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9/12/24

Ondas largas en el capitalismo tardío: Escenarios en la economía mundial

 El pasado 2 de Diciembre de 2024 el Grupo de Economía Política Alternativa (GREPA), que impulsa debates de sumo interés, me invitó a pronunciar una conferencia en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad Autónoma de Madrid, donde realizo una estancia de investigación.

 


En esta ocasión introduje una interpretación, desde la perspectiva de Ernest Mandel, al modelo de ondas largas, apuntando la centralidad de la acción de los sujetos, de los factores exógenos -como la biosfera, la geopolítica, la hegemonía ideológica, la política económica y la acción del estado, entre otros-, como necesaria contextualización de las leyes del movimiento del capital. Se trata de una aproximación desde el marxismo abierto, que entiende la economía como una dimensión incrustada en la sociedad, la historia y en la naturaleza, y construye un modelo plurifactorial para comprender el desarrollo.

La intervención trata de identificar las tensiones del presente en la economía mundial y trata de caracterizar la prolongada onda larga actual, afectada por una importante oscilación dentro de la misma, fruto de un periodo sociohistórico particular que se produjo entre 1990 y 2008, y que agotó sus elementos favorable a la recuperación. 

Para poder seguir el video de la conferencia puede pulsarse AQUÍ

Para consultar material que amplia y profundiza en la conferencia, puede bajarse la siguiente presentación.



19/12/23

Ondas largas: una revisión de la interpretación de Ernest Mandel tras 50 años de El capitalismo tardío

 Daniel Albarracín, Diciembre de 2023

Resumen del artículo publicado en la Revista Política y Sociedad.

Revisamos el modelo de las ondas largas de Ernest Mandel, tras 50 años de su planteamiento en El capitalismo tardío, para mostrar el potencial de su esquema, al tiempo que apuntamos las cuestiones a superar a la luz de las evidencias y reflexiones teóricas aportadas por otros autores marxistas posteriores.

Cuestiones no previstas o aún no concebidas por Ernest Mandel han sido abordadas por Anwar Shaikh, Claudio Katz, Francisco Louça, François Chesnais, Michel Husson, Eric Toussaint, Jesús Albarracín o Jacques Governeur, entre otros, revisando y actualizando el modelo. Estos autores han observado y teorizado elementos que mejoran, sin invalidar, los aspectos centrales del modelo de Mandel. Particularmente, entre otros, sobre la evolución precisa de los ciclos, el comercio internacional o aproximaciones mejor definidas del significado y papel de la composición orgánica del capital.

Los fenómenos de financiarización, mostrando su influencia en el proceso de acumulación, la tendencia a la formación de un mercado mundial en un contexto geopolítico conflictivo, o la nueva hegemonía neoliberal autoritaria, merecen su consideración. Además, daremos cuenta sobre la experiencia de la última fase de acumulación, desde los años 80 hasta la actualidad. El artículo, asimismo, aborda la necesaria articulación de la teoría de la onda larga con la teoría de la dependencia. El capítulo también aborda la necesaria articulación de la teoría de la onda larga con la teoría de la dependencia. Por último, se discute la dinámica y el papel del proceso de oligopolización y el papel de la financiarización, en tanto que han dado pie a numerosas controversias, que apuntó Mandel, con algunas respuestas de interés, que no terminaron de cerrar el debate.

Para leer el artículo completo pinchar aquí: https://revistas.ucm.es/index.php/POSO/article/view/76119

Como citar: Albarracín Sánchez D. (2023). Ondas largas: una revisión de la interpretación de Ernest Mandel tras 50 años de El capitalismo tardío. Política y Sociedad60(3), e76119. https://doi.org/10.5209/poso.76119 

14/1/23

CONTROVERSIAS SOCIOECONÓMICAS SOBRE LA TECNOLOGÍA. ¿UNA NUEVA ONDA LARGA EXPANSIVA GRACIAS A LA REVOLUCIÓN DIGITAL?

 Resumen:

¿Merece la IV Revolución industrial el estatus que se le confiere? ¿La revolución digital está promoviendo una nueva etapa de prosperidad económica? ¿Qué supone para la organización del trabajo y el empleo? Hacemos un selectivo repaso de las posturas más significativas sobre la tecnología. Tomando el marco teórico y perspectiva de la teoría de las ondas largas de acumulación, sugerida por Ernest Mandel, tratamos de responder a estas preguntas. A la luz de la evolución de la acumulación, la rentabilidad o la productividad, y considerando los límites biofísicos con los que se está topando el productivismo industrial, se plantean dudas sobre la inauguración, a escala mundial, de una nueva onda larga expansiva a causa de esta revolución di
gital.

En este artículo, publicado en la Revista Internacional de Pensamiento Político, de la Universidad Pablo Olavide, abordamos estas y otras preguntas, pertinentes para pensar sobre los límites que guarda la dinámica tecnológica, y el supuesto status y significado de la revolución digital, entre otros aspectos, para abordar una transición ecológica y cambio de modelo productivo, o las perspectivas sobre una nueva onda larga de acumulación y prosperidad.

El artículo puede citarse así:

Albarracín Sánchez, D. (2022). Controversias socioeconómicas sobre la tecnología: ¿Una nueva onda larga expansiva gracias a la revolución digital?. Revista Internacional De Pensamiento Político17(1), 435–456. https://doi.org/10.46661/revintpensampolit.6810

Puede encontrase referido aquí: https://upo.es/revistas/index.php/ripp/article/view/6810

El enlace al artículo completo puede encontrarse AQUÍ. https://upo.es/revistas/index.php/ripp/article/view/6810/6605


4/10/13

Homenaje a la obra de El capitalismo tardío, de Ernest Mandel


En México, se celebrarán, el 8, 9 y 10 de Octubre, unas interesantes jornadas que debatirán sobre la imprescindible obra del economista marxista Ernest Mandel. Podrán seguirse estas jornadas vía internet, y puede que se cuelguen en forma de video más adelante.

Trasmisión por webcast en:
IIEC:  http://webcast.iiec.unam.mx:18000/IIEc.oog.
FE:  http://www.economia.unam.mx/
Información en:
http://www.proglocode.unam.mx , proglocode@gmail.com
Registros de asistencia para constancia de participación en: http://actividades.iiec.unam.mx/conferences/list y 30 minutos antes de iniciado el evento.

PROGRAMA

 ENCUENTRO DE REFLEXIÓN Y DISCUSIÓN SOBRE LA CRISIS ACTUAL, Homenaje a los 40 años de la publicación de El capitalismo tardío de Ernest Mandel. 8, 9, 10 de Octubre 2013.
 Instituto de Investigaciones Económicas y Facultad de Economía, UNAM.

Martes 8:

IIEC. Auditorio Mtro. Ricardo Torres Gaitán:
9:30  Inauguración: Dra. Verónica Villarespe Reyes, Dr. Leonardo Lomelí Vanegas

Sala de videoconferencias:
10:00-10:15 Presentación
10:15-11:00 Pedro Montes Fernández: “Mandel: un gran clásico del marxismo revolucionario” (Videoconferencia, Madrid, España).
 11:00-11:30 José de Jesús Rodríguez Vargas, “El Capitalismo Tardío: Mandel y las diversas interpretaciones”
11:30-12:00 Alejandro Dabat Latrubesse, “El mundo de posguerra y el marxismo de Mandel. Aportaciones y contradicciones de un gran economista”
12:00-13:00 preguntas y comentarios.


FE . Sala Jesús Silva Herzog:
17:00-17:45 Rolando Astarita: "La tesis de Ernest Mandel sobre los ciclos largos, consideraciones sobre método".  (Videoconferencia, Buenos Aíres, Argentina).   
17:45-18:15 Jorge Veraza Urtuzuástegui, “Vigencia de la ley marxista de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia en el análisis de la crisis”

6/7/13

Deuda y Crisis del Sistema (video Universidad Socioambiental de la Sierra)


El pasado 29 de Junio Daniel Albarracín intervino en la Universidad Socioambiental de la Sierra, en su tercera edición, abordando una caracterización de la situación económica en vigor, dando cuenta de que la crisis actual está muy alejada de una situación coyuntural y que, fundamentalmente, hunde sus raíces en una crisis capitalista de largo plazo. Entre otras cuestiones también definió que estrategias pueden seguirse para romper con la lógica de la deuda.

Aquí puede seguirse el video.


21/5/11

Tendencias sociolaborales y Relación Salarial (1): el capitalismo global en transformación.


Daniel Albarracín

El desarrollo del capitalismo global atraviesa una situación que, debido a la exuberante hipertrofia del fenómeno de la financiarización, la movilidad y relocalización del capital a países emergentes, nos muestra, al menos en Europa, una crisis desinversora en el curso de una crisis de sobreproducción. Esta dinámica se profundiza por la extensión de una crisis de solvencia y endeudamiento generalizados, principalmente en el espacio privado, y subsiguientemente, debido a las políticas de socialización de pérdidas y desfiscalización, también del sector público, siendo también socialmente relevante la deuda hipotecaria de las familias. La respuesta ha sido una política de austeridad contradistributiva y regresiva que ha repercutido sobre los ingresos salariales, los derechos sociolaborales. Como consecuencia, asistimos ante una crisis de demanda, un retroceso de las condiciones de vida de la población dependiente directa o indirectamente del trabajo asalariado y un paro galopantes que sacuden nuestra realidad social.

1/5/10

Más de dos largos siglos de crisis de “in-civilización” capitalista

Daniel Albarracín, Marzo de 2010.

1. La imposición sociopolítica del capitalismo como sistema socioeconómico.



Si algo no puede estar ausente cuando se caracteriza el capitalismo -como modelo social, económico y político contemporáneo- son las crisis, en tanto que condición de su existencia. El capitalismo se ha venido forjando como el sistema más revolucionario, inestable y contradictorio de la historia. La impronta del capitalismo le aboca a una crisis permanente.
Con su despliegue, tan fulgurante como depredador, explotador y desigual, cabalgado por nuevos sujetos sociales políticamente conscientes, su virulencia desató un nuevo orden social que originó conflictos crecientes cuantitativa y cualitativamente exponenciales. Enfrentó un nuevo régimen contra otro antiguo –el feudalismo-; a la ascendente burguesía contra la clase trabajadora explotada merced a una nueva dominación socioeconómica; fragmentó el mundo en fronteras haciendo rivales a personas con necesidades comunes –hasta el punto de causar conflagraciones recurrentes, o migraciones en la que se divide a las personas en ciudadanos de primera, segunda, o sin categoría según la disposición o no de papeles según las reglas de cada país-; reordenó viejas opresiones –como el vetusto patriarcado contra las mujeres, o el empleo represivo de las religiones- haciéndolas funcionales con la explotación capitalista; y expone a la humanidad –primeramente a los pueblos y clases más vulnerables- a una no descartable autodestrucción, poniendo en peligro las condiciones de habitabilidad del planeta al arrancar la riqueza natural de la tierra de ciclos sostenibles para la vida, y al inundarla de residuos dejando una imborrable huella ecológica.

La monótona dinámica secular de sistemas antiguos –como, por ejemplo, la solapada propiedad feudal de y la fijación servil a la tierra; el vasallaje, el señorío o nobleza y la exención fiscal que conllevaban; los gremios, o el justiprecio de mercados en los que no primaba la obtención de excedente-, se vieron derruidas, deglutidas o sustituidas por nuevos sujetos que instauraron la primacía política, económica y social de la relación del capital. Según ésta, quienes controlan los medios de producción adoptan sin corsé las decisiones de asignación de los recursos de su propiedad –primero familiar, luego accionarial, siempre formalmente individual-. Se inicia así una incontenible y desordenada carrera competitiva por beneficiarse de la plusvalía extraída de la rentabilización del empleo y organización de la fuerza de trabajo de la mayoría social, a partir del valor originado en su trabajo. Con la mayor y más diversa violencia que se ha conocido se devastaron formas de vida y se reconfiguraron relaciones sociales enteras. En apenas dos siglos de (salvaje) civilización capitalista se aniquilaron la mayor parte de instituciones y sistemas de privilegios feudales, entre oleadas de desamortizaciones de tierras eclesiales o estatales, tierras valladas donde antes había propiedad comunal o bienes libres, consolidación y clarificación de la definición de propiedad; y se despojo el modo de vida campesino, empujado a no tener más bien que su prole y su fuerza de trabajo hacinada en la ciudad y entregada a la empresa industrial (sea agroganadera, fabril o de servicios).

La burguesía – con sus diferentes fracciones y grupos cómplices o aliados- tomó el poder. El apoyo del resto y mayoritario pueblo llano fue imprescindible en las históricas revoluciones que promovió. Pero pronto se desprendió del incipiente proletariado y otras clases del pueblo llano comprometidas en la revolución social –para llevarla más allá-, como aliados, y una parte de la nobleza convino en acogerse y reconvertirse a las ventajas del nuevo sistema instaurado.

Se pusieron en pie nuevos derechos individuales, al tiempo que ascendieron formas institucionales y modelos socioeconómicos que iban a definir nuevos privilegios y consolidar desigualdades sustantivas en las condiciones de vida, concentrando las posibilidades de aprovechamiento de aquellos derechos formales individuales en la nueva clase dominante. Entre estas instituciones capitalistas, fuente de privilegios para una minoría, destacan la propiedad privada de medios de producción, la herencia, el Estado-Nación burgués –garante de los anteriores privilegios y del crecimiento ordenado de los mercados acondicionados para la realización capitalista, y de regímenes fiscales contradistributivos y de gasto a favor del capital-; o el derecho mercantil y concursal que favorece la libertad de empresa y condiciones económicas ventajosas para las corporaciones privadas-; la sociedad anónima por acciones, bajo cuyo aliento las empresas pudieron formar sus espacios de oligopolio transnacional; y los mercados financieros organizados y las regulaciones que flexibilizan la movilidad de los capitales. A la batería de derechos civiles individuales como la libertad de expresión y de prensa, la igualdad formal ante la ley, se sumaron derechos colectivos –como las pensiones, educación o sanidad, entre otros- y la libertad de asociación –política, sindical, etc…- arrancados solamente tras importantes pugnas sociales, en los que fue protagonista el movimiento obrero, y a cuya posibilidad contribuyeron la presencia de Estados obreros que rivalizaron fríamente con el capitalismo y que coadyuvaron con novedosas –pero degradadas burocrática, autoritaria y ecológicamente- formas socialistas a una competencia internacional por la hegemonía mundial, durante más de 70 años y hasta la caída del Muro en 1989.

Por otro lado, aquellos “derechos” estaban pensados para un individuo abstracto que no existe –o que, de presentarse, no era otra más que la del urbanita, varón, blanco, heterosexual, patriarca y propietario-. Y por tanto obviaban el justo trato equivalente para todas las personas y, de este modo, la necesidad de colmar una igualdad de partida –que no debe confundirse con un trato homogéneo, ni con la simple igualdad de oportunidades- y una democracia participativa y avanzada imprescindibles para una libertad digna de tal nombre. Una libertad que no fuese la de aprovecharse sin límite de otra persona por encontrarse en una circunstancia y posición social o económica más débil, marcada por la desigual extracción social, o la discriminación en base al rol de género, la etnia, la nacionalidad o el territorio de procedencia; una libertad personal que para ser plena debe estar sujeta al respeto igualitario para todos y todas en un marco democrático todavía por alcanzar en su plenitud. Sin embargo, lo que pudieron tener de progresista aquellos derechos quedaron a la sombra de los privilegios burgueses y de la gran determinación social y económica que iba a constituir la relación salarial para la inmensa mayoría social. Lo que no es más que un sistema social donde la libertad es para unos en contra de todos los demás. Además, un amplio conjunto de derechos y libertades sustantivas para las personas quedan pendientes por realizar o su desarrollo en muchos aspectos o lugares están deformados (derecho al aborto, a la formación libre de uniones, a la plena movilidad, etcétera). En este sentido, en un desigual sistema de atribución de privilegios como es el capitalismo, los derechos, cuando no son conquistados y defendidos colectivamente, no son más que favores provistos bajo ciertas condiciones vigiladas por el poder establecido.

2. Relación Salarial, Lógica de la Mercancía, Acumulación capitalista y Ciclo del Capital.


Si los siervos de la gleba estaban atados a la tierra, la relación salarial vendrá a sujetar a las familias obreras y, por tanto, a la clase trabajadora en términos temporales. Han de dedicar cada vez más tiempo de la vida y condicionar su modo práctico de existencia –formándose, adaptándose, disponiéndose- a prestar su fuerza su trabajo para la obtención de un ingreso, para valorizarse en tanto que fuerza de trabajo empleable en los términos prescritos por el mercado y el Estado capitalistas. Cada vez más fracción de la población abandona el campo para ir a las ciudades y destinan mayores proporciones de su tiempo, mayor número de miembros de la familia, mayor atención, esfuerzo y preparación para ser explotables en el marco del trabajo asalariado y de la lógica de la mercancía.

En este contexto histórico, el ciclo del capital constituye la forma dominante de sistema socioeconómico, casi hasta su extremo desarrollada, en una forma más acabada de la que pudo experimentar Marx en el siglo XIX. Este ciclo promueve una acumulación capitalista sin fin, que adquiere y extrae su riqueza de la naturaleza, hasta el punto de agotarla, y que se sustenta en la explotación y apropiación del valor producido por el trabajo.


En el capitalismo se han ido perfilando grandes y largas etapas marcadas por las luchas de clase y la configuración de hegemonías ideológicas, ligadas a determinadas políticas socioeconómicas –reformas liberales, keynesianismo, neoliberalismo, socialiberalismo o liberalismo compasivo, etc…-, a veces gozando de cierta estabilidad y legitimidad y otras veces en franco cuestionamiento. En la actualidad, la gestión socialiberal y neoliberal, que pone a conjugar Estado y Mercado para la reordenación y liberalización capitalista de las finanzas, la producción y la distribución en mercados finalistas, se encuentra en una enorme confusión e inoperancia para afrontar las crisis materiales del sistema económico capitalista.


A este respecto, este sistema ha descrito esas grandes etapas en forma de ondas largas de acumulación (dos en el siglo XIX, una en la primera mitad del XX y hasta ahora nos encontramos en la cuarta), mayormente orientadas por tasas de rentabilidad, en periodos de prosperidad en espiral a los que le sucedían etapas de mayor dificultad para conseguir auges sostenidos y duraderos. Cuatro ondas largas se han sucedido, intercaladas con recurrentes crisis industriales periódicas, cuya duración se ha ido modificando por razones sociales, políticas, técnicas y económicas.


En la actualidad, asistimos a una profunda reordenación capitalista en un periodo en el que la división internacional del trabajo, y las hegemonías económicas y políticas están atravesando cambios y nuevos desequilibrios. A este respecto, el largo periodo en el que el industrialismo (agrario, ganadero, manufacturero, de servicios, etc…) cobraba la hegemonía en el desarrollo en la fase productiva del ciclo del capital, le sucedió otra en el que la concentración oligopólica del capital tenía su primacía en la distribución comercial. Ahora, la concentración del poder y la integración de las fracciones del capital encuentran en el sistema financiero y el papel prevalente de los mercados financieros organizados –profundamente modificados por la titularización, el ascenso del poder de las grandes corporaciones, y las facilidades de todo tipo a la movilidad y relocalización del capital- en la toma de decisiones económicas, asignación de recursos, etc… un vector de poder central.




3. La globalización capitalista

El vector de poder sigue en manos de la burguesía, ahora intrincada a lo largo de empresas-red transnacionales, que contribuyen a la formación grupos de presión capaces de influir de manera protagonista en las grandes instituciones internacionales (BM, FMI, OMC…) y en las grandes áreas regionales de mercados instituidas (TLC, UE, ASEAN, etc…). Unos intereses que siguen empeñadas en incrementar las tasas de explotación –mediante políticas de ajuste social y salarial- y moderar la composición orgánica del capital –mediante las relocalizaciones y políticas de reestructuración productiva- con el objeto de aumentar las tasas de rentabilidad, hasta el punto de instaurar una nueva fase de prosperidad en condiciones de dominación sostenidas, cuyas condiciones no descartables aún deben consolidarse –las tasas de rentabilidad recuperadas no vienen acompañadas de tasas de acumulación vigorosas - y en las que las luchas de clases serán decisivas.

En este escenario de disputas no está todo decidido y no parece factible un paso a una nueva onda larga de prosperidad sin grandes sacudidas y conmociones sociales. EEUU vive una crisis económica sin parangón y su legitimidad como guardián del mundo está en entredicho tras sus fiascos en Irak y Afganistán. La acumulación sólo es mínimamente vigorosa en Asia –China, India-, mientras que en los países centrales es débil. En cualquier caso, debe advertirse que los principales beneficiarios de la acumulación en los países emergentes son grandes corporaciones occidentales y algunos pequeños grupos locales. Aparecen bloques desobedientes y resistentes –algunos de carácter reaccionario, como Irán o Rusia-, y otros de carácter reformista radical –como en países del Mercosur y el eje Venezuela, Cuba, Bolivia o Ecuador-. Al mismo tiempo, surgen grandes conflictos sociales en el cinturón islámico con viejas disputas territoriales y luchas por la adquisición de bienes naturales.

La historia del capitalismo no ha sido la de un único modelo homogéneo de capitalismo. Porque aunque su desarrollo se ha ido extendiendo a nivel mundial, se ha materializado bajo modalidades muy diferentes, en base a la configuración sociopolítica dada en cada formación sociohistórica, en la que las disputas sociales marcaron su carácter político, también condicionadas al lugar que dichas formaciones sociohistórico concretas ocupan en la división internacional del trabajo. Nos encontramos con una estructura de países centrales, en general septentrionales, que dominan y toman ventaja de múltiples semiperiferias ascendentes y en retroceso, o periferias, en general meridionales condenadas al empobrecimiento y a la dependencia de las grandes potencias centrales.

Las hegemonías internacionales se han ido sucediendo no sin fuertes choques, con Francia, Reino Unido y finalmente EEUU -ya en su declinar económico si bien no tanto militar y diplomático- como grandes imperialismos hegemónicos en largas etapas. Imperialismo contemporáneo en reordenación con nuevos bloques multipolares con jerarquías y alianzas en redefinición que causarán nuevas tensiones rivales, nuevos ejes de alianza (EEUU-China) y de enfrentamiento (Rusia, Irán) y subimperialismos (Brasil) y posiblemente nuevas tensiones entre bloques de Estados por venir.


4. El capital, depredador del medio ambiente y urdidor de un modelo nefasto de socialización

El capital, en tanto que relación social, ha colonizado espacios sociales, económicos y territoriales, pero también las formas de vida, de pueblos, comunidades y familias, y al tiempo ha depredado sin piedad el planeta en el que vivimos como especie hasta amenazar las bases renovables de sus materiales –materias primas y energías-, de los ciclos ecosistémicos fundamentales para la pervivencia de condiciones de habitabilidad de gran parte de especies, incluyendo la humana, y ha alterado irreversiblemente –aunque aún no se sabe hasta qué punto, y en qué medida puede paliarse y corregirse- el clima.

El capitalismo, más allá de su apuesta por la individualización social, se ha apoyado en viejas relaciones sociales precedentes, como es el patriarcado extendido desde la familia al conjunto de la sociedad –empresas, espacio público, etc…-, o redes de grupos clientelares –redes sociales familiares, de amiguismo, o de paisanaje- con prácticas renovadas de presión, complicidad, soborno, chantaje, fraude tolerado o extorsión, y otras tantas, que le han podido ser funcionales en tanto que promovían y fortalecían los derechos, instituciones y normas que redundaban en privilegios para la minoría burguesa y sus adláteres (gerencias empresariales, clase política y gobiernos afines, etc…), y ha metabolizado viejos dogmas religiosos para amansar a la población o cultivado nuevas prácticas culturales –la cultura postmoderna del consumo y de expresión- que vacunaban al sistema de cualquier respuesta colectiva organizada.

Se han ignorado y ha originado nuevas crisis y degradaciones en las condiciones de sostenibilidad de la vida que representan las tareas de cuidados, en una cadena de desplazamiento y minusvalorización. Se ha generalizado la “sub”-contratación de franjas femeninas de la sociedad muy vulnerables –frecuentemente mujeres inmigrantes con pocos derechos reconocidos-, mujeres de familia obrera, o se cubre mediante la provisión de mínimos de un Estado con servicios públicos insuficientes y deficientes. Se ha empleado a fondo a cada vez más parte de la población, dando acceso al empleo y los derechos que el trabajo asalariado pudiese reportar, a los que accedían y por lo que luchan y tratan de mejorar con mucho sacrificio y lucha las mujeres, al mismo tiempo que se extendió la explotación y se abrió un espacio más –el de los centros de trabajo asalariado- para la desigualdad entre hombres y mujeres. Esa doble movilización –por los derechos de las mujeres, y por el empleo de la fuerza de trabajo potencial- ha redundado en un modelo de familia de “salario y medio” para explotar a dos o más miembros de la familia, que, en términos generales, ha comportado una inserción por la “puerta de atrás” y sin grandes expectativas para la mujer, sin una correspondiente liberación del trabajo de crianza y doméstico. Así, el modo de acceso al empleo de la mujer se ha desarrollado mediante formas de empleo precarias –empleo a tiempo parcial, temporalidad, bajos salarios, etc…-; en ocupaciones que mayormente han supuesto una extensión de la división sexual del trabajo tradicional -que asignaba a la mujer tareas y responsabilidad de mantenimiento y administración, de cuidados del bienestar y de la salud, y de atención personalizada- al mundo de la empresa, y sin verse liberadas de las responsabilidades del mundo familiar y de atención a las personas dependientes, debido a la siempre insuficiente corresponsabilidad y presencia del varón en el espacio doméstico; y con evidentes desigualdades y discriminación para su acceso a los puestos de mayor reconocimiento, reservados al varón, o que tengan mayor poder de decisión.


5. Crisis objetivas patentes e inmadurez sociopolítica de la subjetividad antagonista.

La fase contemporánea del capitalismo está abocada a una degradación inequívoca de ciertas dimensiones básicas para las condiciones de existencia social y para la vida en general. El conjunto de contradicciones y crisis sistémicas ahora exponen sus consecuencias y conflictos más duros. El reordenamiento del capitalismo mundial, la crisis de acumulación sin crisis de rentabilidad, la extensión de la precariedad y la explotación y, ante la elevación del paro de la pobreza y la miseria, el empobrecimiento de los países del Sur, el desastre ecológico y el sufrimiento de millones de personas por la carestía de agua y alimentos, de un modo de vida digno, de libertades, derechos y democracia básicas, y la previsión de la incompatibilidad de la prosperidad capitalista con un modo de existencia digno y de la sostenibilidad ecológica del planeta, nos enfrentan a una época de grandes conflictos.

La burguesía, aún cuando lograse una victoria y fuese capaz de inaugurar una nueva onda larga de acumulación capitalista expansiva, que sólo sería posible con una gran agresión a la clase trabajadora, que exigirían enormes sacrificios y derrotas y que se derivasen en una reconfiguración socioeconómica imposible sin grandes conflictos, estaría abocando a la humanidad y el planeta a una degradación ecológica que amenaza la vida en sí y a la propia especie. De persistir las bases socioinstitucionales y productivistas del capitalismo, basado en la ganancia, las consecuencias del cambio climático, la crisis alimentaria, y la transición a unas nuevas bases de modelo tecnológico y energético para la producción, supondrán desafíos que pondrán en riesgo a la propia humanidad, siendo sus primeras víctimas las clases y pueblos de extracción social y ubicación territorial más vulnerables.

Cabe constatar una crisis que, para nosotros, es la más preocupante. Una crisis de subjetividad antagonista organizada, producto de una gran ofensiva neoliberal que desmanteló los asideros institucionales para la formación e influencia de los sindicatos, y ahogó la posibilidad de acceso a los medios de comunicación de masas a las fuerzas de izquierda rupturista; una reconversión de la izquierda al socialiberalismo; del colaboracionismo de clases de la socialdemocracia, y el arrinconamiento que realizó contra fuerzas antisistema, ahora desautorizado, minorizado y paralizado socialmente; del fracaso, obstáculo y desprestigio que supuso el estalinismo; y del inmaduro desarrollo de fuerzas anticapitalistas, con dificultades para organizar a movimientos sociales ciertamente volátiles. El ascenso de la reacción, prácticas gregarias, conductas racistas y fascistas, o el descreimiento de la población en la política en tanto que ciudadanía son aspectos sociales muy contraproducentes para una transformación radical de las bases sociales capitalistas.

Esta crisis, a la luz de hoy, sólo parece tímidamente contrarrestarse en algunos países latinoamericanos y asiáticos. En Europa o EEUU solo se producen espasmódicos movimientos, como el que se denominó movimiento altermundialista a principios de los años 2000, que se han evaporado poco a poco, y que sólo han fraguado formaciones políticas de izquierda anticapitalista aún muy incipientes, y que sólo tiene cierta entidad en Portugal –Bloco-, Alemania –Die Linke, con un carácter centrista-, Francia -NPA, en parte del Frente de Izquierdas-, o el Estado Español –Izquierda Anticapitalista, entre otras pequeñas formaciones-.

La única vía para poder superar los desafíos de la humanidad, bajo bases solidarias y ecológicas viables, exige una transformación socioeconómica que acabe con las instituciones y privilegios burgueses. Un nuevo modelo socioeconómico y político que sustituya la relación salarial –sustentada en el Estado burgués, la propiedad de los medios de producción y el mercado capitalista- por formas económicas de autogestión colectiva global e internacional, derechos, ingresos y obligaciones universales y equivalentes de ciudadanía y el reparto de todo tipo de trabajo –público o doméstico-, por fórmulas de gestión que orienten los recursos a la satisfacción de las necesidades y que, inequívocamente, exigen grados de austeridad compatibles con prácticas saludables y de bienestar colectivo. Y sólo con ello no será suficiente, porque los retos de los límites ecológicos supone adecuar nuestras formas de producir y consumir a los ciclos naturales y ecosistémicos; porque los retos para una relación equivalente y equitativa entre personas supone revisar claramente las formas de familia, de relación entre personas, hombres y mujeres, de tolerancia y reconocimiento de las libertades sexuales respetuosas de cualquier orientación, y los modelos de provisión de bienes y servicios públicos; en suma, también, de aprender y superar viejas experiencias autoritarias y burocráticas que exploraron tipos de socialismo que en gran parte fracasaron. Sólo aprender de las necesidades, de la realidad, de la experiencia del pasado, y de las posibilidades del futuro nos podrá proporcionar algún horizonte en el que sea posible vivir bien en comunidad con unas condiciones de convivencia con el planeta y el resto de las especies vivas.

11/12/09

Capitalismo Tardío ¿Quo Vadis?



Esta contribución se propone identificar algunos debates sobre la aplicabilidad de la teoría de las ondas largas, que enunció Ernst Mandel (1972), a la luz de la evolución y nuevas formas del desarrollo de la acumulación capitalista. Se origina en la discusión en la que participamos en el IIRE (http://www.iire.org/content/view/179/1/lang,es/), en el Seminario sobre la Crisis Económica, que organizó la IV Internacional entre el 2 y el 4 de Octubre de 2009, en Amsterdam. Tratamos de plantear nuevas problemáticas, recoger constataciones del desarrollo capitalista desde un punto de vista empírico a escala mundial, y sugerir nuevas hipótesis e interrogantes para intentar caracterizar adecuadamente la situación objetiva actual del capitalismo a nivel mundial.

(...)

Para encontrar soluciones y respuestas muchas veces debe partirse no sólo de un buen procedimiento de contestación analítica, sino de problematizar nuestro enfoque y de aprender abiertamente de los procesos reales en su desarrollo concreto. Sin problematizar los modelos teóricos, y diseñar adecuadamente las preguntas, no podremos comprender la realidad, ni operar sobre ella. Resulta fundamental cuestionar nuestro modelo de aproximación a la realidad, antes de caer en la tentación de tratar de adaptar la realidad a la teoría.


Para leer el artículo completo:
http://www.vientosur.info/documentos/Quo%20Vadis.pdf

Notas:
El artículo mantiene un diálogo y polémica, desde la proximidad analítica, con planteamientos suscitados por Claudio Katz (http://katz.lahaine.org/) al que recomiendo seguir en este punto.

Este artículo se ha presentado a las XII Jornadas de Economía Crítica que se celebrarán en 2010, en Zaragoza (http://www.ucm.es/info/ec/jec12/index.htm).

1/12/08



La miríada de las crisis y el crisol del cambio: Una aproximación a la llamada crisis financiera.
Daniel Albarracín y Eduardo Gutiérrez. 28 de Noviembre de 2008.

Cuando se nos pregunta acerca de la crisis económica en curso, debemos recordar que esta debe encuadrarse dentro de una crisis civilizatoria, ecológica y social, en medio de una crisis de materias primas básicas (agua, energía, alimentos), que, en el marco sociopolítico de unas relaciones sociales determinadas, constituyen el contexto del modelo económico y su dinámica.

Hasta hace muy poco en los países del Norte se vivía con autocomplacencia una ola de aparente bienestar que prometía un futuro providencial. En los últimos ocho años mencionar la crisis era propio de agoreros o de locos. Sin embargo, las contradicciones de aquella evolución desequilibrada ahora parecen estallar con unas dimensiones que cada día abofetean la incredulidad de aquellos que aún niegan lo evidente.

Primero, la negación, luego los eufemismos, y ahora los incrédulos realizan un ejercicio de escapismo para ocultar la profundidad de la crisis que, desde ya, nos va a acompañar unos cuantos años, aún cuando en los países periféricos forma parte de su modo de vida desde hace tiempo. Y es que la crisis es algo incómodo.

Se trata de una mala práctica la de sólo querer aproximarse a los problemas desde la constatación de sus síntomas. Se trata de una perversión cuando sólo se quiere abordar aquellos que afectan a intereses parciales, generalmente de índole privada.

Para comprender lo que le sucede a la civilización capitalista, tan incivilizada ella, conviene desplegar los diferentes planos de su dinámica. Porque crisis significa cambio. Si algo caracteriza al capitalismo es su transformación constante. Lo que no significa que su orientación nos satisfaga a sus víctimas. La crisis es connatural al capitalismo, comenzando desde la destrucción de viejas formas sociales (vida rural, relaciones antiguas, formas de convivencia, criterios de asignación socioeconómica) pasando por sus ondas de acumulación en forma de ciclos de larga y corta duración.

Está crisis comporta varias crisis al mismo tiempo. Sus dimensiones refieren, de manera más inmediata, al plano de la saturación de ciertas vetas de mercado, que acabaron su recorrido, tal y como representa la construcción y el mercado inmobiliario. Aquella veta supuso una oportunidad transitoria que respondía a una política financiera que para salir de viejas crisis, la del ciclo agotado en el 98 con las punto.com, planteó tipos de interés reales bajos y desregulación del sistema de crédito. A su vez, aquella situación derivaba de una anterior crisis, la de México 87, en la que los circuitos de extorsión internacional a través de la deuda se colapsaron. Los periodos de expansión débil de una fase siempre eran salidas en falso, de alivio transitorio, a una crisis que se escondía con anabolizantes, sin resolver sus problemas de fondo.

De manera más coyuntural también obedece a una crisis industrial periódica. En esta ocasión por saturación de varios mercados. Aunque ahora no es la causa principal. De fondo nos encontramos con las tensiones de la dinámica de acumulación con la presencia de resistencias estructurales para la ampliación de la tasa de rentabilidad. Sin embargo, tampoco ahora es la cuestión explicativa principal.

Efectivamente, la tasa de rentabilidad, indicador que clásicamente hemos analizado para dar cuenta del vigor de la acumulación ha desarrollado una tendencia singular. En los años 70 se vino abajo, y causó estragos en la industria. Los poderes optaron por conceder la hegemonía a parámetros de gestión neoliberal que impuso una nueva política económica. Una vez que la izquierda política y sindical se ha plegado a cambio de integrarse en espacios institucionalizados y con recursos para convertirse en mero agente consultivo, se han subordinado los derechos sociolaborales, la evolución de los salarios directos e indirectos, en favor de la intensificación de las plusvalías relativas. En los años noventa, no sin deteriorar severamente las condiciones sociolaborales de la mayoría de la clase trabajadora del Norte, y sacrificar las condiciones de subsistencia de los pueblos del Sur, las tasas de rentabilidad se incrementaron notablemente. En este comienzo de milenio estaban empezando a alcanzar los niveles de las décadas de la segunda posguerra mundial. Entonces, ¿esto avalaba las tesis de los analistas que afirmaban la incorporación a una nueva onda larga expansiva?. Pues no parece que sea así.

La remontada de la tasa de beneficio del capital se estaba gestando a cambio de larvar una crisis de inversión, seleccionando, racionalizando costes al milímetro, sólo aquella que proporcionasen mayores ratios de rentabilidad inmediata, a corto plazo. La crisis de demanda aún no se manifestaba, a pesar de que la moderación salarial y el recorte de derechos era la tónica, a cambio de que las familias trabajadoras (para obtener un ingreso ajustado para su integración social) dispusiesen más miembros para la explotación laboral, retrocediesen en la cantidad y libertad de uso de su tiempo libre, e hipotecasen sus cuentas con endeudamientos colosales, por ejemplo, en la partida de la compra de una vivienda.

La tasa de rentabilidad se entiende como el ratio que compara la tasa de explotación (la proporción en que el capital extrae el excedente del valor producido por la fuerza de trabajo) poniéndola en relación con la composición orgánica (la proporción entre inversión en capital constante –fijo y circulante- y capital variable –el fondo económico que emplea a la fuerza de trabajo-)[1]. Las condiciones del desarrollo capitalista se habían tensado al máximo, y si se rompía el frágil equilibrio plantearía un colapso del actual sistema ambiental-económico-institucional en cualquier momento.

Además, las tensiones de los ciclos, en un contexto en el que la rotación del capital se aceleraba, podían transferirse o derivarse transitoriamente en el tiempo o geográficamente, pero no evitarse. Los países centrales, como EEUU, podían derivar sus crisis a otros países dependientes, jugando con su divisa, su capacidad de negociación, merced a su hegemonía diplomática-militar, durante un tiempo, mientras acumulaban la deuda externa y pública de mayor envergadura del planeta. Asimismo, los Estados, empresas y familias se endeudaban, en un contexto de permisividad crediticia sin parangón, postergando hacia el futuro la asunción de sus responsabilidades económicas presentes.

En efecto, lo que caracteriza principalmente la actual crisis económica es, posiblemente, una generalización masiva del endeudamiento. En palabras técnicas, un apalancamiento financiero a gran escala. Como posiblemente sabrán, el apalancamiento financiero se basa en funcionar o invertir con recursos ajenos en una proporción tan alta, que pueden multiplicar por varias veces el nivel de los recursos propios, debilitando a éstos como garantía. Esta práctica permitía retrasar la explosión de muchos mecanismos notablemente exhaustos y desencajados.

Ahora bien, esta práctica en algunos casos ha ido incluso más allá. Este sería el caso de la proliferación de sociedades de inversión (fondos de inversión o hedge funds, capital riesgo, fondos soberanos, fondos de pensiones, fondos de grandes fortunas) que, con la complicidad, aportación y financiación de la banca, cajas de ahorros y empresas de seguros, movía y destinaba importantes volúmenes de capital a adquirir el accionariado de empresas rentables (o a prestar dinero con tasas de retorno escandalosamente altas), con niveles de apalancamiento que superan sus recursos propios varias veces[2]. Esto ha propiciado, que estos fondos hayan comprado (a base de préstamos muy por encima del capital propio) empresas (como Dinosol, El Arbol, TPI-Páginas Amarillas, Futura, Martinsa-Fadesa, UPS España, etc… ) a las que luego les han transferido su deuda –mediante primas de emisión, fusiones, compras de acciones propias, y otras operaciones societarias-, y han puesto las acciones compradas como garantía. Se han dedicado a racionalizar la actividad de esas empresas a niveles insospechados. Racionalización que ha derivado en segmentación de la empresa en un entramado de empresas auxiliares mediante la externalización y subcontratación sucesiva (de las partes más arriesgadas o menos rentables de la actividad), la venta de fragmentos de la empresa, el recorte de empleos, la intensificación de los ritmos de trabajo y la extensión del tiempo de trabajo, o mediante el vaciamiento de contenido del activo. Esto pone en peligro, ya lo ha puesto, la viabilidad y, ni que decir tiene, la capacidad de mantener la producción más útil y de calidad e impide una dinámica de innovación o de mejora. El propósito consiste en obtener rápida liquidez para dar más “valor al accionista” (en forma de dividendos) o al “obligacionista” (mediante la devolución de réditos del préstamo contraído).

La desregulación del sistema financiero ha hecho posible iniciativas de alto riesgo, en un contexto de bajos tipos de interés reales donde la industria financiera, para obtener masas de beneficio con márgenes financieros bajos, optaron por conceder créditos de cualquier manera. Mientras tanto los bancos centrales hacían dejación del control básico, y así prácticamente desaparecían los coeficientes de cajas y las reservas obligatorias para hacer frente a la devolución de depósitos o para hacer frente a problemas de capitalización en situaciones adversas. Además, la regulación financiera hizo una apuesta radical por facilitar la movilidad del capital, por desfiscalizar sus inversiones, por no condicionar ni supervisar sus conductas, y por ser completamente permisivos con la presencia de espacios sin impuestos como son los paraísos fiscales que coartaban la eficacia y propósito de cualquier normativa reguladora, chantajeando así a los Estados para flexibilizar más cualquier condición al capital financiero.

En estas condiciones, muchos analistas han querido explicar la crisis como una mera crisis de liquidez. Es decir, como un problema de cortocircuito del crédito, por un problema de confianza y de gestión de los propios fondos de tesorería y liquidez.

Sin embargo, la crisis de liquidez no es sino consecuencia de una crisis de solvencia de unas proporciones desconocidas hasta ahora. Cuando la mayor parte de los agentes económicos han puesto al límite su funcionamiento por unos niveles de endeudamiento difícilmente sostenibles, los problemas no podían sino estallar más tarde o más temprano. Y ha estallado ahora. Las cosas podían seguir adelante mientras los ingresos periódicos pudiesen cubrir las obligaciones de devolución de los compromisos adquiridos. Basta con que algunos mercados se desaceleren para que la economía se desplome como un edificio de naipes.

Esta nueva estructuración del desarrollo capitalista ha imprimido, al menos en los últimos diez años, una dinámica singular. Hasta ahora la tasa de rentabilidad, confirmación de la obtención de un retorno por la inversión, e indicador que movilizaba el excedente hacia esa inversión, era la referencia de la acumulación de capital. Ahora bien, con la extensión de los privilegios a los inversores capitalistas, y a las sociedades gestoras de sus fondos o con el marco jurídico protector de las corporaciones o sociedades anónimas (leyes concursales, derecho mercantil, etc…) el universo de intereses de la empresa hasta ahora conocido ha sido profundamente alterado por un cambio de prioridades. Efectivamente, ahora las empresas no buscan simplemente un beneficio en sí mismo sino que éste es tan sólo un instrumento para proporcionar dividendos o intereses a accionistas y prestamistas (el capital financiero) totalmente indiferente a los procesos socialmente productivos.

Es decir, una creciente proporción de la tasa de beneficio se retiene para proporcionar ese “valor para el accionista”, o interés para el obligacionista, impidiendo que el excedente se reincorpore a la inversión, en forma de mantenimiento, expansión productiva, o innovación tecnológica. Nos encontramos con que no sólo se presiona al incremento de la tasa de explotación, sino también a la moderación de la evolución de la composición orgánica del capital. Se adelgaza la capacidad productiva en aras de que el cogollo productivo que queda después de la purga de las áreas de menor o más volátil rentabilidad, sea lo más rentable posible en poco tiempo. Ese excedente simplemente engrosaría las cuentas de una clase capitalista financiera aventurera y depredadora.

Se habla, así, de una tasa de beneficio retenido[3], pulverizando la capacidad de la masa de beneficio de animar la acumulación, la inversión y el crecimiento, como antes, porque simplemente desvía gran parte del excedente para engrosar las arcas del Management financiero.


El sistema financiero, en este contexto, empieza a padecer los riesgos en que había incurrido. La morosidad empieza a repuntar[4]. Las sociedades de inversión observan como les aprietan sus obligaciones de pago, y las empresas ya no pueden reportar tasas de retorno de un 20% como les exigían los prestamistas. Empresas, como Ono, con mayoría accionarial de fondos de inversión, en una empresa cada vez más rentable y puntera, exigen mayores ganancias, y recortan en 1300 personas su plantilla.

Así, una crisis de fondo y una crisis coyuntural se combinan con una financiarización de la economía de un modo fatal[5].

La manera de afrontar este cataclismo ha sido la intervención del Estado que transfiere el problema de la banca –que no es el sector más afectado y que además es un agente directamente responsable que ha causado la situación- a las cuentas públicas. También se propone apoyar al sector automovilístico. ¿Cuál será el siguiente sector?. O darle a la maquinita de crear moneda (EEUU). Pero el alivio de la liquidez no resuelve el formidable problema de solvencia generalizado. Sólo encaja un problema del sector privado en el presupuesto público. Para el año próximo alcanzará el 4% del déficit público el presupuesto español. Ha sido la crisis y no los movimientos sociales quienes derrumban el Plan de Estabilidad de la UE.

Hasta ahora, los diferentes países, y el G-20 sólo han discutido sobre la modalidad de socialización de pérdidas[6] a emprender. Unos apuestan por comprar activos (de mayor o menor calidad), otros por comprar acciones y participar en un rincón, sin hacer ruido, en los consejos de administración. La UE plantea reducir impuestos ¿y qué pasará con las políticas sociales del Estado?. Las nacionalizaciones sólo se plantean para salvar a la tecnostructura (gestores de y directores de empresas) responsables de la situación. Los poderes no se plantean decididamente socializar los sectores estratégicos, intervenir los mercados, y planificar aspectos fundamentales de la economía con criterios que reestablezcan una asignación de recursos solvente y, mucho menos, orientada a la satisfacción de necesidades sociales o a garantizar la sostenibilidad medioambiental. La bolsa, ha caído más profundamente que en 1929, y ésta sólo expresa un síntoma de expectativas a corto y medio plazo sobre la crisis. Una crisis capitalista más profunda que ninguna anterior.

El desenfoque de la izquierda.

La izquierda se ha enfrentado a este tipo de fenómenos, en términos generales, con una suerte entre el desconocimiento y la simplificación, sin referirnos a aquellos que apostaron por contribuir a gestionar compasivamente una política neoliberal. La economía no deja de ser un aspecto social y político central de nuestras vidas, pero ante su relativa complejidad se abandonó el intento de su comprensión. Así las cosas, ha sido muy frecuente escuchar afirmaciones sumarias que localizaban el espacio financiero en un lugar etéreo casi fuera del mundo. Se ha dicho que el capital, abandonando la baja rentabilidad de una economía real, se escapaba al mundo de las finanzas. Ese “otro lugar” se presentaba como un espacio de intercambios de papeles sin más abonado a una especulación, sin explicar por tanto el origen de sus fabulosas ganancias. Con estas poco fundadas metáforas al llegar la crisis muchos se han conformado con contemplar el desplome que, según ellos, sólo afectaría a esos usureros especuladores como si se encontrasen al margen de nuestra realidad y no nos llevasen consigo.

Pues no, no es así. No existe un “más allá financiero”, sino que éste está siempre más acá. Lo que ha sucedido con la esfera financiera es que la desregulación de dicho ámbito y la fluidez de su movilidad permiten que el capital financiero cambie con mayor agilidad de actividad en busca de mayor rentabilidad. Además, la regulación flexible ha abierto ciertos vacíos propicios al fraude alegal (por ejemplo, compra de empresas mediante apalancamiento financiero para luego trocearlas y vaciarlas, con nuevas prácticas de desinversión rentable) que pueden ocasionar la quiebra injustificada de empresas viables, socialmente útiles o el desmantelamiento de empresas rentables. En suma, si la esfera financiera, como pasivo, se viene abajo, arrastra a la economía, como activo, siguiendo la metáfora contable.

Desde la izquierda se ha hablado sobremanera de la especulación (inmobiliaria, financiera, comercial, etc…) como causante de todos los males que nos aquejan. Sin embargo, la razón de la “alteración de los precios” (sea de vivienda, del tipo de interés, o del precio de venta al público) no puede atribuirse al juego oportunista de intermediarios en un intercambio, sino a un auténtico ejercicio de poder. Efectivamente, en los “mercados” (que desde luego no son igualmente libres para todos), hay algunos actores que pueden imponer en la negociación sus condiciones. Esto es, si sólo denunciamos la especulación desenfocamos y vaciamos de contenido nuestra comprensión de lo que sucede. Y además corremos el riesgo de hacer pensar que, si no hubiese oportunismos e información asimétrica, el mercado funcionaría por sí mismo correctamente. Nos olvidaríamos de que el problema no es, por otro lado, el mal fluir del mercado, sino el marco capitalista en el que este se despliega, con unas relaciones sociales desiguales determinadas (entre clases sociales, entre unidades productivas, etc…) que se basan en un sistema social complejo que no refiere precisamente a un intercambio, sino a una forma de dominación y explotación.

Una necesaria respuesta política organizada desde la izquierda anticapitalista

Muchos anhelan fáciles recetas para salir de esta crisis, en la que los principales causantes ya están pergeñando estrategias para blindarse y derivar a los más débiles sus consecuencias. La estrategia de las clases dominantes y sus adláteres consiste en: una intervención del Estado que lleve a cabo una socialización de pérdidas, cargando a la espalda de los y las trabajadoras los desaguisados privados; y en monopolizar las áreas de actividad que son más necesarias para la población y para el desarrollo socioeconómico (energía, comunicaciones, alimentación, materias primas, etc…). Los gobiernos, financiados y apoyados por intereses privados, responderán con un condicionamiento mínimo para proveer con fondos públicos a las grandes corporaciones. Precisamente esas grandes corporaciones, reeditarán – aún lo siguen haciendo - y profundizarán la extracción de plusvalía por vías financieras, de rentabilidad económica y de racionalización o incluso destrucción del aparato productivo, de una manera poco sensible a la sostenibilidad ecológica y social, más allá de lo que las fuerzas sociales impongan con movilizaciones a la ofensiva. Los gobiernos, en esta democracia burguesa de baja intensidad, harán regresar fórmulas de desfiscalización del capital y de las clases dominantes; reformas que hagan retroceder los salarios directos e indirectos, las políticas de bienestar social, o inclusive los derechos sociales y políticos que puedan incomodar al proceso de acumulación capitalista.

Desde las organizaciones políticas favorables a las clases trabajadoras, las organizaciones sindicales y los movimientos sociales es más importante que nunca agruparse para levantar un programa de acción que combata esta dinámica.

- En primer lugar, hay que cuestionar las relaciones de poder institucionales, jurídico-políticas e ideológicas que conducen una economía y relaciones sociales en contra de la inmensa mayoría de la población mundial. Esta es la tarea previa, como condición necesaria, a todas las demás.

- A partir de ahí hay que poner en práctica, paralelamente, una dinámica democratizadora constituyente y participativa que abra paso a nuevas instituciones populares.

- Que pongan la economía y sus sectores estratégicos (sistema financiero, energía, comunicaciones, alimentación, vivienda, educación, sanidad, etc…) bajo una planificación democrática descentralizada de grandes líneas que decida cuáles son las áreas de inversión socialmente idóneas, y que garantice una eficiencia y solvencia productiva –frente a una gestión burocrática o una producción sucia e insostenible basada en la maximización de beneficios y la máxima extracción del excedente originado en la explotación de la fuerza de trabajo y de la naturaleza-. Que deje un lugar al mercado (no capitalista) y bien regulado para el conjunto de bienes y servicios imposible –e innecesario- de planificar, y que estimule la iniciativa y creatividad de los miembros de la sociedad animando y prestigiando el trabajo colectivo con fines de utilidad social y desarrollo personal.

- Que conciba una planificación de la economía que evite los abusos y errores de viejas experiencias del denominado socialismo real. Que incluya planes de sostenibilidad y regeneración ecológica del sistema productivo empleando y diseñando los avances tecnológicos para un mejor uso más eficiente, de mínimo despilfarro, de las materias primas y energías, y que minimice los residuos y puedan ser reaprovechados en ciclos de producción sostenibles venideros.

- Que al tiempo que socialice los medios de producción estratégicos no impida la propiedad de los bienes de consumo básicos, y consiguientemente un ingreso universal garantizado, que garanticen la autonomía personal y familiar. Una política económica que asegure una redistribución de la riqueza y de las rentas impidiendo cualquier forma de explotación, dentro de los márgenes posibles.

- Que también haga posible una mayor disposición del tiempo libre con una redistribución de todo el trabajo y una reducción de la jornada laboral.

- Que incorpore una línea de expansión internacionalista y solidaria de esta política conformando cada vez mayores áreas regionales que integren a los pueblos en un desarrollo conjunto, de un modo que sea emancipatorio y autodeterminado en cada caso.


[1] La tasa de beneficio en puridad se mide como:
T.B= (plusvalía/capital variable)/((capital constante/capital variable)+1)
[2] .- De hasta 30 veces sus recursos propios en los Hedge Funds orientados a la compra de “valores-empresas en crisis”·. Estudio sobre la industria de Hedge Funds. CNMV.Febrero 2006.
[3] Álvarez Peralta, Ignacio (2007) “Financiarización, Nuevas Estrategias Empresariales y Dinámica Salarial. El caso de Francia entre 1980-2006” Universidad Complutense de Madrid. Septiembre de 2007
[4] “Las familias deben un billón de euros en hipotecas y la morosidad se ha triplicado en un año hasta el 2,5%. Un informe de ING señala que a partir del 15% de morosos, el sistema se derrumbaría. El presidente de Caixa Catalunya, Narcís Serra, no descarta que se llegue al 9% en esta crisis” Ramón Muñoz (23-11-08) “Cuando las cosas van de verdad mal”. El País.
[5] Gutiérrez, E. y Albarracín, D. (2008) “Financiarización y economía real: perspectivas de una crisis civilizatoria”. Viento Sur. Número 100.
[6] Álvarez, I. y Medialdea, B. (2008) “Financiarización, crisis económica y socialización de pérdidas”. Viento Sur. Número 100.

1/11/08

Financiarización y Crisis: ¿Hacia un nuevo ciclo sistémico de acumulación?. (5/5)







Financiarización y ¿nuevo ciclo de acumulación?


Eduardo Gutiérrez y Daniel Albarracín


5. ¿Crisis y transición hacia un nuevo ciclo sistémico de acumulación?

La crisis señal (Arrigui, G; 1999) expresada en 1970, la acumulación rampante y la hipertrofia financiera posterior no son sino signos de un posible cambio en el curso de la historia capitalista. Nada permite presagiar un único escenario de futuro ni mucho menos sus rasgos con precisión. No hay mecanicismo en la historia ni menos aún linealidad. No obstante el alcance de la crisis actual advierte de una tensión de gigantescas proporciones cuyos puntos extremos de posibilidad pueden, al menos, reflexionarse y discutirse.

En primer lugar, la tasa de beneficio en los países industrializados tuvo un descenso notable desde fines de los 60, se atravesó una crisis sangrante en los años 70 y se sustituyó la política keynesiana por una de orientación neoliberal, que privatizando bienes comunes y públicos permitió una recuperación desde los años 90, a niveles insuficientes tanto para recuperar la tasa de acumulación y crecimiento a una escala comparable al periodo de posguerra como, mucho menos, inaugurar una nueva onda larga de prosperidad en una espiral duradera (Albarracín, J.; 1994). Por otro lado, la hipertrofia financiera ha supuesto al mismo tiempo un lastre para la reinversión del excedente (se ha retenido parte de este para remunerar al capital financiero) como un impulso a la apropiación creciente de esa misma fracción de la masa de beneficios extraída al trabajo.

Cabría pensar una dinámica en lo sucesivo de crisis periódicas, ciclos industriales de corta duración, cada vez más profundas y prolongadas, y recuperaciones cada vez más efímeras y débiles. Como el “sueño de Schumpeter” (1942) (el heroísmo del emprendedor innovador) se viene abajo, es posible que una parte del capital haya apostado por una pesadilla: la destrucción “creadora”[1], en su versión más cruda. Ahora bien, esa destrucción no parece que vaya a tener lugar sin costes sociales ni costes sistémicos para muchas otras fracciones del capital, y sólo se producirá tras una eliminación de una gran parte del capital productivo o de la competencia. Por el contrario, parece que la destrucción sólo cabría definirla como de “apropiativa” por parte de minorías blindadas de las clases dominantes, porque al tiempo que se elimina competidores y capacidad productiva apenas se crea nada nuevo ni mejor.

En este sentido, no parece convincente admitir que los agentes y sujetos de la burguesía no estén previendo esta prognosis, que no estén diagnosticando con inteligencia la situación, ni mucho menos que estén haciendo dejación de una estrategia. Bien es cierto que la sociedad capitalista da mucho margen al desorden, que el mercado es propicio para la exuberancia o el estrangulamiento siempre desequilibrantes y más de las veces contraproducentes, que entre la burguesía hay muchos grupos que responden a intereses no siempre convergentes, y que las fracciones del capital pueden colisionar en ocasiones entre sí.

En esta línea de reflexión parece que los agentes de la burguesía no pueden alterar la inercia del desarrollo capitalista a la crisis sistémica y la degradación socioeconómica cíclica. Pero al menos una parte de ellos cuentan con un diagnóstico y han inaugurado una serie de medidas y acciones empresariales y políticas para blindarse ante la crisis y tratar de derivar hacia otros segmentos sociales los costes de esta fase entre la ralentización, la parálisis y la depresión.

Si la exuberancia del capital financiero de los últimos veinte años obedece a una huída de la inversiones industriales y comerciales tradicionales[2], con rentabilidades cada vez más dudosas y rampantes, y agotadas las oportunidades que prometían áreas de negocios “prometedoras y tecnológicamente innovadoras” (las punto.com, por ejemplo); o las áreas económicas emergentes en los países del Sur y del Este; o el fin de la burbuja inmobiliaria y el refugio del suelo y la vivienda, con un vuelo más corto de lo esperado, el capital dominante corporativo y transnacionalizado ha orientado su liquidez a invertir en actividades muy distintas, desde luego más rentables.

A este respecto, mientras se “espera” que algún día aparezcan de nuevo las condiciones para una nueva onda larga, cuyas características, como decimos, no parecen presentarse de momento, una fracción de la burguesía y agentes afines a ella, han decidido reorientar sus inversiones. El capital dominante piensa que aún puede dársele una vuelta de tuerca al mercado global liberalizado, y lo que podemos llamar la “transición corporativa”, muestra que las grandes compañías económico-financieras se están posicionando desde hace años para encarar con grandes inversiones la denominada “geopolítica de la escasez”. El propósito de esta estrategia y sus inversiones, sustentadas también en iniciativas y presiones políticas innegables, es garantizar y blindar su rentabilidad en áreas de negocio que cumplen ciertos rasgos:

- Tienen una demanda inelástica y son bienes de necesidad social fundamental. Dentro de esto puede referirse a bienes naturales esenciales (energías clásicas como el petróleo, materias primas como el agua, o la propia industria alimentaria) o a bienes de naturaleza pública hasta ahora ostentados por los Estados-Nación, cuyo papel está en retroceso. La aplicación de títulos de propiedad sobre bienes naturales hasta ahora sin propietario, o las privatizaciones de bienes hasta ahora públicos o comunitarios responden a esta tendencia.

- Son bienes cuya necesidad puede ser también inelástica en función de la manipulación y alteración de ciertos parámetros. Por ejemplo, los servicios sanitarios o la industria de la salud, la seguridad privada, o la industria armamentística. En efecto, el miedo y la represión pueden “generar fantasmas cuyo espectro se presenta como necesidad” (como lo ha hecho la publicidad excitando el deseo en el ámbito del consumo privado), pues basta con infundir temor o inventar peligros, enfermedades o enemigos para que la sociedad estime oportuno gastar en este tipo de mercancías. Dentro de este capítulo cabe incluir también esferas delictivas: narcotráfico, tráfico de armas, mafias, etc…[3] El nivel de institucionalización puede ser muy diferente dentro de este campo.

- Apropiarse –violentamente o no- y concentrar la propiedad de bases fundamentales de producción del ciclo actual y de un posible ciclo futuro de acumulación, en aras de blindarse ante las crisis. En efecto, el fin de la era del petróleo ya tiene un horizonte más cercano. Y constituye una auténtica oportunidad acaparar todas las reservas para incrementar los precios de una materia prima tan preciada, así como dominar las posibles energías que la puedan sustituir, para dosificar su incorporación a los mercados con la mayor rentabilidad posible. Un ejemplo adelantado de estos movimientos del capital multinacional corporativizado es la inundación de Brasil con inversiones en la agro-industria del etanol, que en tan sólo el 2006, recibió inversiones extranjeras por un valor de 6.000 millones de dólares (GRAIN,2007)

- Como siempre, la energía esta íntimamente vinculada a la historia del capitalismo: La apuesta por la energía nuclear da tiempo para hacer rentable a otras energías alternativas hoy por hoy costosas, pero que un día en ausencia de otra alternativa, a la desregulación campante en la economía-mundo, están siendo acaparadas y pueden serles muy rentables, a la fracción dominante de la burguesía corporativa trasnacional, y lamentables para la población mundial.

Esta estrategia monopolística ya es ejercida en otros campos por parte de grandes corporaciones transnacionales, que viene acompañada de potentes presiones para los poderes públicos y demás agentes políticos. La apuesta por los, también no sustentables, agrocombustibles de las grandes corporaciones capitalistas dominantes (energéticas, terratenientes y financieras), es una de las más preocupantes. La comunidad de expertos agrícolas manifiesta de forma rotunda que: “el aumento de los precios del petróleo está generando una nueva y descomunal amenaza a la diversidad biológica de la tierra”, “conforme se deteriore la seguridad energética, también se deteriora la seguridad alimentaria mundial, de hecho las reservas mundiales de grano (se habla de las de petróleo o gas, pero no de estas) están en el 2006 el nivel mas bajo desde hace 24 años. Cuando la producción mundial de cereales alcanzó en el 2006 los 1.967 millones de tn, en EEUU ya un año después, se transformaron más de 80 millones de tn en carburantes. Así las cosas, en el medio plazo (3-5 años), la disyuntiva será: gasolina o alimentos, si la migración de las grandes corporaciones capitalistas hacia los agrocombustibles progresa, como ya lo esta haciendo en los últimos 5 años” (GRAIN,2007).

La actitud que los gobiernos democráticos occidentales vienen mostrando no está a la altura de los riesgos potenciales, en especial respecto de la segunda “revolución verde”, que nos venden los mismos de la primera (Monsanto, Dupont, Bayer, Dow,….), que se dedican “generosamente” a la “museificación de la información” genética, el primer paso hacia su sustitución diseñada por la ingeniería corporativa transnacional de las multinacionales de la agro-energía. El dominio sobre un bien ya muy escaso como el agua potable también va en esta línea. La centralización de la industria alimentaria poniendo en juego la soberanía de la población sobre un bien básico también responde a todo esto.

En suma, el propósito de las grandes corporaciones capitalistas es llevar sus negocios directamente al tuétano de los bienes y servicios fundamentales de la población del planeta, haciendo inviable una sociedad mínima y dignamente civilizada.

Por otro lado, parece que los riesgos sistémicos, de alcance internacional, sólo pueden tener una respuesta políticamente coherente con un proyecto civilizatorio para todo el planeta, desde un nivel transnacional. Pero, no es casual que los países aventajados del mundo se hayan encargado de reactivar o actualizar (G8) las antiguas instituciones del Consenso de Washington para convertirlo en el club de discusión y toma de decisiones de los poderes fácticos (estatales y de las grandes corporaciones privadas de los países más influyentes). Ese “gobierno mundial” no es, sin embargo, el gobierno de todos, sino el de unos pocos sobre todos los demás. Y en la actualidad el mundo está troquelado en bloques y áreas regionales que compiten entre sí. También cabe augurar fuertes tensiones para configurar cualquier línea sostenida de dicha “oligarquía autoritaria mundial”, sin poder descartar conflictos diplomáticos constantes, y una continuación de la lucha económica competitiva mundial por otras vías.

La transición en plena crisis de la señal financiera, como hemos expuesto, ya están siendo exploradas, y en algunas zonas del mundo ya han tenido cierto recorrido, y no puede dejar impasibles a ningún grupo social, porque sus efectos serán visibles en unos años, y en muchas áreas y poblaciones tienen sus consecuencias, a veces devastadoras, hoy día (Irak, África, América Latina, Irán, etc…). De igual modo, las clases subalternas están en el ojo del huracán, tanto como víctimas del deterioro de sus condiciones de vida como posibles protagonistas que combatan su explotación y dominación.

Pero de igual de modo que las clases dominantes persiguen “soluciones” a sus problemas, las clases dominadas, con sus diferentes segmentos, también ofrecerán sus resistencias y construirán alternativas. Nada está escrito en la historia y ésta debe aún redactarse posiblemente, con la destreza de la inteligencia y la sabiduría, pero también, con el esfuerzo y, desgraciadamente, la sangre de mucha gente. La tensión en juego es muy grande, y no sabemos hacía donde se dirigirá, pues sólo los sujetos son los que pueden orientarla.

Desde luego que, en ausencia de movimientos antisistémicos y de una subjetividad antagonista organizada[4], ese es un escenario bien probable. La estructura evolutiva del capitalismo, bajo la hegemonía neoliberal, propicia vislumbrar un marco de escenarios con rasgos poco halagüeños.

Ahora bien, al mismo tiempo que ese marco podría tener lugar con la connivencia o inacción social de los sujetos subalternos, tampoco es posible asegurarlo sin tener en cuenta las posibles estrategias de las clases dominantes. Parece poco razonable, a este respecto, pensar una dinámica histórica donde los sujetos sociales se dejen llevar sin más por una inercia.

Cabe, por nuestra parte, aportar un granito para advertir de estas cuestiones, y de contribuir a dar pistas de reflexión para el movimiento obrero internacional, en primer lugar en las organizaciones sindicales que, nos gustaría, asumiesen este desafío. Un desafío que no sólo debería pasar por aliviar, derivar o postergar los efectos y soluciones de este riesgo sistémico, sino que afrontara la necesidad, posiblemente para la humanidad y el planeta a medio y largo plazo, de un cambio estructural que erradicase un nefasto sistema socioeconómico y político.

[1] Schumpeter hablaba de la “destrucción creadora” del mercado y sus ciclos, que permitían eliminar la capacidad productiva sobrante, animar la innovación y el hallazgo de nuevos mercados, y reestablecer la rentabilidad.
[2] .- La Agencia Internacional de la Energía (AIE), constataba la fuga de inversiones del capital corporativo dominante, localizando una gran parte del problema energético actual, en que: “..los mercados eléctricos liberalizados necesitan más inversiones”, y pronostica que en los próximos 30 años, serán necesarios un volumen de inversiones a escala mundial que: “equivalen, en términos reales, a casi el triple de las cifras de los últimos treinta años” (AIE.2004)
[3] .- “La comunidad internacional no puede permanecer ajena al reforzamiento de la represión penal ante delitos de carácter transnacional que gozan de espacios de la más absoluta impunidad (los paraísos fiscales) y que se realizan a través de procedimientos sumamente complejos. En segundo lugar, la criminalidad financiera tiene como sujeto principal la sociedad anónima que, por tanto, se constituye y actúa bajo la cobertura de la legalidad formal. Los hechos punibles se presentan como actos lícitos desarrollados en el normal ejercicio de la actividad empresarial bajo un ropaje formal que es extremadamente útil para enmascarar el comportamiento ilícito”. Jiménez Villarejo, C.

[4] Se entiende por subjetividad antagonista por la organización colectiva y consciente, que elabora sus medios de expresión y acción pública, formando una perspectiva ideológica intelectualmente compartida –que aspira a la hegemonía en términos de Gramsci-, y que puede adoptar diferentes formas de organización, coordinación y vínculo, en contra del sistema establecido. Este término ha sido frecuentemente empleado por la tradición inmaterialista italiana (Negri) y es de uso habitual entre los movimientos contra el capitalismo global.