20/9/18

Dinero y Moneda: introducción al debate sobre el alcance de una moneda paralela.

Autor: Daniel Albarracín Sánchez. Dr. en Sociología y Licenciado en CC. Económicas y Empresariales. Asesor Político en el Parlamento Europeo. 
Junio de 2018, Jornadas de Economía Crítica, León
RESUMEN
Nos proponemos examinar la política monetaria, y en particular sobre el lugar del dinero en la economía capitalista, revisitando la teoría marxista del dinero. La metamorfosis del dinero moderno y los modernos sistemas de pago entrañan novedades relativas que se plantean de nuevo en un contexto de dominio monetario del BCE. El propósito de este documento consiste en brindar elementos ordenados de reflexión para determinar el alcance, oportunidad y utilidad de que un gobierno pueda poner en circulación una moneda y sistemas de pago alternativos. El contexto de este debate se ajusta a la situación de un territorio donde una moneda circula sin que una autoridad monetaria del país controle los mecanismos de política monetaria sobre la misma, como es el caso de la moneda única europea. Reflexionamos sobre algunos de los desafíos de un gobierno que se formase con la aspiración de emancipar a su pueblo, en el campo de la cuestión de la moneda, en particular, explorando la utilidad, el alcance y límites de una moneda paralela.

Palabras clave: Teoría del Dinero, Monedas paralelas, Política Monetaria, Alternativas al euro, Criptomonedas.

Clasificación JEL: JEL: E5 - Política monetaria, bancos centrales, oferta de dinero y crédito


1.    Introducción



Nos proponemos dar una vuelta a algunos fundamentos de economía política sobre un terreno de discusión insuficientemente trazado por los intelectuales de la izquierda política que no es otro que el campo de la política monetaria, y en particular sobre el lugar del dinero en la economía capitalista.



La discusión teórica es pertinente por sus imbricaciones con sus aplicaciones prácticas en el campo de la política, en un contexto en el que la cuestión de la moneda se sitúa sobre la mesa como medio decisivo en materia de dominio y gestión económica, con especial tensión en Europa por la arquitectura que sostiene su moneda única, por la primacía del Banco Central Europeo, y tras la experiencia trágica que derrotó al gobierno de Syriza en Grecia en 2015. La metamorfosis del dinero moderno, tras el abandono del patrón oro, con la aparición de monedas fiduciarias, sustentadas en la confianza que concita un Estado, y el dinero crediticio no convertible, y la creación mayoritaria de dinero por parte de la banca privada mediante el mecanismo de préstamo, entrañan novedades relativas de las que la izquierda intelectual ha dado escasa cuenta. Abordarlas supone un reto de comprensión decisivo para poder dar respuesta a la cuestión de la política monetaria bajo la hipótesis de formaciones de gobiernos populares.




En este marco de debate, parece importante contribuir con reflexiones que actualicen la teoría que pueda informar de soluciones ante los retos políticos de nuestro tiempo. Se trata de dar cuenta de con qué medios y herramientas cabe dotarse en el apartado de política monetaria y la cuestión del dinero en el marco de una política económica favorable a las mayorías sociales y el mundo del trabajo.



A este respecto, los interrogantes que mueven esta reflexión son, en resumidas cuentas: Ante el dominio monetario que encierra el BCE, ¿es concebible su reforma y otro diseño para el mismo?. De no serlo, ¿Cabe sin más con responder con el divorcio del euro e implantar una nueva moneda sin problematizar su transición, mecanismos de defensa ante represalias, o sin preguntarse la cuestión de los tiempos políticos y técnicos para una moneda y política monetaria alternativa?, ¿hasta qué punto es importante y juega un papel la política monetaria en la política macroeconómica?, ¿cuál es el papel del Estado y sobre qué dimensiones debe tratar para una política emancipatoria?, ¿puede hacerse esto al margen de las innovaciones tecnológicas que se abren paso para la forma del dinero?, ¿cabe hacerlo sin plantearse cómo diseñarlas para que respondan políticamente a las intereses de las mayorías productivas?





2.    La cuestión del dinero y la moneda



2.1.               El papel de la dimensión monetaria en la economía, según las teorías económicas alternativas



Cabe admitir principalmente a las escuelas postkeynesianas y las marxistas en el espacio progresista. En más de una ocasión las dos escuelas reconocibles en el campo de la izquierda han originado discusiones bizantinas y malentendidos notables,  por una ausencia de diálogo y comprensión mutua, en algunas ocasiones y, en otras, por un problema de perspectiva.



En líneas generales, una interpretación extendida en la escuela marxista[1](Astarita, 2013; Albarracín, 1994) ha tratado la moneda como la expresión de las transacciones económicas reales, interpretando que hay un correlato entre la producción de valor[2], y su equivalente monetario, desde una perspectiva de largo plazo. Se señalaría, por otra parte, que el valor de la moneda, como equivalente general, respondería al coste de extracción y producción de la mercancía que le da soporte, tradicionalmente el oro u otra materia prima que pudiese hacer las veces. Sin embargo, tras el fin de la convertibilidad entre el dólar y el patrón oro y la generalización de un sistema fiduciario[3] (Albarracín, 2006), este tipo de interpretación ha naufragado para dar cuenta de algunos fenómenos monetarios y financieros, especialmente en la comprensión de algunos que se producen en el corto plazo.



De todo este armamento teórico, sin embargo y a pesar de la novedad de la transformación fiduciaria del dinero, permanece la validez de algunas hipótesis. En primer lugar, la relativa correspondencia a largo plazo entre producción de valor y el valor que expresa el dinero. O, dicho de otra manera, la moneda o divisa de un país y su valor correlativo a la fuerza de los fundamentales de la economía y el Estado que tiene detrás. En segundo lugar, la validez del concepto acuñado como “capital ficticio” cuando se trata de los fenómenos que expresan la distancia entre ambas dimensiones. El concepto de capital ficticio, entendido como capital financiero titularizado del que se espera un flujo de ingresos futuros, refleja, entre otras previsiones, la tensión que se produce y que conduce a una destrucción, en un marco temporal incierto, del capital que no se encuentra soportado por bases materiales que le hagan viable.



Por su parte, la amplísima escuela postkeynesiana –que poco tiene que ver con la escuela neokeynesiana vinculada a la síntesis neoclásica- y, más particularmente algunas escuelas como la Teoría Monetaria Moderna (Kelton, 2009; Mitchell, 1908; Mosler, 2014…), la corriente ligada a Steve Keen (2011) o la escuela Minskyana han contribuido con algunas útiles interpretaciones para dar comprensión a algunos fenómenos en buen término, aunque limitados a fenómenos financieros de medio y corto plazo. Más en particular, estas teorías han contribuido a comprender no sólo cómo se crea el dinero en la práctica, sino también a dar una interpretación alternativa a la valoración del dinero en base al coste de extracción del oro, así como señalar algunas dinámicas de las crisis financieras.



A este respecto, algunas contribuciones valiosas muestran el origen del dinero. Por un lado, la Teoría Monetaria Moderna parte de la asunción de la Escuela cartalista (Escuela Histórica Alemana) señalando que el dinero equivale básicamente a una promesa de pago con el respaldo del Estado, y se ampara en la fuerza de este para cobrar impuestos u otras obligaciones en la moneda que este emite; o en la de pagar prestaciones o salarios públicos, haciendo extensible y normalizado el uso de la moneda. También han realizado algunas observaciones sobre la creación de dinero crédito que realiza la banca de manera endógena[4] al realizar sus préstamos, a los que se asocia la apertura de nuevas cuentas corrientes que son, en definitiva, dinero nuevo. Estas consideraciones no son incompatibles con una concepción de dinero-mercancía, propias de la interpretación marxista más extendida o, incluso, la neoclásica. Merece la pena también recordar, por otro lado, la explicación ofrecida por Minsky (1986). En virtud de la cual, las crisis financieras son de una mayor magnitud y generan un efecto resaca más fuerte debido a las expectativas desmedidas que se generan en ciclos económicos positivos donde hay una mayor propensión a endeudarse dadas las previsiones de rentabilidad que, por el contrario, desaparecen en el ciclo negativo.



Sin embargo, la escuela postkeynesiana[5] se desliza hacia una suerte de abstracción en tanto que traslada las razones últimas de las causas principales al espacio del Estado o al de las finanzas, dándole una importancia subordinada –o incluso denegando- a la dinámica de las relaciones de producción, y dejando al margen el papel de los ciclos, al menos los de largo plazo.



2.2.               La interpretación actualizada para una teoría marxista del dinero



Fred Moseley (2017:127) es uno de los autores, junto con Costas Lapavitsas, que ha sistematizado y actualizado mejor la teoría marxista del dinero. El autor aborda el papel del dinero no mercancía, precisamente para un contexto histórico en el que el dinero es o bien fiduciario, esto es, está respaldado únicamente por el gobierno al establecer la política monetaria, y no por oro; o, mayoritariamente, es dinero crédito no convertible, vale decir, es producto de las operaciones de préstamo de la banca privada.



Marx advierte, como hará la teoría cuantitativa, que si el gobierno pone en circulación más moneda los precios se incrementaran acorde a ello. Si bien, y en esto difiere con la teoría neoclásica, la expresión monetaria del tiempo de trabajo (MELT, en sus siglas en inglés) se encontrará mediando indirectamente en su formación. Para Marx (1975), para el caso del dinero mercancía, como sucedía con el patrón oro, “el precio de cada mercancía es el producto de la cantidad de horas de trabajo socialmente requeridas para producirla y la cantidad de valor dinerario producido por hora”. Según esta interpretación, “el nivel de precios no está determinado por la cantidad de dinero en circulación (como en la teoría cuantitativa) sino que la cantidad de dinero oro en circulación está determinada por la suma de los precios junto con la velocidad del dinero” (Moseley; 2017:130), ajustándose la cantidad de dinero en circulación a la suma de los precios, o “necesidades de la circulación”, por el atesoramiento y/o cambios en la velocidad del dinero[6]. Según esta aproximación, la “expresión monetaria del tiempo de trabajo” establece una relación entre el valor monetario total añadido en un periodo dado y el total del trabajo vivo empleado, contemplando que se produce también una transferencia de valor igual a los precios de los medios de producción consumidos en dicho periodo (Moseley; 2017: 132).



Para el caso de una economía que no se rige por el patrón oro puede avanzarse basándose en los  estudios de Marx en diferentes fragmentos de su obra (Moseley; 2017:134), en los que trata sobre el dinero fiduciario no convertible emitido por el gobierno. Moseley demuestra algebraicamente, desarrollando la teoría de Marx, que para el caso del dinero fiduciario inconvertible la expresión monetaria del tiempo de trabajo (MELT) no depende del valor del oro, esto es, del tiempo de trabajo contenido en una unidad de oro. Así la MELT depende sencillamente del papel moneda puesto en circulación multiplicado por la velocidad del dinero dividido por la cantidad de trabajo vivo empleado[7].



Esta situación es extensible, según Moseley, al caso del dinero crediticio inconvertible, dinero creado por la banca privada al crear relaciones de deuda, fenómeno que explica la mayor parte de creación de dinero hoy día, y no la creación de papel moneda. Para este caso se aplica la misma fórmula. Ahora bien, si bien en el caso del dinero fiduciario la cantidad de dinero en circulación (Mp) es parcialmente exógena (la determina el gobierno, o el banco central), en el caso del dinero crediticio es más complejo, al ser principalmente endógena. En su determinación influyen “la dinámica de la acumulación del capital (tasa de crecimiento, fluctuaciones cíclicas, tasa de interés, etc.) y también varios factores históricos e institucionales (como los diferentes tipos de sistemas crediticios” (Moseley; 2017:141). Este es un fenómeno que debe seguir siendo estudiado para completar su comprensión. Aunque para su medición expost sea posible dimensionar la cantidad de dinero crediticio en circulación y la cantidad de tiempo de trabajo socialmente necesario incorporado a una economía concreta; su cociente determina la cantidad de dinero crediticio que representa una hora de tiempo de trabajo socialmente necesario, esto, la MELT.



2.3.               Debates pendientes



Parece razonable atribuir al valor de la moneda una correspondencia relativa a la creación y transferencia de valor en un periodo económico dado[8]. Sin embargo, esta relación no es en absoluto ni directa ni simple. Posiblemente, esta relación es más compleja hoy día por el desarrollo de políticas monetarias en las que intervienen tanto los bancos centrales, como instancia de política monetaria estatal, haciendo del dinero un medio de intercambio fiduciario no convertible; así como, principalmente, por la expansión del dinero crediticio no convertible, fruto de los préstamos que genera el sistema bancario privado, y que en el periodo actual desempeñarían un papel enorme en el marco de una economía financiarizada en la que el fenómeno de la deuda se ha extendido hasta límites desconocidos en la historia de la humanidad.

Aún queda trabajo para encontrar una relación precisa en el contexto de inéditas políticas monetarias ultraexpansivas, implantadas al menos desde los años 90 y generalizadas y profundizadas en la presente década, y de desregulación del comportamiento bancario.



Ahora bien, hay problemáticas señaladas que se han venido apuntado y que han de formar parte de nuestra preocupación política e intelectual, porque aún no se ha concluido una teoría que las explique precisamente.



El crecimiento de capital ficticio, expresado en el peso creciente de los mercados financieros y los procesos de titularización, permite vaticinar, ante la falta de un sostén material acorde, una probable destrucción de capital, fruto probablemente de nuevas crisis financieras. El pronóstico que brindaría la escuela marxista de destrucción de capital parece consistente, pero el retraso en su materialización impide afirmar una consecuencia automática. Este mecanismo de ajuste y recuperación de la tasa de beneficio ha sido sorteada por una política de regulación de los mercados financieros favorable a la socialización de deudas y las pérdidas asociadas, para blindar a una minoría, que posterga, no sabemos hasta cuando, esa destrucción de capital, acentuando las políticas de explotación del mundo del trabajo y socialización de su coste entre las clases populares.



Estos fenómenos también han propiciado una dinámica de acaparamiento de bienes raíces –acumulación por desposesión-, una privatización de los bienes públicos y comunes, y, debido posiblemente a la moderación de la tasa de beneficio efectivo y al estancamiento, una evolución de los precios rampante y cierta tendencia a la deflación, así como a la inestabilidad de precios en las materias primas.



Ya hemos visto que la sobreliquidez causada por esta política monetaria no se ha traducido en un crecimiento de la inflación, algo explicado por los teóricos que nos advierten que los precios globales están regulados por la expresión monetaria del tiempo de trabajo, MELT.



2.4.               Una reflexión sobre el carácter político de la moneda



Parece pertinente incluir en nuestro análisis el papel del Estado, del sistema bancario y financiero, y de su alcance e influencia, mediante la política monetaria.



El Estado juega un papel en la política monetaria, y en la UE el BCE deviene el actor central. El valor de la moneda parece ser mayor o menor en función de la fuerza económica –los fundamentales- de la formación sociohistórica en la que se inserta. El Estado y las instituciones que construye intervienen también desempeñando un papel en la regulación del sistema bancario y financiero, en última instancia los mayores responsables de la creación de dinero y de la mayor parte de vehículos de capital ficticio, posibles por el proceso de titularización.



Así, el papel de la moneda y su valor está respaldado por el Estado. Asimismo, cada Estado se apoya en una formación sociohistórica que consolida un desarrollo de fuerzas productivas e institucionales, condicionado por su lugar en la división internacional del trabajo a escala internacional. El Estado no puede actuar al margen de sus circunstancias y los recursos materiales propios de cada país y de las condiciones del área económica en el que se inserta, sea en su posición central o periférica. De tal manera, que el valor de la moneda, y por defecto la divisa, está mediada por el respaldo y regulación política del Estado. Si bien su margen se eleva sobre la situación y condiciones económicas de dicho país, en la que juegan un papel los desequilibrios competitivos, superavitarios o deficitarios, del mismo. De tal modo que, en última instancia, la política económica ha de encaminarse a modificar las bases productivas (política sectorial, fiscal, de inversión y de gasto, y regulando el sistema productivo y de intercambios) y de relación con otros países si de lo que se trata es de transformar la situación económica del país, tratando de contar con una moneda (y una política monetaria) ajustada a las necesidades y capacidades de la economía, mejor que hacerlo al revés.



Ni que decir tiene que la experiencia de monedas que circulan por más de un país no es nueva ni única. Y las circunstancias en las que se mueve una moneda –y su política monetaria consiguiente- no tienen el mismo efecto según la posición del país en la zona monetaria de la que se trate, siendo sumamente importante la arquitectura económica sobre la que circula. A este respecto, una zona monetaria sin unión fiscal ni fórmulas de cooperación fiscal armonizada, ni presupuesto compensador, ni una política monetaria y financiera regulada apropiadamente, generará divergencias entre países y regiones, en función de la capacidad productiva y la posición superavitaria y deficitaria de cada una.



En suma, el Sistema Euro, construido sobre los pilares de la libre circulación de capitales y mercancías, el Pacto de Estabilidad, las singulares funciones del BCE y un presupuesto de tamaño irrisorio y escasamente redistributivo, conducen a un entorno de generación de disparidades y desigualdades formidable y recurrente. Sus consecuencias han sido varias. Cuando en su origen se intentó controlar políticamente a Alemania por parte de Francia, lo que ha sucedido es que ha mejorado la capacidad exportadora de los países centrales en detrimento de las periferias. También un mecanismo de transferencia de crisis del centro a la periferia. Así, se ha establecido, en definitiva, un mecanismo muy propicio para el aprovechamiento del espacio económico europeo de las economías superavitarias situadas en el centro de la cadena de valor europea en detrimento de las dos periferias europeas (Este y Mediterránea).



3.    Discusión sobre las monedas alternativas.



Nos encontramos ante un revival que discute sobre la utilidad y el desarrollo de monedas alternativas, especialmente tras la experiencia griega en sus negociaciones de 2015 con la Troika. Las modalidades de propuesta son muy distintas, desde las monedas locales hasta una moneda alternativa nacional, que podría convivir con el Euro. Aunque algunos reputados economistas como Flassbeck (2015) las desaconsejan por falta de experiencias exitosas, otros consideran que facilitarían margen de maniobra sea bien para facilitar los intercambios o sea bien para enfrentar un escenario adverso en el que la soberanía económica se pudiese ver en entredicho.

Por ejemplo, Martínez Coll (2017) propone la vinculación de monedas alternativas electrónicas locales al euro[9] en términos de paridad, apelando a la experiencia boliviana. Cuando se diesen las circunstancias, podría ampliarse a nivel nacional, empleándose como moneda mediante emisión de deuda, que se compraría con euros. Esta moneda, por tanto, se apoyaría en una promesa de pago que serviría de fórmula de financiación barata para los poderes públicos locales o nacionales.



Creemos que la opción merece ser explorada, como un instrumento entre otros para una situación de tensión, aunque siendo conscientes de que no deben exagerarse sus virtudes que, posiblemente, tenga un papel práctico sólo para determinadas circunstancias.



Conocemos el enorme poder del BCE. Su maquinaria chantajeó con gran eficacia a Grecia, al dejar de admitir como colateral su deuda retirando la financiación ELA para su sistema bancario en los momentos cruciales de toma de decisión.



Disponer de una moneda alternativa y una autoridad monetaria dispuesta para la generalización de dicha moneda, en un contexto adverso de expulsión o de situaciones equivalentes (cortocircuito de la liquidez sostenida), podría suponer una opción ante una previsible colisión de intereses con la UE en el que las instituciones políticas o monetarias de la UE desempeñasen un papel agresivo, sea bien para poder negociar mejor o bien para operar con autonomía.



Una política de desobediencia, que entrañase cuestionar el Pacto de Estabilidad y Crecimiento y el desarrollo de una política fiscal alternativa, poner en tela de juicio el pago de la deuda ilegítima, o el desenvolvimiento de monedas alternativas, podrían desencadenar una reacción negativa del BCE. Lo cual exigiría disponer de los medios para enfrentar las posibles represalias[10]. Por ese motivo, nosotros consideramos estratégico cuestionar, sin fetichismos monetarios, el Sistema Euro (sus tres pilares: Tratados favorables a la austeridad social, presupuesto irrisorio y política monetaria favorable al sistema financiero privado). Esto, quizá, podría llevar a gestionar la expulsión del euro, dado el caso, sin ser un propósito en sí mismo. De producirse, cuanto más ordenada pueda ser, mejor.



Otra cuestión a considerar es que las monedas alternativas, a pesar de su paridad nominal con el Euro, al final podrían ver erosionado su valor. Una cosa es mantener el valor nominal de una moneda y otra que su valor real responda a esa indicación. La moneda alternativa tendría un valor real inferior tan bajo como la credibilidad que tuviesen los poderes públicos para respaldarla económicamente. Al final es muy probable que la moneda que manejásemos acabase con un valor inferior. De igual manera durante tiempo habría que asumir que la divisa a la que referenciarse podría seguir siendo el euro, habida cuenta de que nuestras transacciones mayoritarias se denominan en dicha moneda. Cualquier moneda alternativa de la que dispusiésemos, sea local o nacional, finalmente se ajustaría a la capacidad de nuestra economía. Mantener ese valor por encima nos ahogaría, mantenerla por debajo nos empobrecería.



A nuestro juicio, la solución técnica o transitoria de la moneda alternativa no sustituye a una política económica alternativa. Para ser consecuentes con una política progresista, esta sólo es posible si se desobedecen los parámetros austeritarios concebidos por los Tratados y políticas europeas. Sujetarse a dichos Tratados supone, por el contrario, un corsé que nos atará de pies y manos. Aunque haya márgenes a niveles nacionales, como demuestra Portugal hoy día para no acentuar el daño –en unas circunstancias muy excepcionales-, debiéramos admitir que su maniobra no es suficiente para sacar de la dinámica de subordinación, desigualdad y empobrecimiento a la que se está sometiendo a las mayorías productivas en las periferias europeas.



De lo que se trata es de sentar las bases para construir otro espacio supranacional con un proyecto de convergencia real, democrático, favorable a las clases populares, solidario, y netamente internacionalista. Un proyecto que también tiene que construirse desde hoy. Por supuesto, opuesto a cualquier autoritarismo nacionalista que persiga conservar los privilegios de unos pocos. Cabe recordar que la Unión Europea se hizo contra Europa, porque, en definitiva, erigió una institución favorable al capital y contra sus pueblos. Ignorarlo conduce a la derrota, como en Grecia.



Nosotros queremos una política emancipadora, lo que supone no obedecer pilares fundamentales de la arquitectura de la Unión Europea, llevar por tanto una política propia, abierta a cooperar con otros pueblos. Presentar este reto como un problema técnico o de voluntad, sin entender su naturaleza conflictiva expresa precisamente la incomprensión de la maquinaria brutal que supone la Unión Europea, una arquitectura para concertar las políticas de las élites económicas transnacionales europeas y que, ante sus recurrentes crisis, nos encontramos ante la oportunidad para poder cambiarla. Si necesitamos otra moneda, debe hacerse con una sólida fundamentación económica. Primero, es necesario contar con apoyo y mecanismos de soberanía popular. Segundo, tras un proceso de convergencia real, contando con una unión o cooperación fiscal, un mecanismo automático de redistribución (los países externamente superavitarios habrían de elevar salarios, los deficitarios recibir nuevas inversiones, por ejemplo). Tercero, contando con un sistema bancario central y público alternativos. Cuarto, acuerdos de inversión y comerciales justos consolidados. Esto es, quizá haya que pensar en la moneda como el tejado para un edificio que antes tiene que ser bien construido.



Los cambios de la economía moderna y las formas de dinero, así como el contexto sociopolítico y la crisis económica capitalista, exigen un replanteamiento de las estrategias y medios para afrontar los retos en el plano de la política monetaria y el diseño de lo que entendemos ha de ser el medio de pago, depósito de valor y unidad de cambio.

La agenda de medidas a sugerir está por armar y consensuar pero cabe anticipar algunas posibilidades a tomar en cuenta. En primer lugar, la defensa de la soberanía popular –que no tiene por qué ser equivalente a la soberanía nacional- y el desarrollo emancipado de las clases trabajadoras plantea enfrentarse al sometimiento del Sistema Euro, vale decir, la arquitectura de gobernanza económica sobre la que se apoya la moneda única, que aplica el BCE. Ni que decir tiene que en el horizonte parece apropiado concebir una autoridad monetaria bajo parámetros de funcionamiento y objetivos bien diferentes, así como una relación de la política monetaria con el resto de la política económica que ha de basarse en un cambio radical en el modelo socioeconómico. Pero en el mientras tanto, los retos pasan por resistir el dominio del BCE, y eso supone pasar de la crítica a la política de medidas concretas. El empleo de monedas alternativas, que pueden ser electrónicas[11], puede ayudar a resistir posibles represalias de corte de liquidez o incluso la propia expulsión del euro ante escenarios de choque por la implementación de políticas macroeconómicas disociadas a los principios de los Tratados Europeos y las políticas de la UE (austeridad social, devaluación fiscal, no redistribución, primacía del sistema financiero privado). Su puesta en marcha, bajo determinados criterios de regulación, podría ayudar a atravesar transiciones ordenadas o periodos de desconexión hostiles, mientras se generaliza una nueva política monetaria o un nuevo marco (desde lo nacional a lo internacional) donde se extendiese una nueva política económica.



La moneda alternativa, que puede emplear sistemas de pago electrónicos en su caso, podría emplearse como mecanismo de garantía de las transacciones interiores mientras se pone en marcha una autoridad monetaria pública conectada con una política económica alternativa favorable a las mayorías sociales y compatible con los límites del planeta. Ese periodo de transición y esa moneda electrónica debiera reunir varios requisitos: una primera fase de convivencia con el euro con paridad nominal revisable con el euro; un diseño de la moneda que identifique a los actores involucrados en las transacciones, a efectos de control fiscal; una moneda válida para el pago de impuestos y el pago de salarios y pagos relacionados con el ámbito público; una moneda vinculada al impulso de una banca pública; un diseño que regule las transacciones de cara a que minimice el coste energético de las transacciones.



La moneda alternativa no podría sustituir a la política responsable de modificar el modelo económico y productivo. La decisión sobre este marco corresponde al ámbito público, y las prácticas y sujetos involucrados en la autogestión popular de los bienes comunes. Tiene que estar relacionada con una política monetaria[12] que estableciese el valor nominal de la moneda acorde a las capacidades económicas del país (o del ámbito territorial donde se implantase, si se hace posible su extensión a más de un país). Debemos ser conscientes de que una política de devaluación permanente formaría parte de un juego pernicioso que podría o bien empobrecernos o bien desencadenar una política competitiva de suma cero que perjudicase a terceros, pero que en algunas circunstancias puede sustituir a la aún peor política de devaluación fiscal y salarial permanente a la que conduce la arquitectura económica de la Eurozona.



El papel de esta moneda, mientras se implanta una nueva política monetaria y económica, sería bien claro: un mecanismo de protección ante represalias de las instituciones monetarias de la Eurozona; un vehículo para reducir el poder bancario privado; y un puente de transición que, al tiempo que podría aminorar el impacto de cortocircuitos de liquidez inducidos desde afuera, apuntaría a lo que podría ser la construcción de un espacio de desarrollo endógeno que, lejos de un refugio nacional, sería un primer paso para la construcción de un área supranacional solidaria.





4.    ¿Una moneda complementaria?.



El propósito de este apartado consiste en brindar elementos ordenados de reflexión para determinar el alcance, oportunidad y utilidad de que un gobierno pueda poner en circulación una moneda y sistemas de pago alternativos.

Esta reflexión se ajusta a la situación de un territorio donde una moneda circula sin que una autoridad monetaria del país controle los mecanismos de política monetaria sobre la misma. Está pensada para el caso de la moneda única europea. Se trata de dar cuenta de los desafíos de un gobierno que se formase con la aspiración de emancipar a su pueblo, para avanzar en la soberanía popular, desarrollar una política económica solidaria -que chocará con la arquitectura económica de la UE- en clara referencia a las clases trabajadoras, y que quiera adoptar una perspectiva internacionalista.

El control de la circulación de una moneda en un país, sea extranjera o supranacional, supone una herramienta de determinación financiera y económica de gran alcance, puesto que presupone el control de la política monetaria, definiendo la emisión de la moneda, la provisión de crédito desde el Banco Central, la operativa de compra venta de bonos en los mercados, y la aplicación de tipos de interés o formación de los tipos de cambio. Esa influencia determina una gran parte de las condiciones macroeconómicas del país, las condiciones de liquidez, y la capacidad de financiación. A este respecto, el BCE cuenta con un poder enorme sobre los países de la eurozona y sobre los que circula el Euro. Esta experiencia ni es la primera ni será la última. Así sucede con el Dólar estadounidense, la Libra esterlina, el Rublo o el Franco Suizo en países que no emiten moneda propia sino que se sujetan y toman estas divisas como moneda de curso legal en su país.

En otros documentos anteriores fundamentamos cuestiones del papel del dinero y su valor (Albarracín y Garí, 2017), y algunas implicaciones en materia monetaria (Albarracín, 2018). Aquí nos ceñimos a una cuestión más delimitada. En este contexto de ausencia de soberanía monetaria, y políticas e instituciones que producen un deterioro comparativo para los territorios subalternos -deficitarios-, y en el contexto de nuevas formas de dinero y sistemas de pago, por el desarrollo de la tecnología, ¿en qué condiciones y hasta qué punto merece la pena considerar la circulación de monedas complementarias?.

Para responder a esta pregunta nos encontramos con varias perspectivas y horizontes. La primera tan sólo se preocupa de los objetivos de facilitar liquidez y transacciones en mercados de segundo orden, normalmente a escala local para actividades de proximidad. Las experiencias de este tipo han tenido resultados desiguales, en no pocas veces relativamente funcionales, si bien en general de corto alcance y en otras ocasiones sin conseguir aceptación. La segunda, la que trata de explorar la posibilidad de emplear monedas complementarias tanto como una fórmula de desarrollo endógeno, como de recuperación de soberanía o, incluso, como mecanismo monetario preventivo o alternativo en caso de restricción monetaria o crediticia externa.



4.1.               Los costes de una moneda supranacional como el Euro.



En las sociedades avanzadas, las autoridades públicas se dotan de los medios para que su economía funcione, garantizando la confianza y liquidez en las transacciones. Si la moneda en circulación está controlada exteriormente se pierde soberanía monetaria. Si no se cuenta con un marco democrático y político internacional apropiado y solidario, con una arquitectura económica y políticas que establezcan mecanismos de compensación y convergencia, como ha sucedido, de seguro causará problemas socioeconómicos serios que conducirán a tensión añadida a las propias del desarrollo de ciclos y crisis capitalistas.

Las monedas únicas aplicadas en espacios con bases económicas desiguales, sin mecanismos  como sería un presupuesto común, unión fiscal, regímenes progresivos, redistribución de recursos, transferencia de recursos e inversiones compensadoras, políticas industriales complementarias y acuerdos comerciales justos, profundizan la divergencia entre los sujetos y territorios que los componen. Esto es lo que ha sucedido y sucede entre el centro y las dos periferias europeas (Sur y Este). Países con niveles de productividad diferente, fruto de su posicionamiento jerarquizado en la división internacional del trabajo, en el marco de una moneda única y con políticas orientadas a la austeridad, con un BCE que favorece el crédito a la banca privada, sin poder prestar al sector público, y que se ha centrado en el control de la inflación, sólo puede conducir a una divergencia de desarrollo entre países superavitarios y deficitarios. Además, causa un deterioro macroeconómico y una presión permanente en el margen de política económica de los países periféricos.

El Banco Central que maneja la moneda, en este caso el BCE con el Euro, está dotado de enormes poderes, por sus capacidades en la determinación del tipo de interés, tipo de cambio, préstamo y compra de activos a sectores selectivos de la sociedad -sistema bancario, grandes empresas privadas-, y mediante la regulación de los movimientos de capitales y la supervisión del sector bancario.

Los elementos positivos de una moneda única, por sus facilidades de intercambio en un territorio más vasto, refuerzo de su condición de divisa de reserva internacional, son insuficientes comparados con los efectos desiguales de su aplicación, con especial perjuicio en los países en posición auxiliar en la cadena de valor o por su papel en las ramas que cuentan con menor valor añadido.

Los costes para un país, perjudicado por una política monetaria y arquitectura económica así, son altos: déficits externos permanentes en los países periféricos, dependencia de los países centrales, y falta de maniobra en la política económica, tipos de interés reales comparados diferentes -en base a la inflación desigual- que den pie a afluencias excesiva de capitales -en caso de resultar tipos de interés reales bajos- generando burbujas-, posición de comercio internacional desventajosa por sobrevaluación de la moneda para dar salida a sus productos, etc...

Asimismo, una economía nacional en la que circulen euros, pero no se encuentre con mecanismos monetarios propios, esté dentro o esté fuera de la UE (casos como Andorra, San Marino, Kosovo, etc...) se encuentra, sin contar con los requisitos para la entrada exigidos por la UE -comparables o más duros si cabe que los criterios del Tratado de Maastricht-, con la exigencia de la consecución de un superávit externo anual. Sólo de este modo podría disponerse de la liquidez suficiente para la economía.

La única ventaja es para las empresas que exportan –en general en condiciones dependientes y auxiliares-, o para las que operan a escala transnacional para acceder a mercados para sus negocios. Para las empresas interiores no hay beneficios. Y, lo que es más importante, ese marco ocasiona presiones permanentes a la devaluación salarial y fiscal, que dañan las condiciones de vida y trabajo de la mayoría.



4.2.               Los costes de la desvinculación de la Moneda única.



De cara a determinar los costes de la desvinculación de una moneda podrían señalarse los siguientes:

a)    Problemas de liquidez y crédito mientras se sustituye la moneda externa. De aquí que pueda ser un medio a valorar prever y anticipar una moneda complementaria o paralela, que pudiera ser utilizable como moneda sustitutoria si se dan las circunstancias.

b)    Costes de puesta en pie de una autoridad de emisión monetaria (pública, bancaria, distribuida...). El tiempo, los medios y los recursos son elementos a determinar así como el momento de su puesta en marcha. Esto es, los costes de diseño, preparación y emisión para obtener una moneda de ampliamente aceptada a nivel nacional y valorada a nivel internacional. La nueva autoridad monetaria deberá prever qué forma adoptará -monedas, papel físico, cuentas bancarias, tarjetas electrónicas o monedas virtuales-, la logística de distribución, los sistemas de control, y qué respaldará[13] la moneda.

c)    La previsible devaluación de la moneda en las economías periféricas que asumiesen esta opción (con efectos beneficiosos para el sector exportador, minoritario, y de empobrecimiento para la economía interior, entre otras cosas por el encarecimiento de bienes importados, donde las materias primas, como la energía, pueden jugar un papel reseñable), que, siendo una medida indeseable a largo plazo -más aún si se replica en otros países, en un juego de suma cero-, puede ser imprescindible en un primer periodo para compensar algunos desequilibrios acumulados por la antigua pertenencia a la zona monetaria anterior. El impacto podría ser compensado con medidas fiscales y regulaciones para tratar de proteger de dicho coste a la clase trabajadora (reflejadas en políticas de revisión del pago de la deuda, aumento de impuestos a beneficios y patrimonio, reducir el IVA de bienes primarios, etc…).

d)    El coste de falta de reconocimiento nacional o internacional, por una posible aversión de la población y otros agentes económicos de la moneda alternativa. Una economía en crisis o de dimensiones pequeñas, unas políticas económicas equivocadas, en un contexto de acoso internacional, puede conducir al fracaso de la moneda, porque se prefiera la divisa internacional, pero en principio una economía occidental sólo sufrirá esta situación de manera transitoria. Este problema debiera solucionarse estableciendo inicialmente la paridad entre ambas, e incluso algunos pequeños incentivos fiscales para realizar los pagos de impuestos en la nueva moneda. Tras un periodo de cortocircuitos comerciales, o inclusive por un encarecimiento debido a que se sufran aranceles a las exportaciones, este impacto podría absorberse.



Estos costes son de difícil determinación en su alcance. Han sido minusvalorados por unos y exagerados por otros.  Pueden producirse situaciones de desorden y perplejidad social ante la carestía de liquidez, con situaciones de restricciones temporales, que, sin un plan previsor alternativo pueden generar un fuerte descontento y protesta social contra el propio gobierno, si no se ha producido una explicación convincente de manera previa. Las estimaciones de un impacto por devaluación señalan un deterioro entre el 5% y el 15%, aunque hay otras valoraciones. Su proporción depende de cada país y su relación comparada con el resto. Además sus efectos no se distribuirían por igual, en la sociedad –afecta más al sector importador-, y depende de las políticas que se apliquen para cargar el esfuerzo en una u otra parte de la sociedad (y a este respecto, se trata de proteger al mundo del trabajo).

Cabe idear medidas de protección en dicho periodo. Una reforma fiscal sobre los beneficios, la fortuna o las exportaciones, políticas de sustitución de importaciones, una política de protección de los salarios, que carguen a los capitalistas de las adversidades económicas. Son medidas ex post que, posiblemente tengan un efecto no inmediato, pero que resultan imprescindibles para impedir que las clases populares lo sufran. A este respecto, en la renta nacional casi la mitad se destina a masa de beneficios, y no se cuenta con impuestos sobre el patrimonio o las transacciones financieras internacionales, que son parte de la riqueza de un país que deben tomarse en cuenta para no perjudicar a la mayoría.

En suma, comparando la permanencia con la desvinculación, puede decirse que los efectos perjudiciales de la permanencia son más estructurales y duraderos, pero con repercusión más gradual, y los de la desvinculación serían más  intensas a corto plazo. Pero esta segunda opción posibilitaría abrir nuevos caminos de relación internacional, establecer políticas de desarrollo endógeno, dar margen para políticas económicas progresistas. Sea como fuere, conviene dejar presente que el periodo de conflicto o transición es sumamente importante. Una salida desordenada sería de todo punto inconveniente. Una salida unilateral sin preparación sería muy perjudicial. Lo que resulta prioritario es la puesta en marcha de un paquete global que no siga con los requisitos de los Tratados en materia de austeridad. Y junto a ese programa, una moneda complementaria puede tener ciertas virtudes, engrasar los intercambios interiores, o mitigar algunas represalias exteriores, dando pie a un marco de preparación si se produce una situación insostenible o una solución unilateral por parte de la UE respecto a la provisión de liquidez y de euros a nuestra economía.



4.3.               Posibles ventajas de una moneda paralela.



La ventaja política de una moneda alternativa, aun cuando simplemente sea complementaria, es que permite, sin necesidad de desprenderse de la moneda internacional, dar respuesta a varias cosas. Al tiempo que se facilita que afloren ciertas actividades secundarias, que de otro modo no se producirían con mucha extensión o se harían de manera informal, también se daría mayor margen de maniobra a los poderes públicos para hacer frente a pagos.

Podría ser una medida ex-ante, en relación a posibles conflictos políticos causadas por represalias de la UE por discrepancias por la política económica adoptada, y podría amortiguar circunstancias adversas y proporcionar medios ante una posible represalia crediticia o monetaria del BCE. Por ejemplo, represalias por el despliegue de políticas que no encajan en los Tratados Europeos o el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, y que diesen pie a retiradas de la liquidez o mecanismos de expulsión o salida. En tal caso, permitiría dotarse de un medio que garantice las transacciones interiores, evitando o aliviando cualquier proceso de transición desordenado. Ofrecería un medio de soberanía monetaria que, si bien puede pensarse inicialmente como moneda complementaria, puede sustituir al Euro más fácilmente en caso de no disponer facilidades para su acceso.

Una moneda complementaria inicialmente se utilizaría[14] para el pago de los empleados públicos y los servicios relaciones con el sector público, y aceptaría el pago de impuestos en dicha moneda. Para evitar un rechazo a la moneda esta debiera tener, en un primer periodo al menos, paridad con la moneda dominante. Los dispositivos técnicos y humanos para su puesta en marcha podrían estar en condiciones, una vez que ya funcionase la moneda complementaria, de ampliar su circulación, para sustituir a la anterior y erigirse en la principal, en caso de una eventualidad como la que hemos señalado. Esto daría tiempo, para prepararse ante dichas circunstancias, y en el actual contexto político y económico, podría ser una medida menos problemática, y no impediría centrarse en las prioridades: cuestionar el peso y condiciones de la deuda, la regulación e intervención del sistema bancario, una reforma fiscal progresiva, un impulso a una política de inversión socioecológica de reconversión del modelo productivo y una reforma de las relaciones laborales que reduzca el tiempo de trabajo, empodere a los y las trabajadoras en el ámbito productivo y dote de garantías y estabilidad al empleo.



4.4.               Alcance de las monedas paralelas en un proceso de sustitución monetaria.



Partamos de que hay que tener presente que el Tratado de Lisboa en su artículo 128 establece que el BCE tiene la autoridad exclusiva para autorizar la emisión del euro, como moneda de curso legal en la Unión, salvo que hubiese un cambio político que no cabe augurar. Sólo cabe pensar en un sistema de pago en una moneda paralela en tanto que se considere como dinero privado sin perjuicio de la moneda oficial. No obstante, tanto una moneda complementaria como otra sustitutoria podrían ser consideradas como una iniciativa que desafiaría los Tratados de la Unión Europea, y el tipo de reacción y su rapidez depende de la interpretación y celeridad política de las instituciones en la adopción de decisiones. De igual modo, el sistema de pago y moneda paralela a escoger deberían tomarse por sus pros y contras (rapidez y coste de implementación, control del fraude, etc...)[15].

Aunque las experiencias son diversas, a escala local o nacional, hay que ser conscientes que la puesta en circulación de una nueva moneda no resuelve numerosas cuestiones de economía política. El euro tiene efectos perniciosos porque el marco en que se estableció no contó con un proceso de convergencia real previo, porque no se previeron mecanismos de compensación entre economías, porque el BCE tiene una orientación predefinida a favor del ámbito privado y sobre todo de la gran banca, y hay un marco de políticas que se basan en el ajuste estructural. De igual manera, una moneda alternativa, complementaria, o sustitutoria, no resolverá todos los aspectos que sustentan la macroeconomía de un área determinada. Así que, sin duda, otras medidas deberán formar parte del paquete de políticas en las dimensiones fiscales, de gasto e inversión, de diseño del banco central y de la política monetaria. De su combinación y acierto dependerán muchas de las consecuencias socioeconómicas y políticas que se deriven.

De manera no exhaustiva, las condiciones y políticas apropiadas son aquellas en las que se establezcan mecanismos de transferencia interterritorial (donde se eleven los salarios, por ejemplo, en las zonas superavitarias, y se aumente la inversión en las deficitarias), de redistribución social, de procesos de desarrollo que articulen pueblos y territorios con una división complementaria de la producción, y en el que se favorezcan una política de tipos de interés (graduados por actividad, línea de producto y servicios) y de emisión monetaria que permita garantizar la liquidez del sistema y la fiabilidad de sus transacciones. De todos modos puede haber obstáculos que desbaraten una adecuada implantación, como podrían constituir algunas medidas internacionales de bloqueo económico que generen hiperinflación, o un rechazo popular a la nueva moneda.

Como toda moneda, las condiciones macroeconómicas en las que se implanta, el marco político también, resultan decisivas, y de formularse equivocadamente puede dar lugar a un fracaso en su funcionamiento.

La moneda alternativa, en nuestra opinión, que concebimos aquí, únicamente desempeña un papel de transición y amortiguación, de ensanchamiento del margen de maniobra, en un contexto adverso de ruptura con una zona monetaria anterior. Un contexto que, por varios motivos, deben emprender otros. Las razones son las siguientes:

  • Una salida de la moneda única sin preparación de los medios y políticas apropiadas podría ser adversa. Podría ocasionar episodios de desorden en los que no conviene caer.
  • Aplicar una política económica alternativa (desobediente de los tratados), y de abrir nuevas relaciones cooperativas con otros países, lleva tiempo hasta que tenga efectos. Las reacciones no se harán esperar, desde el corte de liquidez, la interrupción de programas europeas, hasta la propia expulsión de la Eurozona. Pero ese tiempo precioso, aun cuando sea breve, puede ser fundamental para disponer de una autoridad monetaria preparada, primero para disponer de una moneda complementaria, con varios propósitos que ya se han mencionado, pero potencialmente hábil para hacerla sustitutoria, dado el caso. Y debemos tomar en cuenta que la reacción del BCE puede ser muy rápida, aunque puede depender de decisiones políticas que ralenticen su ejecución.
  • Buscar el contexto donde se hayan intentado fraguar coaliciones facilitaría las cosas, sea bien para una negociación (ya sin atarse a los procedimientos de la UE ni a sus Tratados) de las relaciones, sea bien para construir otra área supranacional



4.5.               Nuevas formas de dinero, formas de pago y avances tecnológicos. ¿Tendencia natural y neutral?.



La aparición de nuevos diseños tecnológicos para el dinero y la realización de pagos entrañan una novedad de facilidad en las transacciones. Aunque las nuevas formas de dinero no tienen una emisión tan fácil como el dinero-papel y la moneda clásica, permiten opciones de rastreo de las operaciones, bajo ciertos formatos, mucho mayores. Algunas fórmulas modernas de dinero, por ejemplo las cuentas bancarias vía internet, las tarjetas electrónicas -por ejemplo, de prepago, de transporte y usos múltiples, etc...- o las monedas virtuales encriptadas recurren a un sistema de software seguro, equipos de mantenimiento que verifican las transacciones, y vehículos que den curso al dinero (móvil, ordenador, tarjeta electrónica, etc...). Estos formatos se diferencian en algunos casos del crédito-dinero (que genera la banca al prestar) en que, o bien son un crédito del consumidor al emisor (tarjeta electrónica, de uso muy eficaz en las transacciones de pequeña escala), o representan monedas virtuales canjeables por dinero oficial que amplían la masa monetaria y ofrecen nuevos vehículos de pago -en general, muy útiles para transacciones de gran volumen-.

Este tipo de monedas (Lapavitsas, 2013) no han sustituido a las monedas y billetes clásicos, e incluso la circulación de estos últimos ha aumentado, precisamente por su complemento y respaldo a las transacciones realizadas en monedas virtuales. Pero puede apuntarse a que una combinación de moneda clásica y virtual marca la tendencia del futuro.

Estas monedas virtuales acarrean, sin embargo, costes adicionales: de emisión[16], energético, de medios técnicos y humanos para su funcionamiento -por el procesamiento de las transacciones, el mantenimiento de sistemas seguros de encriptación, y de consecución de espacios computacionales para hacer posibles operaciones verificables a gran escala-. Hay diferentes modelos, los más complejos y seguros suelen suponer mayor coste (el bitcoin puede causar anualmente un gasto energético equivalente al consumo energético de Marruecos) o lentitud de procesamiento, pero existen fórmulas más ligeras y menos costosas al alcance.

La identificación de las transacciones y agentes involucrados -a efectos de control fiscal y del lavado de dinero-, técnicamente posible si así se diseña, está siendo uno de los atractivos para que la banca tradicional y varios gobiernos y bancos centrales[17] (Popper, N.; 2016) traten de tomar la tecnología de encriptación y blockchain para la emisión de moneda futura. Los sueños de que esta tecnología pueda brindar oportunidades a un dinero descentralizado quedan en entredicho.

Conviene, no obstante, desfechitizar la cuestión de la moneda, y reconocer el alcance de una política alternativa a este respecto. La relación del dinero y política monetaria y el valor del dinero, está vinculado por la fortaleza de la economía y la credibilidad y soporte material del agente que la emita (Albarracín, D.; 2018). La confianza en una moneda dependerá del sector público y la economía que tienen detrás, y estas a su vez de la situación en la división internacional del trabajo, la base de riqueza y de producción del territorio y las políticas económicas que se lleven a cabo. Al igual que las causas de la implantación del Euro responde a la arquitectura y políticas sobre las que se soporta, el papel de una moneda alternativa, que permitiría amortiguar una situación de renuncia, expulsión o retirada de la moneda dominada por el exterior, no resolverá por sí misma los retos macroeconómicos nuevos.

En suma, las ventajas técnicas de los nuevos formatos de dinero y sistemas de pago (dinero electrónico, criptomonedas, etc...) son de naturaleza instrumental y su diseño político (identificación de los que transaccionan, respaldo público de la moneda, vehículos de curso legal, aceptación social) puede constituir el elemento diferencial. La agilidad de su puesta en marcha en el contexto de territorios y poblaciones donde la mayoría ya cuenta con teléfonos móviles, u otros medios digitales, no acabará con las formas de dinero clásico, con las que convivirá, sean papel-dinero, monedas físicas o dinero crédito (si bien este último vehículo, dada su importancia, requeriría de una regulación específica para limitar y orientar la capacidad de la banca privada en la creación de dinero bancario).

De la misma manera, las nuevas soluciones tecnológicas no deben idealizarse. En realidad una política monetaria alternativa puede seguir realizándose en términos clásicos. Ahora bien, el nuevo contexto exige dar respuesta a la cuestión de las monedas virtuales como nuevos formatos que se han abierto camino, algunos de manera sobradamente consolidada y que deben regularse en todo caso, y que tienen potenciales e implicaciones cualitativas, cuyo uso puede ser empleado a beneficios de unos pocos o de la mayoría.

Mientras estamos dirimiendo esto, para un debate todavía minoritario, los grandes poderes de la gran banca internacional y los bancos centrales, ya están haciendo ese debate por nosotros. De lo que se trata es de democratizar ese debate y las decisiones que se adopten, y reparar en los objetivos que se están abordando.



4.6.               El agente emisor, la durabilidad de la moneda.



Un tema no menor es el que refiere al papel del emisor. A día de hoy los principales creadores de dinero son los bancos privados, a través de los préstamos y cuentas bancarias que se abren con ellos. Los bancos centrales desempeñan un papel con la política monetaria o la compra de activos, pero sólo comportan una fracción menor del 10% de la circulación del dinero. Entre tanto, aunque aún tiene un peso marginal, surgen monedas electrónicas que generan, con criterios muy diferentes, dinero nuevo, cuya emisión está programada y su control de transacciones es distribuido, por ejemplo a través de la tecnología blockchain.

Ni que decir tiene que desde una óptica progresista urge una regulación del sistema financiero que formule los límites social y económicamente razonables del sistema bancario privado, en capítulos como son los fondos de garantía de depósitos, el nivel de capitalización bancaria o coeficientes de reserva, así como de los productos y servicios y sus tipos de interés y comisiones. Pero sobre todo resulta sumamente importante regular la capacidad de creación de dinero que tienen a través del préstamo bancario. De otro modo, su funcionamiento estará estrictamente reglado por la rentabilidad particular, la operativa con capitalización mínima, y la lógica de maximización de distribución de dividendos al accionista, que poco tienen que ver con los intereses generales, y ocasionan no pocos riesgos.

Un banco central público desempeña un papel de autoridad central para la política monetaria. Una autoridad así es muy poderosa. Si no hay control social y democrático y son agentes con intereses particulares –tecnócratas, lobbies, gobiernos a su servicio, etc…- los que determinan su orientación de política monetaria la población, salvo los grupos privilegiados -hoy por hoy el sector bancario e industrial privado- se verá perjudicada.

Las criptomonedas ofrecen teóricamente la opción de acabar con el monopolio de la intermediación bancaria en las transacciones y vehículos financieros. El sistema distribuido de creación de moneda puede erosionar el papel de la banca privada tradicional. Por eso, y por razones de gestión y operativa, la banca privada está interesada en copar estos formatos de moneda virtual. Como hemos visto, Banco Central de países importantes también se mueven para controlar el instrumento, incluso como arma geoestratégica (China, Reino Unido, China, Venezuela…)[18]. También el capital financiero transnacional quisiera impulsar la FedCoin, con la casa Rothschild detrás (Dierckxsens y Formento; 2018), aunque tendría la objeción de Trump. La lógica de distribución, o automática, de su control en varias fases (emisión, seguridad, verificación de transacciones, minado, etc...) puede representar una auténtica ilusión.



Otra dimensión a tratar en la configuración de una moneda futura sería su posible durabilidad. El que las monedas emitidas tengan una caducidad delimitada, aun cuando puedan ser renovables los periodos para aumentar su durabilidad, tiene sólo desventajas para los que quieren acumular dinero en forma de ahorro improductivo, en general de clases económicas privilegiadas. La durabilidad limitada incentivaría el consumo y la inversión. El problema es que la moneda sufriría un deterioro en su valor de divisa, pero dicho aspecto podría compensarse porque aceleraría las inversiones una vez alguien decida operar en el territorio donde esta moneda circulase.



A este respecto, una medida interesante contra el dinero negro consistiría también en eliminar los billetes de 500 euros, generalmente acumulados en transacciones caras, como la compra-venta de inmuebles.



4.7.               Qué tipo de moneda sería preferible.



Las características de una moneda alternativa, en primera instancia, pero que puede ser revisable en función del contexto macroeconómico y político, podrían ser los siguientes:

·         En una primera fase la moneda sería complementaria.

·         Invitaría a las monedas locales a establecer una relación con dicha moneda, con el objeto de unificar el sistema monetario complementario, y amplificar su aceptabilidad y repercusión.

·         Esa moneda alternativa tendría paridad, en principio, con la moneda principal.

·         Estaría respaldada por los impuestos futuros. El pago de impuestos en dicha moneda sería la vía preferente y tendría un descuento fiscal de un 1-5%, para propiciar su uso a escala general. Su alcance habría de ser estudiado para evitar descapitalizar al erario público pero también para estimular las transacciones en dicha moneda.

·         Tendría varias vías de circulación y sistemas de pago: tarjetas electrónicas para transacciones menores, complementadas por monedas y papel, y moneda digital virtual que identifique las transacciones y agentes para volúmenes medios y altos (a partir de 300 euros).

·         Su curso será obligado, inicialmente, en las transacciones con el sector público y voluntario en el sector intra-privado.

·         Sería una moneda alternativa con fecha de caducidad a partir de su emisión, por ejemplo, a los cinco años, pero puede estudiarse un periodo inferior, en cualquier caso de carácter renovable

·         Se prepararía un organismo de autoridad monetaria capacitado para la emisión de dicha moneda alternativa en caso de que deviniese en sustitutoria.

·         La moneda alternativa, si domina el espacio electrónico, puede ser diseñada para acabar con el monopolio de la intermediación bancaria privada, abriendo la oportunidad a que la banca pública futura funcionara con primacía respecto a la banca privada, conviviendo con la banca cooperativa regional o la banca ética.

·         Para evitar un sobrepeso de poder de las entidades dedicadas al funcionamiento monetario, cabría crear una banca central encargada de la emisión regulada y la política monetaria, bajo control social y democrático.

                             



9. Conclusión

La consideración de monedas paralelas resulta interesante por varias razones. Primero porque sirve de medio que previene ante limitaciones de liquidez ante un contexto de represalias del BCE. También porque permite aflorar actividades que de otro modo no funcionarían de manera extendida. Resulta interesante porque permite incluir, si se concibe bien su diseño, elementos tecnológicos novedosos que ofrecerían agilidad al sistema monetario.

Sin embargo, su utilidad y alcance se ata a ciertos contextos y procesos de transición. Posteriormente, el desarrollo económico y social dependerá del conjunto de las políticas y arquitectura socioeconómica e institucional en la que la moneda se inserte.  Por lo tanto, no cabe idealizar su uso que, sin duda, puede contar también con circunstancias adversas que la pueden hacer fracasar, dependiendo de las luchas políticas y las condiciones socioeconómicas su viabilidad y condiciones de éxito social y político. A este respecto, el juego de los tiempos puede resultar decisivo. Esta medida puede comprenderse como no acorde a los Tratados y puede haber reacciones, que pueden ser rápidas. Así que los tiempos de implementación, como gestión de una prevención o de una transición, son decisivos, y pueden durar entre meses y semanas, de tal manera que una vez que se adoptase esta decisión sería fundamental el modo en que se formulase y comunicase, y tener de antemano toda la operativa preparada para aplicarla de inmediato, para impedir un escenario desordenado.



5.     Bibliografía



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[1] Si bien no todas las corrientes marxistas han aceptado sin más este precepto. Sergi Cutillas (2017) observa, por ejemplo, que Marx en los debates entre la Currency School (los monetaristas del s. XIX influidos por Ricardo) y la Banking School, que decían que eran los precios los que determinaban la demanda y no al revés, se sitúo muy claramente con estos últimos, en una perspectiva anti-cuantitativa. A este respecto, cabe recordar que diferentes aproximaciones marxistas ya han reconocido que el dinero fiduciario o “fiat” ya no tiene anclaje en la mercancía que le soporta, sino en las instituciones estatales (impuestos, capacidad coercitiva, poder imperial, etc…).A este respecto, dedicamos un apartado de contribuciones fundamentales de Fred Moseley (2017) en el que se aborda también el dinero crediticio inconvertible siguiendo la teoría marxista del dinero.
[2] Más precisamente creación más transferencia de valor (Moseley, 2017) para un periodo concreto.
[3] “El sistema monetario es fiduciario. Nos cambian un euro por nada si vamos a los bancos centrales. Antaño el oro respaldaba el dinero. Luego fue el dólar, hasta que Nixon negó la convertibilidad. Ahora es la fe. Se basa, por tanto, en la confianza conferida al Estado y el sistema financiero” (Albarracín, 2006)
[4] “El sistema monetario moderno incluye la emisión de múltiples variedades de bonos –siguiendo el fenómeno creciente de titularización-, con grados de liquidez diferenciados. También son dinero en sí mismo las cuentas bancarias creadas en un espacio virtual informático producto de la apertura de alguna operación de empréstito, donde merced a un apunte contable el dinero aflora al tiempo que una deuda. Las propias tarjetas de débito o crédito son, de la misma manera, dinero. De tal modo que la creación del dinero se produce por diferentes vías y se activan diferentes efectos multiplicadores sobre la circulación del dinero. (…) Tampoco es posible afirmar que su creación es producto únicamente de los bancos centrales. Los bancos centrales emiten moneda, así como emiten deuda para financiar estados y regular la fluidez de la circulación de dinero y el sistema de crédito. (…) La banca privada crea dinero simplemente con una asignación contable, a veces virtual e informático, (…) cuando provee crédito, porque en la práctica sin necesidad de estar respaldado por un depósito y ni siquiera de un préstamo de otro banco (sea público, central o privado) crea dinero así, incluso sin que se traduzca en billetes visibles” (Albarracín, 2006)
[5] Cabría hacer algunos matices con un autor que, inspirando a los postkeynesianos, en la práctica, es prekeynesiano: Michal Kalecki (1965). Este autor, cuyo marco teórico precede a Keynes y es compatible con él, e incluso más robusto, tiene la virtud de incluir el conflicto de clases como un factor clave, aun cuando la variable de la voluntad política del gobierno sea considerada en términos semejantes al keynesianismo.
[6] P=MELT*L
[7] MELT=Mp*V/L
[8] “Si el trabajo es el pulmón que aporta oxígeno y vigor a la economía, el sistema financiero es la sangre que le permite circular. Ahora, el circuito arterial, ¿hacia dónde va? La actividad crediticia sigue el ritmo de la economía, porque la rentabilidad financiera sólo puede nacer de la economía real. Eso no impide que las finanzas alteren dicha economía real, e incluso, siempre temporalmente, se divorcie de su cíclica.” (Albarracín:2006)

[9] Las monedas alternativas no deben confundirse necesariamente con las criptomonedas, puesto que estas pueden ser bien físicas o virtuales. Las monedas electrónicas pueden concebirse bajo diferentes diseños dentro de la nueva tecnología que las hace posibles. Las criptomonedas habilitan la posibilidad de un medio de pago para transacciones sin necesidad de la intermediación bancaria, y que pueden o no estar reguladas por el sector público y una autoridad monetaria. A través de blockchains, que implican una base informática de alto consumo energético, el reconocimiento de las transacciones permite los intercambios sin necesidad de bancos y Estado. El bitcoin, como otras criptomonedas, está afectado por una fuerte especulación, precisamente por su diseño. Esta moneda no identifica a los actores que transaccionan lo que facilita la evasión fiscal y el lavado de dinero, que, junto a una dinámica especulativa piramidal, explica la base de su crecimiento de precio, al atraer dinero negro a gran escala, así como a muchos especuladores e incautos. Ahora bien, conviene no confundir tampoco el vehículo técnico con una solución política en sí. Estos nuevos vehículos pueden ser regulados políticamente de múltiples maneras. Entre los aspectos a tener en cuenta conviene recordar los siguientes: a) Si las monedas electrónicas han de contar con una regulación de una autoridad monetaria pública; b) Si las transacciones deben identificar a los actores que transaccionan –de cara a una fiscalización apropiada que atribuya las responsabilidades ante la Hacienda pública-; c) Si las transacciones deben limitarse a operaciones de alto valor o, cuanto menos, pensar un mecanismo energéticamente sostenible.  A todas estas preguntas nosotros responderíamos que sí.
[10] Las reacciones de represalia del BCE o la UE también representan a veces un mito. Son más norma que excepción los incumplimientos de los parámetros exigidos por el Pacto de Estabilidad y crecimiento, sin darse apenas consecuencias. Por ejemplo, la política de Italia de favorecer rescates públicos en su sistema bancario, a pesar del disgusto en Fráncfort o Bruselas, no ha causado represalias de alta significación. Sin duda, el peso de cada economía influye mucho en la adopción de medidas de las instituciones europeas.
[11] Caber hacer mención la iniciativa del gobierno venezolano del petro, una criptomoneda con respaldo público. Esta iniciativa puede estar preñada de problemas en su diseño. En un contexto de dificultades para devolver la deuda, ante el bajo precio de los hidrocarburos sobre los que se soporta la economía venezolana, y bajo la fascinación del crecimiento del precio de otras criptomonedas, se ha optado por el petro como fórmula de atracción de capitales. El gobierno de Maduro ha decidido implantar esta moneda alternativa en su país, con un diseño problemático. El problema que causa su diseño responde a que la moneda tiene como garantía de respaldo los recursos naturales del país. Esto supone un riesgo múltiple. Con ello Venezuela puede convertirse en un espacio de lavado de dinero, está sujeto a una posible caída por razones de ataques especulativas del valor del petro, y además, en dicho escenario hipotético podría perder soberanía sobre su patrimonio natural. Ahora bien, más allá de esto, el petro venezolano estaría buscando insertarse en una lógica de alternativa geoestratégica, vinculando sus transacciones al polo Chino y Ruso, que, mediante una cesta de monedas ya claramente exigiendo la transacción de materias primas fundamentales en éstas, estarían en condiciones de poner en vilo la hegemonía del dólar.
[12] Dicha política monetaria debería considerar que el tipo de cambio no puede divorciarse de la capacidad económica del país (ni por encima ni por debajo); los tipos de interés medios deben ajustarse a los tipos de beneficio aceptables, debidamente regulados, para la economía (para no primar la economía rentista); no deben ser restrictivos (muy altos); y sólo deben ser más bajos para estimular los sectores económicos y actividad de interés general. Las políticas de préstamo del banco central debieran priorizar al sector público y convertirse en prestamista de última instancia. No es materia de este documento, pero es preciso recordar que las políticas monetarias ultraexpansivas y de facilidad cuantitativa del BCE sólo primaron a los sectores financieros e industriales privados. El BCE compró masivamente acciones y deuda corporativa de empresas privadas, privilegiándoles y sin ser capaz de animar la inversión o evitar del todo el riesgo de deflación. Esta política, que puede estar llegando a su fin, sólo contribuyó a financiarizar la economía. Y a través de la política monetaria, ha contribuido a socializar pérdidas de un modo ciertamente inaudito.
[13] Sean la fe en el banco central, impuestos futuros o materias primas, como garantías clásicas. Cabe preguntarse si la energía, medios técnicos y trabajo de procesamiento (aplicaciones de seguridad, verificación de transacciones, minado y obtención de espacio computacional, etc...) constituiría algo equivalente para el caso de las monedas electrónicas en caso de adoptarse como fórmula.

[14] Tal y como algunos autores han defendido, por ejemplo, entre otros, Bruno Théret, Wojtek Kalinowski, Thomas Coutrot, Vincent Gayon, Jean-Michel Servet, Jérôme Blanc, Marie Fare, Dominique Plihon, Benjamin Lemoine o Gaël Giraud. En general, algunos economistas de la Teoría Monetaria Moderna han defendido una propuesta semejante.
[15] Las opciones que pueden barajarse son múltiples. Desde una moneda virtual -fácil de controlar, pero difícil, lenta y costosa para su implementación-; el recurso a sistemas de pago vinculados a teléfonos móviles -como en Kenia-; o los billetes de pago fiscal anticipado (TAN), o los IOU (deuda pública válida como billete), así billetes imprimidos vinculados a billetes en la reserva que guarda el Banco Central, que sería fácil de poner en circulación pero costosos para el control del fraude.
[16] Con toda sus variantes técnicas, por ejemplo, en el caso de las criptomonedas “hay tres tipos de emisiones de criptoactivos: los que están basados en una cadena de bloques propia y utilizan la minería; los que utilizan alguna cadena de bloques, como Ethereum, para soportar la emisión de los cripto-activos, es decir tienen pre-minado en donde el emisor controla cierta cantidad de tokens emitidos antes de permitir la minería. Una tercera forma corresponde a las ICO, en donde se establece a discreción la cantidad de tokens emitidos y la frecuencia de esa emisión, sin que esto implique ningún tipo de minería” (Dierckxsens y Formento; 2018).
[17] Son el caso del Banco de Inglaterra, el Banco Central de Países Bajos (pensando en emitir Dukatons), el Banco Nacional de Rusia (Masterchain), o el banco de Canadá han empezado a investigar seriamente las opciones. Entre la banca privada, JP Morgan Chase también se ha mostrado interesado. Popper, N. Octubre de  2016, NYT La cuestión de la criptomoneda es también un arma geoestratégica, y China y Rusia (ChriyptoRuble) tratan de desarrollar sus propias monedas para tratar de asaltar la hegemonía del dólar (Dierckxsens y Formento; 2018), y países como Venezuela han desarrollado el petro con objeto de sortear las restricciones financieras internacionales y hacer frente a sus problemas de deuda.
[18] “Australia, Singapur, Vietnam, Tailandia, Corea del Sur, Indonesia, incluso la India comenzaron hacia fines de 2017 a tomar medidas para regular el uso de cripto-monedas privadas no reguladas, con el objetivo de proteger sus propias monedas digitales sujetas a la especulación” (Dierckxsens y Formento; 2018)