualquier análisis del mercado de trabajo.
Ahora bien, el enfoque e interpretación de cualquier información proporcionada, no es menos importante, si bien la única prueba que nos ha de servir de referencia es la realidad y de si somos capaces de entenderla y, potencialmente, estar en condiciones de influir en ella con un buen propósito.
Como es sabido, la información cuantitativa es de gran valía para dimensionar los fenómenos, pero para poder valorar su relevancia y significado ha de sustentarse en categorías teóricas que respondan a las formas vigentes de la estructura y dinámica social concretas del ámbito que se estudia. Así, no debemos pasar por alto un conjunto de una serie de estereotipos conceptuales, y trataremos de desmontarlos.
Los debates que aquí se plantean y cuestionan son de orden teórico –qué conceptos aplicados son más pertinentes para el análisis-, pero también atañen al lugar e imagen desfavorables y condenatoria que se arroja, inmerecidamente, sobre ciertos colectivos y actividades económicas.
Para ordenar esta discusión hemos optado por proponer una serie de interrogantes. Estas preguntas constituyen dudas, surgidas de debates con algunos colegas que, a pesar de encuadrarse en un “un universo progresista” suelen admitir demasiados parámetros de análisis convencional, y que nos gustaría ir respondiendo, proponiendo un acercamiento a estas cuestiones desde una óptica alternativa. En suma, pretendemos compartir un punto de vista que puede ayudar a mirar las cosas de otra manera.
1. Qué entendemos por Mercado de TrabajoEl punto de anclaje de muchos análisis convencionales parte de una idea de Mercado de Trabajo cuyo funcionamiento seguiría, casi estrictamente, una dinámica de intercambio, más o menos automático, entre oferta y demanda de trabajo. La oferta y producción de empleos (o demanda de trabajo) vendrían dadas, por la dinámica económica y el modelo productivo, y la demanda de empleos (u oferta de trabajo) se determinaría por la presencia y tipología de colectivos. Consiguientemente, la mayor presencia de colectivos presiona a la baja del precio, en este caso los salarios y condiciones laborales.
En nuestra opinión, la dinámica económica está determinada por factores sociopolíticos propios de un modelo social e histórico determinado. Por ello la dinámica de crecimiento y creación de empleo –siguiendo una lógica perteneciente a una economía de mercado capitalista-, debe enmarcarse en su contexto, por lo que se han de señalar la importancia de la fase del ciclo económico, el tipo de política económica en marcha, los acuerdos internacionales, el contexto histórico y político, el lugar que se ocupa en el contexto internacional, etcétera.
La oferta de población disponible para trabajar representa un factor a tomar en cuenta, pero también, y puede ser más importante, hay que tener presente las condiciones estructurales en que se emplea a la fuerza de trabajo, que es mucho más determinante. De modo que hay que estudiar el marco regulador laboral –legislaciones, acuerdos y convenios-, las relaciones de fuerza en la negociación, las prácticas del empresariado y de los y las trabajadoras, así como de los sindicatos, y la presencia o no de discriminaciones y segmentaciones ocasionadas por los actores en concurso, entre las que cabe indicar si hay un tratamiento diferencial a la población en función de su origen nacional, étnico, sexual, etcétera. La estructura de oferta de empleos, y la dinámica de la inversión, gestión y organización de la fuerza de trabajo anteceden y prevalecen, al imponerse como condiciones de empleo casi dadas al colectivo de trabajadores y trabajadoras en su gran mayoría. Esa estructura de oferta de empleos tiene una relación indirecta con el modelo productivo, pero no se deduce estrictamente de él –aunque lo condicione-, sino especialmente por unas relaciones laborales institucionalizadas en la práctica y configuradas por un estado de la correlación de fuerzas sociales y las normas que son manifestación e instrumento de las mismas.
En efecto, “mercado de trabajo
[1]” es un término poco apropiado –y no sólo insuficiente- para el análisis, por la imagen “independiente” que ofrece respecto a ese entramado socioeconómico –y político- previo que lo hace posible. Podríamos afirmar que, en el peor de los casos, ha de hablarse de un entramado de mercados regulados –por diferentes actores, prácticas habituales y normativas- y segmentados de empleo de la fuerza de trabajo. Estos definen el intercambio y circulación de la mercancía fuerza de trabajo, pero dependen de las condiciones de producción y reproducción sociales y económicas. El modelo de relaciones laborales es una construcción socioinstitucional de lo laboral como factor económico. La segmentación de los empleos y las actividades, y por tanto la clasificación jerárquica de las fuerzas de trabajo, no responden a razones exclusivamente de un mercado natural de precios y cantidades automáticas, sino que está cargada previamente de acción política –negociadora- de los “actores” sociales: gobierno, patronal y sindicatos, al instaurar normas de las mismas, así como influye en su aplicación el empresariado y los y las trabajadoras –como “autores” sociales-.
En resumidas cuentas, el punto de partida teórico al uso, frecuentemente empleado incluso dentro de algunos sindicatos, arranca de dos consideraciones: son los puestos de trabajo ofertados y los colectivos disponibles los factores de demanda y oferta de este mercado. Los puestos de trabajo dependen de un determinado modelo productivo, y los colectivos constituyen la otra cara de la moneda. Pero se evacuan dos factores decisivos que cabría dar cuenta en el análisis y que median y determinan el mecanismo de relaciones laborales de estos “mercados”: la política económica y las condiciones y regulación del empleo. Para el análisis convencional del mercado de trabajo, por tanto, la responsabilidad de la precarización se atribuye a ciertos puestos –propios de las actividades de construcción, hostelería y hogares- como a ciertos colectivos “descualificados” –los inmigrantes-, sin mayor problematización de las relaciones socioeconómicas en las que éstos están participando y que les condiciona fundamentalmente.
Bien es cierto que la organización del trabajo define el tipo de condiciones en la situación del centro de producción, pero esta esfera está precedida por una política económica general del país y de la empresa –estructura y volumen de inversión-, por un sistema de reproducción social de la fuerza de trabajo – educación, familia, vivienda, etc…-, por un tipo de gestión y movilización de la fuerza de trabajo global –sistemas de intermediación, orientación y formación laboral-, y un por unas reglas de juego en la regulación del mercado de trabajo o políticas de empleo. Sin embargo, para la mayoría de los analistas convencionales, es la situación de trabajo la que quiere determinar todo lo demás. Pero, siendo en sí una dimensión más de la cuestión, y esto se suele olvidar, no es la primera, sino la última de todas las dimensiones que configuran el sistema de relaciones laborales.
No son la estructura de ocupaciones ni la situación de trabajo los que definen un modelo productivo, sino la forma y dinámica concreta de un modelo de acumulación e inversión, determinados por una política económica pública y privadas concretas, en un contexto sociohistórico determinado. No son las ocupaciones ni la situación de trabajo, aunque influyan en la diferenciación individual de la situación laboral, las que definen las condiciones de empleo, sino una relación de fuerzas en la negociación y una normativa laboral determinadas. No son la mayor o menor presencia de determinados colectivos los que degradan las condiciones de empleo sino su situación en la sociedad, su capacidad de negociación, y su situación de discriminación de origen, amén de que un aumento de la disponibilidad de la fuerza de trabajo sí tenga una influencia en las condiciones de negociación. Pero no parece razonable hacer un tratamiento diferente, en dicho caso, de inmigrantes y mujeres, pues parece invitarse a pensar que los primeros son unos “tramposos” y las segundas “discriminadas”, sin dar cuenta de la importancia de la estructura de inversión, las condiciones de ciudadanía y la regulación laboral para comprender su debilidad estructural de negociación.
2. El papel de los “colectivos específicos”. La inmigración.Un fantasma recorre el análisis convencional: la presión a la baja en las condiciones laborales por la entrada de nuevos colectivos.
En particular, se incide en el caso del colectivo migrante. Aunque dicho argumento podría haber servido para hablar también de otros colectivos, como el de la mujer (que sí se suele contemplar como un colectivo discriminado, al contrario que al del inmigrante, que se le ve, en referencia al irregular, como transgresor), o, al colectivo joven mismamente. Se suele acusar a los inmigrantes de deteriorar las condiciones laborales medias, pero entonces, ¿cuál es la razón que justifica su trato diferencial con el de las mujeres o jóvenes?. Sólo se explica este razonamiento, porque se sea receloso de una mayor llegada de inmigrantes, lo que empuja a una línea restrictiva de acción, en vez de contrarrestar esta tendencia y actuar sobre los conflictos reales.
Para muchos es la incorporación de inmigrantes la que descualifica el sistema productivo y de empleo. Se dice que los inmigrantes pertenecen a categorías de los no cualificados, como si fuese esta fuerza de trabajo la que ocasiona la aparición de malos puestos de trabajo y no el tipo de inversión económica, organización del trabajo, y formas de empleo reguladas y creadas por el Estado y, claro está, por el empresariado. No siempre son los y las trabajadoras las descualificadas, sino los puestos y los empleos los que serían de mala calidad o baja profesionalización. No es por tanto, una situación de presión a la baja de las condiciones laborales, sino de discriminación, abuso y explotación de ciertos colectivos por razón de su vulnerabilidad social.
Es frecuente asimilar el mercado de trabajo a un mercado cualquiera, con una dinámica más o menos automática y dependiente de la dinámica macroeconómica. Así –si marco regulatorio laboral no se pretende tocar- sólo se puede actuar en la entrada de mayores colectivos disponibles. No se hace un análisis de cómo influyen las discriminaciones de partida, y se plantea su necesaria corrección. Es decir, con un ejemplo muy prudente y moderado, en vez de mejorar las condiciones de los y las trabajadoras inmigrantes reclamando responsabilidad empresarial y estatal para dar buenos empleos, se opta por dosificar su entrada mediante cupos, visados y mecanismos restrictivos de contratación en origen. En vez de luchar por mejorar las condiciones laborales en el marco estatal –e internacional- se opta por aminorar “la presión a la baja de las condiciones laborales” mediante barreras de entrada con dudosas justificaciones e instrumentación de medidas.
¿Es un concepto consistente lo que se llama como “capacidad de absorción del mercado de trabajo”?. ¿Es un indicador suficiente y completo de lo que puede entenderse como “capacidad de acogida del país”?. ¿Qué indicadores cabría contemplar desde una perspectiva global profunda y temporal de largo plazo?.El mercado de trabajo no es una entelequia ni lleva una dinámica autónoma. Es necesario explicar por qué se produce un tipo más o menos vigoroso de crecimiento económico, enmarcando la cuestión dentro de un sistema económico internacional, un tipo de política económica y cierta política laboral –en la que la negociación colectiva no sólo debe acompañar y gestionar lo que dicte la dinámica económica sometida a sus reglas sino también influir en su transformación-. Es necesario dar cuenta y conceder la importancia que tiene el papel de los actores sociales y políticos. Si no contextualizamos corremos el riesgo de cierto determinismo economicista al margen del necesario marco de análisis sociopolítico.
Se puede entender que una sociedad tenga limitada su “capacidad de acogida”. También cabría hablar de “la necesidad a largo plazo de población en edad laboral”. Estos aspectos, por ejemplo la “capacidad de acogida” deben referirse a factores que no sólo atañan al “mercado de trabajo”, sino que debiera incluir aspectos como la dotación de los servicios públicos, de servicios sociales de integración, disponibilidad de vivienda y de empleos decentes, la evolución económica, etcétera. O, por ejemplo, incluir indicadores de “necesidad de población en edad laboral” a largo plazo, por ejemplo, evaluando el equilibrio con el envejecimiento de cara a garantizar las pensiones públicas del futuro, o la situación del ciclo económico, del desempleo y la disponibilidad de trabajadores/as, etcétera. Ahora bien, todos estos aspectos “objetivos” no pueden estar al margen de valoraciones como también es la solidaridad, por lo cual, desde la izquierda, debemos incluir en la agenda la posible capacidad de sacrificio solidario de nuestro país para con el derecho a la movilidad de las personas especialmente cuando éstas huyen de la miseria, la persecución y la guerra.
Podemos actuar sobre estos diferentes indicadores, en función de prioridades que se marquen, y no tener porque actuar sólo en la restricción a la entrada de nuevos colectivos. Así, podemos actuar en la mejora de recursos y programas de intermediación de los servicios públicos de empleo, actuar en el mercado de la vivienda para favorecer el acceso, o desarrollar mejores políticas de integración, o valorar estratégicamente la incorporación de población migrante que ayude a resolver los desequilibrios demográficos en nuestro país. La incorporación de dichos colectivos seguirían suponiendo un enriquecimiento de nuestra sociedad –material y culturalmente- y no tiene porqué presionar a la baja las condiciones laborales si se actúa consecuentemente en la política de extranjería –para equiparar derechos y obligaciones-, en materia laboral –fomentando el empleo decente mediante una mayor inspección laboral y acción sindical-, y en la política económica y social. Pero si no actuamos aquí el margen de maniobra, claro está, sólo es el de dosificar la entrada de personas e incrementar las repatriaciones. Por lo tanto, o profundizamos o corremos el riesgo de parecernos demasiado a nuestros adversarios ideológicos.
¿El empeoramiento de las condiciones laborales depende de la incorporación de colectivos específicos? ¿o dependerá de un determinado modelo laboral de empleo de la fuerza de trabajo (cuyos instrumentos son la política laboral, la negociación colectiva, la acción sindical y las prácticas de los empleadores) y de cierto tipo de política económica –en un sistema socioeconómico como el vigente-?.