Daniel Albarracín, Agosto 2022
1. Las
escurridizas estrategias empresariales en el capitalismo global.
El capital transnacional ha
mundializado la cadena de valorización, obteniendo ganancias extraordinarias,
respecto al resto del capital, al tomar provecho de una menor composición
orgánica del capital y de los bajos costes de producción que ofrecen nuevas
localizaciones productivas. Junto a ello, ha desplegado mecanismos de dilución
de su responsabilidad fiscal, laboral, medioambiental y social. Desde luego, no
ha abandonado, sino al contrario, su agenda lobista con los gobiernos de todo
signo, promocionando a unos y zancadilleando a otros, empleando diferentes
maniobras -financieras, mediáticas, de lawfare, represivas, etcétera-.
Con la concentración y globalización el capital transnacional ha aprovechado la
enorme influencia de los grandes grupos empresariales, sobre todo energéticos,
de comunicación y financieros, en aras de recuperar negocio y rentabilidad, a
costa la explotación del trabajo, el socavamiento del entorno natural y la
succión de valor de otras formas de producción subalternas o menos
competitivas.
Las estrategias basadas en la
relocalización[1] de
empresas y empleo de la fuerza de trabajo, el abaratamiento de costes
laborales, o la conformación de tramas fiscales sofisticadas, para aflorar
beneficios en las jurisdicciones fiscales más favorables (hasta un 36% de los beneficios
de las empresas multinacionales se trasladan a guaridas fiscales) (Zucman et
al., 2022), cobraron forma a través del desarrollo de grupos corporativos
transnacionales jerarquizados -con empresas pantalla, sedes y matrices en
localizaciones ventajosas, y una red de empresas filiales, subsidiarias, y
franquicias-. Estas tramas facilitan a las empresas matrices la externalización
de los riesgos de mercado y de las actividades con menor rentabilidad.
Externalizan a una amplia red de “PYMEs económicamente dependientes”
(Albarracín y Alonso, 2008) mediante formas de control directo o indirecto
basadas en marcas, patentes, fuentes de financiación, sistemas de
aprovisionamiento, subcontratación de fases de producción no estratégicas, o
fórmulas de comercialización reservadas; o, en su caso, a una red de falsos
autónomos[2],
que sustituyen a las plantillas habituales, frecuentemente con el recurso de
sistemas de plataforma bajo control privado, mal llamadas de “economía
colaborativa”.


