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16/3/17

Flujos financieros ilícitos que socavan la justicia de género

VERONICA GRONDONA, NICOLE BIDEGAIN PONTE
Y CORINA RODRÍGUEZ ENRÍQUEZ

Diciembre de 2016

  • En este artículo se exploran algunas interrelaciones globales entre la justicia tributaria y la justicia de género, con especial énfasis en dos vínculos centrales entre los flujos financieros ilícitos y la injusticia de género.
  • En primer lugar, a través de los efectos de la evasión y la elusión fiscal y en segundo lugar a través del papel de las jurisdicciones financieras opacas, así como de las redes mundiales
    de facilitadores que abren las compuertas para que fluyan los capitales ilícitos resultantes de
    la trata de mujeres.
     
  • En este artículo sostenemos que la confrontación y el desmantelamiento de los facilitadores
  • internacionales y de las jurisdicciones opacas no solo serán pasos auspiciosos en aras
    de la transparencia y la igualdad mundial, sino que también contribuirán a la igualdad de
    género, así como al respeto, la protección y el cumplimiento de los derechos humanos
    de mujeres y niñas.
  • El análisis finaliza con una lista de recomendaciones en materia de políticas internacionales y
  • nacionales y ofrece lineamientos para combatir la evasión y la elusión fiscal, así como el lavado de dinero procedente de actividades delictivas.

Para seguir el artículo en su conjunto pínchese AQUÍ.



26/7/12

La derecha y el aborto

Begoña Marugán Pintos | Socióloga

nuevatribuna.es | 25 Julio 2012 - 13:54 h.
 
Con la Ley Orgánica 2/2010 de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo parecía que se acababa con la polémica sobre el aborto que tuvo lugar a finales de 2008 con la puesta en marcha de la Subcomisión para realizar un estudio sobre la aplicación de la legislación en materia de interrupción voluntaria del embarazo. Esta Subcomisión solo pretendía ser una respuesta a los cambios sociales y a la evolución de los derechos de las mujeres que se habían producido durante las dos décadas que llevaba aplicándose la Ley Orgánica 9/1985, de despenalización del aborto en determinados supuestos. La Ley 9/1985 estaba lejos de cumplir con las recomendaciones de la ONU y la OMS en materia de derechos de salud sexual y reproductiva y debía atender la Recomendación 1607, aprobada por la Asamblea Parlamentaria del Consejo Europeo, que instaba a los Estados miembros a “despenalizar el aborto, si no se había hecho ya” y a “garantizar a las mujeres el efectivo ejercicio de su derecho a acceder a un aborto legal y seguro”.

11/7/11

La cuestión social del trabajo del sexo ¿Qué perspectiva y criterio de regulación?.




Daniel Albarracín

Marzo de 2011.

1. Introducción

La cuestión social de la prostitución, aún siendo una compleja discusión, resulta una materia relevante por diferentes cuestiones:

· Afecta a un colectivo ocupado en la industria del sexo que puede oscilar entre las 50.000 y 300.000 personas[1] -aunque es posible que ronden las 100.000-, en el Estado español. Dicha actividad a nivel mundial, con flujos de capital transnacional especializado, está ascendiendo de manera inequívoca.

· Concierne a trabajadoras que, cuando cuentan con un contrato, lo hacen con la figura de camarera y bailarina, y parte de ellas desarrollan su actividad ligada a la industria hostelera. En España, los formatos de la provisión de este servicio se desarrollan en pisos de citas, plazas de hoteles, clubes de alternes y discotecas y, en menor medida, prostitución de lujo o, en otro segmento, prostitución de calle.

· Porque se trata de una cuestión que, en el modo que se está tratando, ha confinado, vulnerabilizado, y ha desprovisto de recursos de defensa a un amplio colectivo de personas, que en su mayoría son inmigrantes y mujeres.

· Porque el movimiento feminista se ha bifurcado y enfrentado, impidiendo una comunicación fluida, tanto con los varones de izquierda, como entre las diferentes corrientes feministas que lo componen, dificultando enormemente el entendimiento y la colaboración en el marco de los movimientos sociales y obrero.

· El movimiento sindical debe también formular alguna posición al respecto, cosa que ya se ha hecho en el caso de CCOO a nivel confederal. Pero algunas federaciones no se han pronunciado todavía al respecto.

· Porque la actividad del trabajo del sexo se ha tratado de manera apriorística y, muchas veces, de manera moralista, lo que ha dificultado si cabe aún más la situación de muchas personas, añadiendo a la ausencia de derechos una estigmatización excluyente.

11/5/11

¿Economía feminista?, ¿y eso qué es?

13 de Abril de 2011
Daniel Albarracín

El próximo 12 de Mayo se celebran unas Jornadas de Economía Feminista en la UCM, en Somosaguas. Las compañeras han solicitado que se responda a un cuestionario. Comparto algunas respuestas sobre algunas de las preguntas que se han formulado. Espero que sean de utilidad.

CUESTIONARIO (a modo de entrevista)

  1. Sobre el término “economía feminista

- ¿Por qué lo llamas (o no) economía feminista?.

Primero hablo de perspectiva feminista. El fin es el trato equivalente de las personas, atendiendo a sus necesidades específicas en su contexto. La economía es un medio.

La economía es un asunto humano y social, que concierne a la reproducción, extracción, elaboración, reparto de los recursos y cuidado de las personas y el medioambiente, lo que conlleva adecuar los recursos disponibles a las necesidades de todas las personas, hombres y mujeres, con un trato equivalente (en materia de libertades, toma de decisiones, y disfrute de recursos y relaciones). Es un asunto humano conflictivo y político porque entraña dirimir y, muchas veces, disputar qué, cómo y para quién se produce.

En el qué deben reconocerse los ciclos materiales y ecosistémicos del entorno y las necesidades humanas (de todas las personas). En el cómo se diseñan mecanismos sociales e institucionales para organizar la extracción y elaboración de los recursos materiales, asignando los medios para conseguirlo (materias primas, tiempo, trabajo y personas –hombres y mujeres en condiciones para esa dedicación-). En el para quién se aborda la cuestión de la distribución de los frutos del trabajo y la naturaleza, y concierne, una vez más, a personas, mujeres y hombres en sociedad.

6/11/10

El apellido, ¿de la familia patriarcal o de la identidad personal ?

Daniel Albarracín
6-11-10

En estos días se está tramitando una ley en el Estado español que trata de modificar la inveterada norma de anteponer el apellido del padre frente al de la madre, que casi siempre quedaba en segundo lugar. En caso de desacuerdo entre los progenitores se plantea, aunque se plantea dudas al respecto, que se anteponga el apellido por estricto orden alfabético, lo que podría con el tiempo hacer desaparecer buen número de apellidos que comenzasen por las últimas letras del abecedario.

Gran parte de la sociedad no ha concedido a este punto su debida relevancia. Bien es cierto que no puede entenderse que esté en el primer punto de preocupaciones ni de las urgencias sociales, una vez el paro y la pobreza campan a sus anchas.

La norma avanza que el registro a partir de ahora estará personalizado y no bajo el documento del libro de familia. Esto puede considerarse un avance, no obstante, entre otras cuestiones modernizadoras. Pero quería centrarme, aunque sea una reflexión menor, en la cuestión del apellido.

Y es que el debate sobre la cuestión del apellido habría de referir a la función social que desempeña. Desde una óptica moderna dar identidad a las personas debiera ser lo prioritario, para conseguir que se refiera a cada cual de manera que reduzca los equívocos respecto a no confundir conotras personas -no vaya a ser como en China, donde hay millones de personas que se llaman exáctamente igual, y donde Li es el apellido más frecuente del mundo-, y se reconozca la personalidad también desde este plano nominal. Ni que decir tiene que el recurso al número y letra del NIF contribuye a distinguir e identificar a cada persona, pero queda claro que no es una manera de referenciar la personalidad y el simbolismo identitario del nombre y los apellidos.

Debemos aquí recordar qué lugar ha desempeñado social e históricamente los apellidos. Con ellos se ha tratado de relacionar a cada persona con su linaje familiar. Su importancia no era menor, porque durante siglos con ello ha entrañado que primaba la pertenencia de cada individuo a una familia. Dicho de otro modo, un primer debate es el punto hasta que tiene sentido dar a la familia un papel denominador de la persona frente a otros criterios. En otros tiempos, el lugar de origen, la adscripción a un feudo, etcétera, fueron razones asumidas para ello y, naturalmente, no todos estos criterios sustraen nuestra atención ahora, ni merecen que los valoremos en positivo.

La familia, en términos de linaje referencia no sólo los afectos o la genética, sino que social y culturalmente ha determinado durante largo tiempo la extracción y el status social -decisivo en épocas antiguas medievales, en tanto que la pertenencia a la clase social estaba mediado por dicho vínculo-. Más aún, y todavía hoy es un factor decisivo en múltiples circunstancias, la familia, y el papel preponderante de ser varón, padre, o hijo (con el caso de la dote) ha condicionado o determinado las herencias materiales y los traspasos y repartos de propiedades.

Visto así, el problema no es baladí ni mero nominalismo. Y aún regulándose otra cosa en las leyes en materia de herencia, o en las relaciones sociales en cuanto al status o reconocimiento social, el darle un papel al padre sobre la madre, o a los hijos sobre las hijas, sigue representando un vestigio feudal (como la presencia de la monarquía, o de que sea el primer hijo varón el que ostente la primacía de ser monarca).

El punto hasta el cual es importante saber quién es el padre o la madre de cada cual está determinado en leyes de la herencia, prácticas culturales, y la adscripción social de cada sociedad. Pero deberíamos asumir que no tiene razón de ser que el apellido paterno prime sobre el materno, ni siquiera que le concedamos una importancia desmedida a la familia que se pertenece, salvo en lo que concierna a los afectos, la comunidad de convivencia, a efectos de posibles herencias genéticas con significación médica, y las responsabilidades materiales que los cuidados y respetos de convivir entrañen.

Permítaseme elocubrar sobre la cuestión. Yo siempre tuve inclinación por que la persona se denominase por la personalidad manifiesta, deseada y reconocida en las prácticas de la vida. En los pueblos indios de América se daba a nombre a cada persona en función de sus virtudes, actitudes o de sus sueños. ¿Por qué no al nombre puesto por los padres no podría complementariamente apellidarse a cada niño o niña, a cierta edad en un rito de paso a la madurez en función de su carácter, virtud, prácticas, deseos, vínculo positivo con su entorno social y natural, y su proyección reconocida en su comunidad, que suscitase motivación a la mejora y al reconocimiento de sus congéneres, a modo más que un nombre antepuesto, como un título o símbolo logrado?.

No pretendo que esta sea la solución, ni que esto sea lo mejor, pues siempre habría problemas de atribuciones y tentaciones manipuladoras y estereotipantes del entorno social para inclinar a cada cual a una función social o una imagen no siempre elegida. Pero en fín, sólo trataba con esto de mostrar que hay otras muchas formas de nombrar a las personas.

Sea como fuere, no puedo decir otra cosa que el que la atribución de los apellidos no privilegien el paterno, y que planteen un posible acuerdo entre padre y madre, representa un pequeño avance simbólico, dentro de las objeciones planteadas. Pero en modo alguno me parece razonable que en caso de desacuerdo el orden alfabético dicte cómo quedará el orden.

En otros países las situaciones son diferentes. Un apellido sólo (Alemania), dos apellidos, primer apellido de la madre (Portugal), un segundo nombre de pila (EEUU), posibilidad de acuerdo entre los padres, etc... y en su caso decisión de un juez o de una moneda.

Yo planteo como una solución factible que siempre se escoja el apellido menos frecuente de ambos, de cara a diversificar los apellidos y facilitar la distinción de las personas, que yo creo que es la función más importante del nombrar, mientras no haya mejor solución. Incluso primaría esta solución en defecto, y sólo se habría de cambiar en caso de acuerdo entre los progenitores o tutores. Un acuerdo que, para ser claros, no es simétrico, pues todavía hay enormes presiones a la mujer para que ceda en esta cuestión, por el patriarcado postmoderno dominante. Un acuerdo que no es entre iguales ocasiona casi siempre un armisticio asimétrico. Y por tanto una solución así representaría más avance en esta materia.

Esta cuestión no impediría que más adelante, pudieran combinarse otras soluciones. Que los padres nombren a sus hijos con un nombre (y por qué no, desligarlo a la tradición religiosa, o el día del año, e introducir otras variables como las virtudes humanas, la naturaleza, los valores, los hechos o héroes excepcionales, o cualquier símbolo positivo), que mantenga los apellidos provisionalmente de los progenitores a fin de saber quienes son los padres, y que luego a cierta edad el apellido pueda decidirlo el hijo con los años (escogiendo un lugar de origen, un destino preferido, una condición que a uno le identifique, una función social que uno quiera representar, etcétera...) a una edad madura, deliberando con su comunidad en la que convive.

No se, se que esta reflexión no es de primer orden, pero creo que podía ser interesante compartirla. ¿Qué opináis?.

1/5/10

Más de dos largos siglos de crisis de “in-civilización” capitalista

Daniel Albarracín, Marzo de 2010.

1. La imposición sociopolítica del capitalismo como sistema socioeconómico.



Si algo no puede estar ausente cuando se caracteriza el capitalismo -como modelo social, económico y político contemporáneo- son las crisis, en tanto que condición de su existencia. El capitalismo se ha venido forjando como el sistema más revolucionario, inestable y contradictorio de la historia. La impronta del capitalismo le aboca a una crisis permanente.
Con su despliegue, tan fulgurante como depredador, explotador y desigual, cabalgado por nuevos sujetos sociales políticamente conscientes, su virulencia desató un nuevo orden social que originó conflictos crecientes cuantitativa y cualitativamente exponenciales. Enfrentó un nuevo régimen contra otro antiguo –el feudalismo-; a la ascendente burguesía contra la clase trabajadora explotada merced a una nueva dominación socioeconómica; fragmentó el mundo en fronteras haciendo rivales a personas con necesidades comunes –hasta el punto de causar conflagraciones recurrentes, o migraciones en la que se divide a las personas en ciudadanos de primera, segunda, o sin categoría según la disposición o no de papeles según las reglas de cada país-; reordenó viejas opresiones –como el vetusto patriarcado contra las mujeres, o el empleo represivo de las religiones- haciéndolas funcionales con la explotación capitalista; y expone a la humanidad –primeramente a los pueblos y clases más vulnerables- a una no descartable autodestrucción, poniendo en peligro las condiciones de habitabilidad del planeta al arrancar la riqueza natural de la tierra de ciclos sostenibles para la vida, y al inundarla de residuos dejando una imborrable huella ecológica.

La monótona dinámica secular de sistemas antiguos –como, por ejemplo, la solapada propiedad feudal de y la fijación servil a la tierra; el vasallaje, el señorío o nobleza y la exención fiscal que conllevaban; los gremios, o el justiprecio de mercados en los que no primaba la obtención de excedente-, se vieron derruidas, deglutidas o sustituidas por nuevos sujetos que instauraron la primacía política, económica y social de la relación del capital. Según ésta, quienes controlan los medios de producción adoptan sin corsé las decisiones de asignación de los recursos de su propiedad –primero familiar, luego accionarial, siempre formalmente individual-. Se inicia así una incontenible y desordenada carrera competitiva por beneficiarse de la plusvalía extraída de la rentabilización del empleo y organización de la fuerza de trabajo de la mayoría social, a partir del valor originado en su trabajo. Con la mayor y más diversa violencia que se ha conocido se devastaron formas de vida y se reconfiguraron relaciones sociales enteras. En apenas dos siglos de (salvaje) civilización capitalista se aniquilaron la mayor parte de instituciones y sistemas de privilegios feudales, entre oleadas de desamortizaciones de tierras eclesiales o estatales, tierras valladas donde antes había propiedad comunal o bienes libres, consolidación y clarificación de la definición de propiedad; y se despojo el modo de vida campesino, empujado a no tener más bien que su prole y su fuerza de trabajo hacinada en la ciudad y entregada a la empresa industrial (sea agroganadera, fabril o de servicios).

La burguesía – con sus diferentes fracciones y grupos cómplices o aliados- tomó el poder. El apoyo del resto y mayoritario pueblo llano fue imprescindible en las históricas revoluciones que promovió. Pero pronto se desprendió del incipiente proletariado y otras clases del pueblo llano comprometidas en la revolución social –para llevarla más allá-, como aliados, y una parte de la nobleza convino en acogerse y reconvertirse a las ventajas del nuevo sistema instaurado.

Se pusieron en pie nuevos derechos individuales, al tiempo que ascendieron formas institucionales y modelos socioeconómicos que iban a definir nuevos privilegios y consolidar desigualdades sustantivas en las condiciones de vida, concentrando las posibilidades de aprovechamiento de aquellos derechos formales individuales en la nueva clase dominante. Entre estas instituciones capitalistas, fuente de privilegios para una minoría, destacan la propiedad privada de medios de producción, la herencia, el Estado-Nación burgués –garante de los anteriores privilegios y del crecimiento ordenado de los mercados acondicionados para la realización capitalista, y de regímenes fiscales contradistributivos y de gasto a favor del capital-; o el derecho mercantil y concursal que favorece la libertad de empresa y condiciones económicas ventajosas para las corporaciones privadas-; la sociedad anónima por acciones, bajo cuyo aliento las empresas pudieron formar sus espacios de oligopolio transnacional; y los mercados financieros organizados y las regulaciones que flexibilizan la movilidad de los capitales. A la batería de derechos civiles individuales como la libertad de expresión y de prensa, la igualdad formal ante la ley, se sumaron derechos colectivos –como las pensiones, educación o sanidad, entre otros- y la libertad de asociación –política, sindical, etc…- arrancados solamente tras importantes pugnas sociales, en los que fue protagonista el movimiento obrero, y a cuya posibilidad contribuyeron la presencia de Estados obreros que rivalizaron fríamente con el capitalismo y que coadyuvaron con novedosas –pero degradadas burocrática, autoritaria y ecológicamente- formas socialistas a una competencia internacional por la hegemonía mundial, durante más de 70 años y hasta la caída del Muro en 1989.

Por otro lado, aquellos “derechos” estaban pensados para un individuo abstracto que no existe –o que, de presentarse, no era otra más que la del urbanita, varón, blanco, heterosexual, patriarca y propietario-. Y por tanto obviaban el justo trato equivalente para todas las personas y, de este modo, la necesidad de colmar una igualdad de partida –que no debe confundirse con un trato homogéneo, ni con la simple igualdad de oportunidades- y una democracia participativa y avanzada imprescindibles para una libertad digna de tal nombre. Una libertad que no fuese la de aprovecharse sin límite de otra persona por encontrarse en una circunstancia y posición social o económica más débil, marcada por la desigual extracción social, o la discriminación en base al rol de género, la etnia, la nacionalidad o el territorio de procedencia; una libertad personal que para ser plena debe estar sujeta al respeto igualitario para todos y todas en un marco democrático todavía por alcanzar en su plenitud. Sin embargo, lo que pudieron tener de progresista aquellos derechos quedaron a la sombra de los privilegios burgueses y de la gran determinación social y económica que iba a constituir la relación salarial para la inmensa mayoría social. Lo que no es más que un sistema social donde la libertad es para unos en contra de todos los demás. Además, un amplio conjunto de derechos y libertades sustantivas para las personas quedan pendientes por realizar o su desarrollo en muchos aspectos o lugares están deformados (derecho al aborto, a la formación libre de uniones, a la plena movilidad, etcétera). En este sentido, en un desigual sistema de atribución de privilegios como es el capitalismo, los derechos, cuando no son conquistados y defendidos colectivamente, no son más que favores provistos bajo ciertas condiciones vigiladas por el poder establecido.

2. Relación Salarial, Lógica de la Mercancía, Acumulación capitalista y Ciclo del Capital.


Si los siervos de la gleba estaban atados a la tierra, la relación salarial vendrá a sujetar a las familias obreras y, por tanto, a la clase trabajadora en términos temporales. Han de dedicar cada vez más tiempo de la vida y condicionar su modo práctico de existencia –formándose, adaptándose, disponiéndose- a prestar su fuerza su trabajo para la obtención de un ingreso, para valorizarse en tanto que fuerza de trabajo empleable en los términos prescritos por el mercado y el Estado capitalistas. Cada vez más fracción de la población abandona el campo para ir a las ciudades y destinan mayores proporciones de su tiempo, mayor número de miembros de la familia, mayor atención, esfuerzo y preparación para ser explotables en el marco del trabajo asalariado y de la lógica de la mercancía.

En este contexto histórico, el ciclo del capital constituye la forma dominante de sistema socioeconómico, casi hasta su extremo desarrollada, en una forma más acabada de la que pudo experimentar Marx en el siglo XIX. Este ciclo promueve una acumulación capitalista sin fin, que adquiere y extrae su riqueza de la naturaleza, hasta el punto de agotarla, y que se sustenta en la explotación y apropiación del valor producido por el trabajo.


En el capitalismo se han ido perfilando grandes y largas etapas marcadas por las luchas de clase y la configuración de hegemonías ideológicas, ligadas a determinadas políticas socioeconómicas –reformas liberales, keynesianismo, neoliberalismo, socialiberalismo o liberalismo compasivo, etc…-, a veces gozando de cierta estabilidad y legitimidad y otras veces en franco cuestionamiento. En la actualidad, la gestión socialiberal y neoliberal, que pone a conjugar Estado y Mercado para la reordenación y liberalización capitalista de las finanzas, la producción y la distribución en mercados finalistas, se encuentra en una enorme confusión e inoperancia para afrontar las crisis materiales del sistema económico capitalista.


A este respecto, este sistema ha descrito esas grandes etapas en forma de ondas largas de acumulación (dos en el siglo XIX, una en la primera mitad del XX y hasta ahora nos encontramos en la cuarta), mayormente orientadas por tasas de rentabilidad, en periodos de prosperidad en espiral a los que le sucedían etapas de mayor dificultad para conseguir auges sostenidos y duraderos. Cuatro ondas largas se han sucedido, intercaladas con recurrentes crisis industriales periódicas, cuya duración se ha ido modificando por razones sociales, políticas, técnicas y económicas.


En la actualidad, asistimos a una profunda reordenación capitalista en un periodo en el que la división internacional del trabajo, y las hegemonías económicas y políticas están atravesando cambios y nuevos desequilibrios. A este respecto, el largo periodo en el que el industrialismo (agrario, ganadero, manufacturero, de servicios, etc…) cobraba la hegemonía en el desarrollo en la fase productiva del ciclo del capital, le sucedió otra en el que la concentración oligopólica del capital tenía su primacía en la distribución comercial. Ahora, la concentración del poder y la integración de las fracciones del capital encuentran en el sistema financiero y el papel prevalente de los mercados financieros organizados –profundamente modificados por la titularización, el ascenso del poder de las grandes corporaciones, y las facilidades de todo tipo a la movilidad y relocalización del capital- en la toma de decisiones económicas, asignación de recursos, etc… un vector de poder central.




3. La globalización capitalista

El vector de poder sigue en manos de la burguesía, ahora intrincada a lo largo de empresas-red transnacionales, que contribuyen a la formación grupos de presión capaces de influir de manera protagonista en las grandes instituciones internacionales (BM, FMI, OMC…) y en las grandes áreas regionales de mercados instituidas (TLC, UE, ASEAN, etc…). Unos intereses que siguen empeñadas en incrementar las tasas de explotación –mediante políticas de ajuste social y salarial- y moderar la composición orgánica del capital –mediante las relocalizaciones y políticas de reestructuración productiva- con el objeto de aumentar las tasas de rentabilidad, hasta el punto de instaurar una nueva fase de prosperidad en condiciones de dominación sostenidas, cuyas condiciones no descartables aún deben consolidarse –las tasas de rentabilidad recuperadas no vienen acompañadas de tasas de acumulación vigorosas - y en las que las luchas de clases serán decisivas.

En este escenario de disputas no está todo decidido y no parece factible un paso a una nueva onda larga de prosperidad sin grandes sacudidas y conmociones sociales. EEUU vive una crisis económica sin parangón y su legitimidad como guardián del mundo está en entredicho tras sus fiascos en Irak y Afganistán. La acumulación sólo es mínimamente vigorosa en Asia –China, India-, mientras que en los países centrales es débil. En cualquier caso, debe advertirse que los principales beneficiarios de la acumulación en los países emergentes son grandes corporaciones occidentales y algunos pequeños grupos locales. Aparecen bloques desobedientes y resistentes –algunos de carácter reaccionario, como Irán o Rusia-, y otros de carácter reformista radical –como en países del Mercosur y el eje Venezuela, Cuba, Bolivia o Ecuador-. Al mismo tiempo, surgen grandes conflictos sociales en el cinturón islámico con viejas disputas territoriales y luchas por la adquisición de bienes naturales.

La historia del capitalismo no ha sido la de un único modelo homogéneo de capitalismo. Porque aunque su desarrollo se ha ido extendiendo a nivel mundial, se ha materializado bajo modalidades muy diferentes, en base a la configuración sociopolítica dada en cada formación sociohistórica, en la que las disputas sociales marcaron su carácter político, también condicionadas al lugar que dichas formaciones sociohistórico concretas ocupan en la división internacional del trabajo. Nos encontramos con una estructura de países centrales, en general septentrionales, que dominan y toman ventaja de múltiples semiperiferias ascendentes y en retroceso, o periferias, en general meridionales condenadas al empobrecimiento y a la dependencia de las grandes potencias centrales.

Las hegemonías internacionales se han ido sucediendo no sin fuertes choques, con Francia, Reino Unido y finalmente EEUU -ya en su declinar económico si bien no tanto militar y diplomático- como grandes imperialismos hegemónicos en largas etapas. Imperialismo contemporáneo en reordenación con nuevos bloques multipolares con jerarquías y alianzas en redefinición que causarán nuevas tensiones rivales, nuevos ejes de alianza (EEUU-China) y de enfrentamiento (Rusia, Irán) y subimperialismos (Brasil) y posiblemente nuevas tensiones entre bloques de Estados por venir.


4. El capital, depredador del medio ambiente y urdidor de un modelo nefasto de socialización

El capital, en tanto que relación social, ha colonizado espacios sociales, económicos y territoriales, pero también las formas de vida, de pueblos, comunidades y familias, y al tiempo ha depredado sin piedad el planeta en el que vivimos como especie hasta amenazar las bases renovables de sus materiales –materias primas y energías-, de los ciclos ecosistémicos fundamentales para la pervivencia de condiciones de habitabilidad de gran parte de especies, incluyendo la humana, y ha alterado irreversiblemente –aunque aún no se sabe hasta qué punto, y en qué medida puede paliarse y corregirse- el clima.

El capitalismo, más allá de su apuesta por la individualización social, se ha apoyado en viejas relaciones sociales precedentes, como es el patriarcado extendido desde la familia al conjunto de la sociedad –empresas, espacio público, etc…-, o redes de grupos clientelares –redes sociales familiares, de amiguismo, o de paisanaje- con prácticas renovadas de presión, complicidad, soborno, chantaje, fraude tolerado o extorsión, y otras tantas, que le han podido ser funcionales en tanto que promovían y fortalecían los derechos, instituciones y normas que redundaban en privilegios para la minoría burguesa y sus adláteres (gerencias empresariales, clase política y gobiernos afines, etc…), y ha metabolizado viejos dogmas religiosos para amansar a la población o cultivado nuevas prácticas culturales –la cultura postmoderna del consumo y de expresión- que vacunaban al sistema de cualquier respuesta colectiva organizada.

Se han ignorado y ha originado nuevas crisis y degradaciones en las condiciones de sostenibilidad de la vida que representan las tareas de cuidados, en una cadena de desplazamiento y minusvalorización. Se ha generalizado la “sub”-contratación de franjas femeninas de la sociedad muy vulnerables –frecuentemente mujeres inmigrantes con pocos derechos reconocidos-, mujeres de familia obrera, o se cubre mediante la provisión de mínimos de un Estado con servicios públicos insuficientes y deficientes. Se ha empleado a fondo a cada vez más parte de la población, dando acceso al empleo y los derechos que el trabajo asalariado pudiese reportar, a los que accedían y por lo que luchan y tratan de mejorar con mucho sacrificio y lucha las mujeres, al mismo tiempo que se extendió la explotación y se abrió un espacio más –el de los centros de trabajo asalariado- para la desigualdad entre hombres y mujeres. Esa doble movilización –por los derechos de las mujeres, y por el empleo de la fuerza de trabajo potencial- ha redundado en un modelo de familia de “salario y medio” para explotar a dos o más miembros de la familia, que, en términos generales, ha comportado una inserción por la “puerta de atrás” y sin grandes expectativas para la mujer, sin una correspondiente liberación del trabajo de crianza y doméstico. Así, el modo de acceso al empleo de la mujer se ha desarrollado mediante formas de empleo precarias –empleo a tiempo parcial, temporalidad, bajos salarios, etc…-; en ocupaciones que mayormente han supuesto una extensión de la división sexual del trabajo tradicional -que asignaba a la mujer tareas y responsabilidad de mantenimiento y administración, de cuidados del bienestar y de la salud, y de atención personalizada- al mundo de la empresa, y sin verse liberadas de las responsabilidades del mundo familiar y de atención a las personas dependientes, debido a la siempre insuficiente corresponsabilidad y presencia del varón en el espacio doméstico; y con evidentes desigualdades y discriminación para su acceso a los puestos de mayor reconocimiento, reservados al varón, o que tengan mayor poder de decisión.


5. Crisis objetivas patentes e inmadurez sociopolítica de la subjetividad antagonista.

La fase contemporánea del capitalismo está abocada a una degradación inequívoca de ciertas dimensiones básicas para las condiciones de existencia social y para la vida en general. El conjunto de contradicciones y crisis sistémicas ahora exponen sus consecuencias y conflictos más duros. El reordenamiento del capitalismo mundial, la crisis de acumulación sin crisis de rentabilidad, la extensión de la precariedad y la explotación y, ante la elevación del paro de la pobreza y la miseria, el empobrecimiento de los países del Sur, el desastre ecológico y el sufrimiento de millones de personas por la carestía de agua y alimentos, de un modo de vida digno, de libertades, derechos y democracia básicas, y la previsión de la incompatibilidad de la prosperidad capitalista con un modo de existencia digno y de la sostenibilidad ecológica del planeta, nos enfrentan a una época de grandes conflictos.

La burguesía, aún cuando lograse una victoria y fuese capaz de inaugurar una nueva onda larga de acumulación capitalista expansiva, que sólo sería posible con una gran agresión a la clase trabajadora, que exigirían enormes sacrificios y derrotas y que se derivasen en una reconfiguración socioeconómica imposible sin grandes conflictos, estaría abocando a la humanidad y el planeta a una degradación ecológica que amenaza la vida en sí y a la propia especie. De persistir las bases socioinstitucionales y productivistas del capitalismo, basado en la ganancia, las consecuencias del cambio climático, la crisis alimentaria, y la transición a unas nuevas bases de modelo tecnológico y energético para la producción, supondrán desafíos que pondrán en riesgo a la propia humanidad, siendo sus primeras víctimas las clases y pueblos de extracción social y ubicación territorial más vulnerables.

Cabe constatar una crisis que, para nosotros, es la más preocupante. Una crisis de subjetividad antagonista organizada, producto de una gran ofensiva neoliberal que desmanteló los asideros institucionales para la formación e influencia de los sindicatos, y ahogó la posibilidad de acceso a los medios de comunicación de masas a las fuerzas de izquierda rupturista; una reconversión de la izquierda al socialiberalismo; del colaboracionismo de clases de la socialdemocracia, y el arrinconamiento que realizó contra fuerzas antisistema, ahora desautorizado, minorizado y paralizado socialmente; del fracaso, obstáculo y desprestigio que supuso el estalinismo; y del inmaduro desarrollo de fuerzas anticapitalistas, con dificultades para organizar a movimientos sociales ciertamente volátiles. El ascenso de la reacción, prácticas gregarias, conductas racistas y fascistas, o el descreimiento de la población en la política en tanto que ciudadanía son aspectos sociales muy contraproducentes para una transformación radical de las bases sociales capitalistas.

Esta crisis, a la luz de hoy, sólo parece tímidamente contrarrestarse en algunos países latinoamericanos y asiáticos. En Europa o EEUU solo se producen espasmódicos movimientos, como el que se denominó movimiento altermundialista a principios de los años 2000, que se han evaporado poco a poco, y que sólo han fraguado formaciones políticas de izquierda anticapitalista aún muy incipientes, y que sólo tiene cierta entidad en Portugal –Bloco-, Alemania –Die Linke, con un carácter centrista-, Francia -NPA, en parte del Frente de Izquierdas-, o el Estado Español –Izquierda Anticapitalista, entre otras pequeñas formaciones-.

La única vía para poder superar los desafíos de la humanidad, bajo bases solidarias y ecológicas viables, exige una transformación socioeconómica que acabe con las instituciones y privilegios burgueses. Un nuevo modelo socioeconómico y político que sustituya la relación salarial –sustentada en el Estado burgués, la propiedad de los medios de producción y el mercado capitalista- por formas económicas de autogestión colectiva global e internacional, derechos, ingresos y obligaciones universales y equivalentes de ciudadanía y el reparto de todo tipo de trabajo –público o doméstico-, por fórmulas de gestión que orienten los recursos a la satisfacción de las necesidades y que, inequívocamente, exigen grados de austeridad compatibles con prácticas saludables y de bienestar colectivo. Y sólo con ello no será suficiente, porque los retos de los límites ecológicos supone adecuar nuestras formas de producir y consumir a los ciclos naturales y ecosistémicos; porque los retos para una relación equivalente y equitativa entre personas supone revisar claramente las formas de familia, de relación entre personas, hombres y mujeres, de tolerancia y reconocimiento de las libertades sexuales respetuosas de cualquier orientación, y los modelos de provisión de bienes y servicios públicos; en suma, también, de aprender y superar viejas experiencias autoritarias y burocráticas que exploraron tipos de socialismo que en gran parte fracasaron. Sólo aprender de las necesidades, de la realidad, de la experiencia del pasado, y de las posibilidades del futuro nos podrá proporcionar algún horizonte en el que sea posible vivir bien en comunidad con unas condiciones de convivencia con el planeta y el resto de las especies vivas.

1/12/09

¿Por qué hombres y mujeres obtienen salarios desiguales?

Daniel Albarracín
28-11-2009

La modernización de la sociedad no puede ser completa sin alcanzar cotas de relación y trato equivalente entre todas las personas. En este sentido, aunque con transformaciones nada desdeñables, pero que en modo alguno debemos mitificar y sin ninguna concesión a la complacencia, la división sexual del trabajo de nuestros días hereda aún jerarquías, estereotipos, roles y desigualdades que no se corresponden ni radican en las similitudes ni en las diferencias existentes entre hombres y mujeres. Su razón consiste en la pervivencia histórico-cultural de relaciones patriarcales en la familia, en las instituciones sociales y en el mundo de la empresa que no responden más que a una injusticia racionalizada por justificaciones basadas en prejuicios y la tradición conservadora, y que aún presenta en algunas cuestiones rasgos precivilizatorios.

Desde la familia a las instituciones educativas, hasta la propia publicidad y la industria del entretenimiento, todavía se vuelcan expectativas e inculcan actitudes hacia ciertas responsabilidades, y para otras no, que van asignando roles diferenciados y de diferente reconocimiento y aprobación social a hombres y mujeres.

Las cosas han cambiado de un tiempo a esta parte. Pero no siempre hacia una mayor emancipación.

La mujer se ha incorporado en gran medida al empleo. Pero no se ha librado de asumir las principales cargas del trabajo doméstico y de crianza. Las mujeres han entrado en el mercado de trabajo. Sí, pero, por desgracia, por la puerta de atrás y siempre con la obligación de atender el espacio del hogar. Aunque los varones se han sumado a apoyar en las tareas domésticas y de crianza todavía dedican un tiempo muy inferior al de las mujeres a ese cometido. Son frecuentemente otras mujeres de extracción social o situación legal más vulnerable las que suelen cubrir el servicio doméstico. Y muchas veces son las abuelas las que sustituyen a los varones en las tareas de crianza, cuando la mujer trabaja, apareciendo nuevos fenómenos de sobrecarga, que sumados a la doble tarea de las madres, se suma a la que cubren las mujeres más mayores.

Ellas estudian más, y cada vez sobre materias más diversas, y acumulan una cualificación más capaz, pero sin embargo no se les reconoce sus capacidades y preparación. En cualquier caso, también, los estudios que se prefieren para ellas, y que ellas acaban escogiendo, siguen reproduciendo estereotipos y roles. Por un lado, estudios cuyas ocupaciones corresponden al modelo femenino tradicional; por otro, estudios que no tienen demasiadas salidas profesionales en el mercado de trabajo; y finalmente, continúan estudiando, prolongando su dependencia económica, porque sencillamente el mundo laboral no emplea a las mujeres y las desaprovecha. En suma, estudian más y no se las valora en el ámbito empresarial, y acaban estudiando más debido a que no se les brindan oportunidades laborales dignas.

Ni la entrada al empleo de las mujeres ha sido en empleos remunerados de manera pareja al de los varones ni son empleos más estables, ni han sido en ocupaciones más reconocidas e interesantes –puesto que ciertas áreas están vedadas a la mujer, y algunas, no siempre las mejores, se reservan sólo para ellas-, ni en puestos de responsabilidad equiparables a los varones. Esto es especialmente visible en algunos sectores económicos, entre los que están el comercio y la hostelería. A este respecto, se ha producido un proceso de incorporación al mundo del trabajo asalariado que ha sido una auténtica extensión de los trabajos de cuidados, de administración del espacio y, en suma, de reproducción social. Tareas que han sido tradicionalmente atribuidas a la mujer, y que guardan enormes similitudes competenciales a los que han sido propias del espacio doméstico (trato agradable, actitudes y habilidades relacionales y afectivas, atención y disponibilidad constante, etc…). Así, son ellas las que ocupan principalmente los trabajos de servicios a las personas –servicio doméstico, hostelería, comercio, educación, sanidad, etc…- y de administración –en oficinas, en centros de trabajo, etc…-.

Una consecuencia de todo lo anterior es que los ingresos de las mujeres difícilmente permiten la autonomía económica, porque con las nuevas circunstancias sociales y pautas salariales la asunción de ciertos gastos (vivienda, transporte, normas sociales de consumo, etc…) ya no se puede afrontar a menudo con ellos un estilo de vida socialmente integrado y suficiente. El viejo patrón del salario familiar (obtenido por el varón) no se ha superado por el de dos salarios suficientes, sino que han devenido en el de “salario y medio” para alcanzar una cuantía adecuada. Salarios que se ven achicados, más aún en una sociedad de consumo, y en un contexto laboral que impide o dificulta enormemente una disponibilidad idónea de tiempo para la dedicación a la familia, para las tareas del hogar y de cuidados. Incluso puede afirmarse, en términos globales, que las condiciones de vida, a pesar de las apariencias, pueden estar volviéndose peores que en tiempos pretéritos. Y para la mujer, más de las veces, con ingresos sólo pueden ser complementarios, el panorama no mejora, a pesar de haber abierto puertas en nuevos espacios sociales históricamente reservados a varones.

Además, las interrupciones de la biografía laboral, sobre todo en épocas de crianza, coarta sus aspiraciones. Sólo excepcionalmente los varones asumen, o el mercado de trabajo y las empresas les dejan asumir, de igual forma dicha responsabilidad. Son ellas las que en gran medida piden permiso parental, reducciones de jornada y consiguientes disminuciones de sus ingresos. Tanto porque las familias estiman que son ellas las que deben hacerlo, como porque las empresas no permiten que los varones dispongan sus tiempos para otras esferas de la vida más que para el trabajo. Concediendo las empresas mejores trayectorias laborales y mayores ingresos para ellos terminan por hacer “racional económicamente” esa toma de decisión, que relega a la mujer, total o parcialmente, duradera o temporalmente, del espacio laboral.

Los derechos formales crecientes para compensar esta situación son aún al día de hoy insuficientes. Además, el fenómeno que realmente contribuiría a superarlo, la corresponsabilidad de los varones –y los servicios públicos en esta materia-, también está siendo obstaculizado por diferentes instituciones, inercias y culturas, en la que no es menor la dinámica y pautas construidas socialmente en el mercado de trabajo y en las empresas. Las empresas reproducen y se adaptan a las tradiciones, porque no pretenden modificarlas. Su objetivo fundamental es el rendimiento económico y plantean como dados las disponibilidades, perfiles, habilidades, actitudes y expectativas de la fuerza de trabajo disponible en base a lo que consideran dispuesto por la sociedad y dado de antemano. Así, de paso, declinan su papel de agentes sociales en sí mismos, y participan de perpetuar lo existente. Y es muy frecuente que se laven las manos diciendo que el problema está en otro lugar, un universo sin caracterizar llamado abstractamente sociedad.

Sin embargo, las empresas forman parte de la sociedad y contribuyen a su configuración. Ni que decir tiene que perseguir los objetivos de alcanzar la igualdad y reconocer la diversidad no es sólo tarea del empresariado, pero pueden contribuir decisivamente a su consecución o bien obstaculizarlo.


Dicho todo lo anterior, que pone en su contexto los factores de desigualdad entre hombres y mujeres, y que caracterizan las nuevas formas patriarcales del mundo del trabajo, podemos entrar a analizar un aspecto concreto, como es la desigualdad salarial, para tratar de diagnosticar sus causas, sus aspectos y formas, sus dimensiones, y tratar de encontrar medidas proporcionadas a la realidad para su superación.

El criterio básico de igualdad salarial parte del objetivo de alcanzar una retribución igual para empleos de valor equivalente. Los últimos estudios dimensionan las diferencias salariales globales entre hombres y mujeres en torno al 25%-30%. Pero estos datos esconden algunos elementos que merece la pena poner de relieve.

Las causas de esas diferencias salariales no responden en la práctica, o sería un factor menor e insignificante, a factores de discriminación directa relacionados con que para un mismo puesto de trabajo a un hombre y a una mujer se les paguen remuneraciones finales distintas. Los convenios han conseguido eliminar en gran parte las discriminaciones directas. Las razones, por el contrario, son principalmente otras, como pueden ser:

- La primera de todas ellas es que las ocupaciones que desempeñan hombres y mujeres no son las mismas, y estas ocupaciones no están igualmente reconocidas en el mercado de trabajo, aún suponiendo un valor social semejante. El valor de mercado, aunque frecuentemente no es más que el valor subjetivo atribuido por la empresa, de estos empleos es desigual y eso se traduce en las retribuciones diferenciadas de cada persona. Factores educacionales, culturales, pero también de políticas de selección de personal en el acceso a las profesiones determinan esta segregación horizontal en las ocupaciones que realizan hombres y mujeres.

- La segunda es que las trayectorias laborales de las mujeres son más cortas, las salidas del mercado de trabajo más frecuentes, y que, las sitúan en peores condiciones de promoción y ascenso en las empresas, así como de conseguir puestos de dirección y responsabilidad. Por otro lado, al igual que pasa en los procesos de selección, los sistemas de promoción están caracterizados por seguir la libre designación de la empresa, sin sujetarse a criterios e indicadores de cualificación, experiencia y resultados objetivos, transparentes y acreditados, sin contraste con representantes de los y las trabajadoras. Se trata de la denominada segregación vertical. Por consiguiente, las categorías y grupos profesionales de las mujeres suelen ser de una jerarquía inferior y por tanto les corresponde unos ingresos más reducidos en media que el de los varones.

- La tercera, es la discriminación indirecta.


La discriminación indirecta es frecuentemente mal comprendida. Eso es así porque refiere a medidas que siendo homogéneas para todos tienen consecuencias desiguales. Y no porque las personas tengan aptitudes, cualificación y actitudes de mayor o menor mérito, sino porque sus circunstancias sociales por razón de su género, generación, identidad, etcétera, les condicionan seriamente. El punto de partida de cada persona (género, generación, extracción social, origen étnico, etc…) no es el mismo.

En la negociación colectiva la composición de la retribución o el reconocimiento se compone de diferentes dimensiones: salarios base, retribuciones variables, complementos de diferente naturaleza, dietas, salarios en especie, formación y beneficios sociales. Algunos complementos obedecen a razones de antigüedad, lo que perjudica a jóvenes y mujeres, con menores trayectorias, o trayectorias más interrumpidas. Otras responden a complementos arbitrarios o basados en estereotipos desligados de las funciones y responsabilidades realizadas, que impiden retribuir igualmente dos trabajos de valor equivalente (aunque sean distintos en tanto que puestos y áreas de desempeño).

En algunas circunstancias un porcentaje del salario está ligado a las condiciones de objetivos de producción por persona, de disponibilidad para la empresa, o las propias horas extras, todas ellas ligadas a la disposición de tiempo para el empleo de las personas. En la sociedad contemporánea este tiempo, desde el punto de vista global, está mal repartido, puesto que las mujeres al tener que asumir responsabilidades extraprofesionales, sobre todo las domésticas, en mayor medida que los hombres debido a una cultura y relación patriarcal dominante, no pueden satisfacer estos criterios de igual modo. Con lo cuál se les discrimina en caso de retribuir por motivos que ellas no pueden cumplir de igual manera en sus circunstancias. El tiempo extra de dedicación o de disponibilidad, y los objetivos exigidos que sólo se obtendrán si se dispone de más tiempo, es de más difícil asunción femenina, en el actual contexto histórico-social, y amenaza la conciliación familiar, que suele comportar mayor esfuerzo y dificultades para ellas, siempre y cuando no cambie la división sexual del trabajo doméstico y de crianza. Una de dos, en el marco de la empresa, o se promueve la corresponsabilidad masculina o el sistema de promoción o de la atribución de los complementos de disponibilidad, productividad extra por persona, etcétera, deben sustituirse por complementos por objetivos productivos cumplidos por hora trabajada, por responsabilidad asumida, o por la calidad del trabajo, sin que se premie en ningún caso el trabajar más tiempo o la disponibilidad.

Determinadas cualificaciones, dada la distribución educacional y de expectativas atribuidas socialmente, exigirlas a mujeres supone impedir su acceso a ciertos puestos de trabajo. De modo que debe compensarse la oferta de plazas con una oferta formativa para mujeres destinadas a la preparación para aquellos puestos de trabajo donde socialmente las mujeres no han tenido las oportunidades, estímulos, expectativas y roles asignados por la sociedad, aparte del establecimiento de cuotas siempre de naturaleza transitoria. Consecuentemente, también algunos puestos de trabajo “feminizados” deberían estar abiertos y facilitarlos igualmente a varones. Pero esta iniciativa, sólo en una segunda fase temporal, porque si no las mujeres pueden quedarse sin empleo incluso en donde hasta ahora lo habían conseguido.

Ni que decir tiene, que cualquier alusión a la complexión física es discriminatoria. Si para algún trabajo es requisito la fuerza física, a las mujeres debe proporcionársele la opción sea de herramientas e instrumental adecuado para poder desempeñarlo y, en su caso, entrenamiento apropiado y técnicas de prevención. Para eso está la tecnología...

18/11/09

Sobre una regulación del derecho a la reproducción, a la adopción y la interrupción del embarazo, y el derecho a la vida digna: tan sólo una opinión



Daniel Albarracín. 18-Nov-2009

Recientemente algunos sectores de derecha han planteado en España la posibilidad de regular la adopción de fetos, como alternativa al aborto, cuya recurso en tanto que derecho no admiten. Creo que resulta bastante claro lo problemático ética y procedimentalmente así como lo improvisado del planteamiento. Porque esto ocasionará una nueva desigualdad ante el hecho y el derecho a la crianza y a la libertad de opción, en función de la extracción social. Posiblemente causaría más de un caso en el que indirectamente se invitaría con ello a alguna madre y, consiguientemente, a su posible vástago, a una situación penosa y desesperada, de separación. Y, lo que es socialmente más indigno, una conversión del cuerpo de personas en ser susceptibles de trato como mercancía. La derecha con esto, está diciendo que quien no tiene recursos, queda embarazada sin desearlo, o sus circunstancias no brindan las opciones (entorno favorable, preparación suficiente, etc…), deba o bien asumir una crianza que no está en condiciones de desarrollar adecuadamente o bien dar curso y fin a un embarazo y dar a su hijo o hija, si consigue culminar el proceso con vida, al Estado para que, incluso antes de nacer, lo asigne a una familia que ostente presumiblemente las condiciones para poder criar a ese nuevo ser.

La propuesta, siendo paradójica, es también retorcida, porque compartiendo que un aborto nunca es una solución satisfactoria –pues es un síntoma de que algo falló (la educación sexual, la prevención, la relación de pareja, o la escasez de recursos de todo tipo de la madre, o sencillamente la natureleza), y es en sí una tragedia dolorosa física y anímicamente-, no prevé situaciones tan extrañas y peligrosas como que la futura familia de adopción, que suele seguir trámites para ser aceptados como tales mucho más duraderos que un embarazo- puedan verse animados a estimular a la madre biológica a culminar adecuadamente su embarazo, o a que el feto previsto aborte inesperadamente y se vean en la tesitura de ser padres sin niño nacido o de ser padres de finalmente un feto que no ha nacido.

Además, no contempla que admitiendo que un aborto es una desgracia, puede ser también enormemente trágico dar en adopción –o que te arranquen de tí- a un ser con el que hay vínculo afectivo y que lo fue físico, por no poder asumir materialmente su crianza. O, lo que es peor, verse abocado a malcriar, en el sentido de cuidar y atender con penuria, o sin voluntad ni deseo, o sin conocimiento de causa, a un ser que se vería desprotegido y no suficiente o adecuadamente atendido.

En fin, más allá de estas reflexiones, hay una consideración que sí me merece un respeto y nosdebemos parar a estudiar, y, aunque resulte sorprendente, procede de algunas aportaciones de ciertos grupos católicos. Sí, porque la propuesta del Partido Popular, es una deformación estúpida de una alternativa coherente, aunque intransigente, de cierto sector cristiano. En efecto, la alternativa católica, entiendo que parcialmente progresista, defiende que, en contraposición a cualquier derecho al aborto -he aquí lo de intolerante-, hay que defender consecuentemente el derecho de la madre a contar con todo el apoyo para la crianza o en su caso propiciar la adopción. Esta nueva reflexión del catolicismo conllevaría a que la sociedad y, en su caso, el Estado en su nombre, debería de proporcionar un ingreso, recursos médicos, educación y todo lo preciso para que la mujer pueda cumplir su “función social de madre” y, se proteja a “la vida”. Esta propuesta, muy distinta a la del PP, entraña un salto cualitativo a la tradicional actitud de rechazar a las madres solteras, las madres con padre desconocido, a las madres no casadas, etcétera que se las estigmatizaba y que, muchas veces, ocasionaban abortos terribles, sin tratamiento adecuado y en secreto, con riesgo para la propia vida para evitar el San Benito. Una vieja y mala costumbre que ignoraba el papel de la sociedad, de la familia, del padre y del Estado como garante de derechos básicos, y que sólo les empujaba a una conducta reprobatoria y excluyente de aquello que consideraban "fuera del curso normal". A esta alternativa se le suma en paralelo el planteamiento intransigente respecto al derecho al aborto que para ellos es un atentado contra una ley divina. Y es aquí donde deja el planteamiento de ser progresista, para pasar a ser paternalista respecto a las mujeres.

En mi opinión, creo que la actitud contra el derecho al aborto responde a varias cosas. La primera, a la confusión del rechazo comprensible a un aborto –como un acontecimiento espantoso y duro, bien por el dolor, la pérdida involuntaria, o la pérdida voluntaria que supone tener que poner en la balanza dos o más vidas por circunstancias ajenas a uno mismo- con el derecho al aborto, como una opción legítima regulada y realizada con garantías. Responde, así, más bien y más de las veces a un sentimiento primario de rechazo a algo trágico como es el hecho de la interrupción del embarazo. Es cierto que este sentimiento se ha racionalizado con la justificación, sin demasiado fundamento científico o filosófico, de que si un cigoto, un embrión o un feto son un ser humano desde la concepción. Está muy claro que todo esto es muy discutible, porque no se sabe si un ser humano nace cuando lo dicta Dios, cuando se produce la concepción, o con el alumbramiento. Esta última disquisición queda dentro de lo opinable, discutible pero quizá también de lo irresoluble. Más si aceptamos que la vida es un continuo, y que si bien un ser humano es un ser vivo no toda forma biológica viva es un ser humano. Además, si nos ponemos a buscar puntos de partida, podríamos remontarnos a cada menstruación o cada óvulo y espermatozoide perdidos, porque fueron un potencial ser humano, pero está claro que no es esto lo que se discute.


Un ser humano no lo puede ser hasta que no está en condiciones de desplegar su potencial desarrollo de sus facultades de manera físicamente autónoma y suficientemente madura, y de asumir una relación con el mundo, con los demás y consigo mismo plenamente consciente y libre. Y un cigoto, embrión o feto no es independiente ni física ni mucho menos psicológicamente de su madre, ni tienen conciencia ni madurez para ser libres. Eso no impide que haya que proteger y cuidar la vida, pero hay que tener claro que va antes y que va después, si es que se nos obliga a elegir. El ser humano, por otro lado y de manera más filosófica, se define más como una vida con una base consciente capaz de madurar marcándose un horizonte libre desarrollando plenamente sus facultades, un camino y una meta, un proceso vivo, social, consciente y relacional de maduración que algo caracterizable a priori. Pero una vez aquí, entremos en disquisiciones que difícilmente pueden concluirse de manera definitiva.

Quede claro que el aborto, cuando deviene o se decide, es siempre una desgracia. Para cualquiera. Tengamos presente que también es una desgracia la desinformación, la falta de educación sexual, la no apuesta por la prevención ante embarazos no deseados, que hace enfrentar a las personas a dilemas sin más solución que la tragedia. También causa enormes tragedias el moralismo hipócrita intransigente de algún sector católico trasnochado, y que considera que la mujer no es más que un instrumento de Dios, una pecadora digna de castigo y penitencia, y un ser inmaduro por el cual hay que decidir en su lugar. Como decíamos, también es una tragedia tener que desprenderse dando en adopción a un ser engendrado porque no te queda más remedio por tus circunstancias personales, económicas o sociales. Pero es doble tragedia una vida con unos padres que no pueden asumir la responsabilidad de la paternidad, y un vástago que no recibe la atención debida.

Resulta perfectamente compatible defender el derecho a la vida y defender el derecho al aborto. Es más, si entendemos la vida y la dignidad como dos factores a combinar, es necesario. El derecho al aborto, entiéndase, no exige una preferencia por el aborto en todos los casos. El derecho al aborto debe permitir resolver un escenario no decidido de antemano pero devenido en la que se pone en juego muchas cosas, y en el que hay que plantear opciones y salidas. En ocasiones el dilema se plantea quién está antes, si la mujer que puede ser madre, o si el cigoto, el embrión o el feto que constituyen diferentes estadios de un ser aún no plenamente formado –aunque en cierta fase el feto podría ser viable-, que no son más que una potencia de vida humana.

Desde este punto de vista, partimos de la prevalencia del derecho de la vida digna de la madre, una persona hecha y derecha, sobre lo que no es otra cosa una potencia de vida, una potencia indisoluble de la madre hasta poco después de nacer, pues en el embarazo es una y son dos (o más), pero antes de nada es una persona (la mujer embarazada), que aún no es madre, pudiendo llegar a serlo.

Se trata de defender el derecho a una vida digna de ser vivida, que incluya el respeto a los demás y a sí misma. Lo que comporta, complementariamente, también comprender que sea necesario reconocer el derecho a una muerte digna, regulado con garantías de plena información comprensible, y constatación de diagnóstico y pronóstico inequívoco, como último capítulo de la vida de una persona. Defender la vida a toda costa, como reconocen ciertos grupos de cristianos, por entender que es Dios quien decide nuestro comienzo y final como seres humanos, aboca a aceptar situaciones físicas y de enfermedad irreversibles incompatibles con la dignidad corporal, social y ética, empujando al dolor y la humillación en situaciones innecesarias y que, a veces con conocimiento certero del pronóstico, no tienen vuelta atrás, ni siquiera admita un balance que compense el sacrificio con algún tipo de recompensa parcial o puntual.

Ahora bien, y aquí coincido en algún sentido con el planteamiento de ciertos colectivos católicos, la opción de no querer abortar también entiendo que debe plantearse como un derecho. Y, si la madre opta por ello, como un derecho preferente especialmente respaldado. La diferencia es que el colectivo católico que defiende esto lo plantea como una obligación, tanto de la madre como de la sociedad a plantear como única opción la crianza o, en su defecto, la adopción. Yo planteo que este derecho a la crianza no sea sólo formal, sino sustancial, con apoyo material suficiente y adaptado a cada caso, con apoyo psicológico y educacional. Quizá algún sector católico quiera respaldar materialmente y sinceramente a la mujer, sólo en tanto que decida ser madre, para dar salida a la vida del no nacido. Pero la mujer, antes de ser madre, que es una opción en ciertas circunstancias, es persona y debe presumirse madurez y reconocersele libertad de decisión, como a toda persona.

De modo que este derecho a la crianza debiera ser un derecho equivalente al de poder dar en adopción o el de abortar, planteados todo estos derechos dentro de una superior que sería el derecho prevalente de la madre a decidir sobre su cuerpo –admitiendo el derecho a opinar del padre, pero sólo a opinar-.

Para tomar una decisión libre, las opciones deben tener un recorrido válido y protegido en todos los casos, cuando todas ellas son legítimas. Criar, dar en adopción y abortar, son opciones legítimas, aunque, en mi opinión y sin pretender sugerir esto como criterio a universalizar, son preferibles las dos primeras. Pero debe entenderse que la última también es legítima, la de abortar, aunque presumiblemente no sea una solución feliz ni cómoda. Para que la decisión de criar sea responsable, libre y capaz requiere de dotarse a la población de educación e información, de medidas de prevención, de condiciones socioeconómicas, de un futuro (derechos de ciudadanía, empleo en su caso, protección social y servicios públicos, etcétera) y de facilitar que asuman conscientemente su libertad. Y, si no queda más remedio brindar las opciones más adecuadas al caso, las condiciones y la voluntad de las personas afectadas: de recibir apoyo para la crianza –un empleo compatible con el cuidado del o la hija, una renta de ciudadanía, etc…- ; la posibilidad de dar en adopción, si así lo estima la madre, con garantías de no convertir el cuerpo –ni de la madre ni del bebé- en mercancía, y protegiendo que la familia que adopte reúna las condiciones y actitud adecuadas; o para abortar, como último recurso, pero como decisión libre de la madre, siempre y cuando el hecho no comporte riesgo grave para la madre que no aconseje otra opción. Sólo cuando existen estas opciones, respaldadas por unos pasos coherentes dotados con recursos, la libertad es real y las decisiones serán sensatas en cualquier caso.

En mi opinión, con soluciones regulatorias que permitan articular el derecho prevalente de la madre a decidir, con el derecho material a la crianza y la posibilidad regulada de dar en adopción con garantías, o de abortar de manera libre y en la sanidad pública, se podría encontrar un amplio consenso social. ¿No creen?.