18/2/09

La empresa red y la subcontratación.


Daniel Albarracín Noviembre 2008.

El siglo XX ha asistido a dos procesos que, aunque aparentemente contradictorios, forman parte de una paradoja explicable: un proceso intenso de concentración del capital, en términos de concentración del poder, control y propiedad en subgrupos sociales cada vez más concretos; y un proceso, al menos desarrollado en las últimas décadas, de descentralización de los procesos productivos en redes de empresas proliferando un gran abanico de diversas tipologías y tamaños organizativos, que mantienen, no obstante, una jerarquía entre sí. La empresa es cada vez menos la unidad operativa completa de un proceso de producción, sino simplemente una pieza de un gran engranaje que tiene forma de red. Los grupos empresariales y las constelaciones de compañías que conforman a su alrededor se caracterizan por recurrir a procedimientos legales para flexibilizar sus relaciones, difuminando la responsabilidad de las empresas principales respecto a las empresas dependientes, entre las que están las subcontratadas, aun cuando forman parte del mismo proceso y buena parte de su destino está concebido desde un núcleo empresarial, a veces transnacional, dado.

Cierto núcleo del capital, en una fase menos próspera como el que se inaugura tras la década de los 70, blinda el corazón de sus propiedades generando un cinturón muy amplio de empresas, divididas formalmente pero relacionadas productiva, mercantil y financieramente, que asumen los principales riesgos de mercados cada vez más volátiles. Serán estas empresas-satélite, las de ciclo vital más corto, las que colonizan el espacio de las viejas empresas independientes en retroceso.

Los sindicatos han conseguido en los últimos treinta años consolidar la participación y representación de los y las trabajadoras organizándose y obteniendo un papel destacable en el diseño del marco institucional de relaciones laborales en este país. Sin embargo, aunque mediante la negociación colectiva y el diálogo social se ha consolidado una protección jurídica, social y laboral para la inmensa de trabajadores y trabajadoras asalariadas, con una cobertura muy elevada, las condiciones de esta protección y su aplicación es francamente desigual, en especial en algunos sectores, segmentos de empresas y de sus plantillas. Nos encontramos con un entramado empresarial, avalado con la legislación actual, que permite otro foco de dualización. Nos referimos a las llamadas empresas auxiliares y subcontratas, en la periferia del tejido productivo, y, por consiguiente, en la periferia de los derechos laborales y sindicales. Naturalmente, en el centro o en el núcleo están aquellas empresas que se caracterizan por situarse en la zona de los mercados más estable, segura y rentable. Estas tienen capacidad de determinar muchas condiciones de su sector, y controlar la toma de decisiones hasta el punto de instrumentalizar a un gran conjunto de empresas que dependen de su capital, sus pedidos o su suministro.

Al día de hoy, precisamente cuando la interrelación de la producción de bienes y servicios es más tupida, y donde hay claros entramados de concentración del control de la toma de decisiones y de los beneficios que causan, se produce un profundo proceso de diferenciación jurídica de entidades económicas, con el claro propósito de conformar un mapa de distribución de los riesgos y privilegios totalmente asimétrico y desigual. Naturalmente, en primera instancia y de manera más superficial, entre diferentes empresas. Y, en segundo lugar, pero de manera más profunda e importante, entre diferentes segmentos de la población asalariada.

Nos encontramos con una legión de entidades subalternas de cierto núcleo transnacional y oligopólico del capital. El formato puede adoptar la forma de filial, concesionario, o simplemente proveedoras o distribuidoras –como las franquicias-. Los y las trabajadoras en ellas empleados –abarcando incluso a veces hasta su gerencia, que bien pudo ser en su día un técnico interno de la principal-, sea cual sea su forma de contratación, se encuentran en una situación comparable más vulnerable que los de las grandes empresas. Así, un importante y creciente porcentaje de entidades, la mayoría PYMES, constituyen las denominadas redes de subcontratación, siendo el caso extremo aquellos trabajadores que son empleados como autónomos económicamente dependientes, falseando la condición de asalariado. Muchas de estas empresas se originan en procesos de externalización y subcontratación sucesivos originados en antiguos departamentos de las clásicas compañías fordistas. Este proceso es el que explica, en buena parte, el crecimiento estadístico del mal llamado sector servicios, cuando anteriormente las funciones de estas empresas formaban parte del proceso industrial.

Los casos más evidentes y conocidos son los de la construcción y la industria. En el caso de la hostelería y el comercio, se comportarían de manera afín concesionarios o franquicias, o proveedores y distribuidores “en exclusiva”; también son habituales en otros sectores, como el caso del sector financiero, el sector de la limpieza o la ayuda a domicilio, entre otros, donde las variopintas empresas de servicios están más presentes.

Coincide este proceso con un desdibujamiento de los derechos, tutelas y de la eficacia de la autorepresentación y defensa de los y las trabajadoras en dicho marco, bajo formas que no dejan de sorprender. Uno de estos fenómenos, el del mal uso de la subcontratación, es causa de mayor atomización de la población trabajadora. Y esto se debe a cómo la regulación mercantil y sus usos abren paso a nuevas formas de empresa, corriendo en paralelo y complementariamente al proceso de implantación de una regulación laboral flexible (para las empresas, y rígida para las condiciones de vida y trabajo de los y las trabajadoras). Esta situación ocasiona que la cartografía de la tutela, derechos y protección legal para los y las trabajadoras esté llena de agujeros, especialmente si nos referimos tanto al cumplimiento de la normativa sociolaboral o la negociación colectiva, como por la posibilidad de intervención sindical, o para los márgenes de representación efectiva, dejando pocas opciones de participación sustantiva de los y las trabajadoras en parte de nuestro tejido productivo.

Hasta la fecha los sindicatos se habían preocupado por consecuencias extremas de este fenómeno creciente. En particular, por la situación de riesgo en materia de salud laboral y de cierta falta de definición de la responsabilidad del empleador en actividades peligrosas y penosas. Con la insistencia en este capítulo, que incluyen una recogida de unas 600.000 firmas para una ILP, se consiguieron avances en la regulación de la subcontratación –en normativas o convenios colectivos- en sectores como el de la construcción (Ley de 2006) o el de químicas (convenio 2007). Avances que no impiden que se aspire a seguir acortando la brecha de la desigualdad aún presente.

La salud laboral es algo muy básico, y, sin embargo, no es lo único que causa inquietud. En efecto, el fenómeno de la subcontratación atañe a otras tendencias que, a nuestro juicio, deterioran la calidad del empleo e incluso los modelos de gestión laboral. La subcontratación impide la participación consciente del trabajador como colectivo en el proceso de producción y en la organización del trabajo, pues se parcela a las plantillas y casi todo está determinado externamente; y crea un mayor riesgo de pérdida o precariedad del empleo, porque las empresas principales derivan los riesgos a entidades sólo formalmente externas. El fenómeno de la subcontratación encubre un proceso de disolución de la responsabilidad del capital en cuanto a su función social de empleador.

Los sindicatos han sido relativamente activos en este punto, y se les ha reconocido legalmente que no tiene justa razón de ser que se conformen empresas de servicios cuyo único propósito es proveer mano de obra sin mayor valor añadido organizacional. De este modo, se ha reconocido que la simple actividad empresarial consistente en la provisión de trabajadores en estas condiciones se entienda ilegal. Las únicas empresas que se admite que realicen este cometido son las Empresas de Trabajo Temporal, en el marco de unas garantías y condiciones establecidas. Sin embargo, la evidencia y algunos usos empresariales parecen desbordar el espíritu las leyes, y los escasos controles que las hacen cumplir. Y eso inquieta.

El desfiladero es pronunciado cuando las entidades tienen como principal cometido proveer mano de obra en tiempo y forma, con una aportación o valor añadido como organización difícil de probar. Mientras resulta complicado denunciarles por cesión ilegal (contemplada en la reforma de 2006), parece comprobarse fehacientemente que sus condiciones laborales son más baratas y de mayor dureza en estas “empresas de servicios” que cuando se cuenta con personal interno.

La reforma de 2006 produce, no obstante, un relativo avance en este terreno –no en todos, ni globalmente-, ofreciendo un recorrido para aprovechar sindicalmente. Las empresas principales que recurran a contratas o subcontratas y compartan centro de trabajo deberán disponer de un libro de registro, identificando las empresas citadas, a disposición de los representantes legales de los trabajadores. Esto será un instrumento para la acción sindical y para identificar responsables ante cualquier trasgresión de la legislación o los convenios colectivos. Los y las trabajadoras de las empresas contratistas y subcontratistas, si no tienen representación legal, tendrán derecho a formular a los o las delegadas de la principal cuestiones relativas a las condiciones de ejecución de la actividad laboral, cuando compartan centro. Y si la tienen, pueden coordinarse una RLT con la otra, disponiendo de un local adecuado y emplear medios para comunicarse con toda la plantilla. Este avance no impide valorar que se puede y se debe ir más allá, tanto en el uso de esta posibilidad, como en una regulación más exigente.

El fenómeno de la subcontratación, causa, al menos, una triple dependencia de la plantilla de la contrata: a la economía y la marcha del mercado, al cliente o empresa principal, y al empresariado de la propia empresa. Sólo esto, si no se incurre en las subcontrataciones en cadena. Esto concuerda con la inestabilidad contractual, mucho mayor en las contratas. Situación que inculca docilidad en sus plantillas o un fenómeno, también percibido por las empresas, que consideran pernicioso: la falta de fidelidad y compromiso de sus recursos humanos.

Los y las trabajadoras de las empresas de servicios, o contratas, se hallan desprotegidos porque padecen unos convenios menos garantistas y con peores condiciones, asignados a sectores muy diferentes de las actividades en las que realmente se aporta, o incluso conformando sectores de “nueva creación” –a nuestro juicio, una actitud oportunista y ventajista-. Un problema específico es el de las empresas multiservicio, pues pueden escoger el convenio sectorial que más pueda convenirlas. Así se dificulta, en aspectos importantes, una cooperación entre plantillas de principal y auxiliar, o se fomenta su rivalidad. Objetivamente estos y estas trabajadoras se encuadran en un colectivo empleado en medio de relaciones muy individualizadas con convenios que rebajan las condiciones anteriormente conquistadas.

En los convenios encontramos alusiones a la regulación de la subcontratación, respecto de las empresas principales, ahora bien, su tratamiento tiene aún un contenido poco consistente y está por desarrollar. En general, las referencias a esta regulación residen en los convenios sectoriales, sean estatales o provinciales, y son escasos a nivel de empresa. Hay que poner énfasis el tratamiento del seguimiento y control de la subcontratación.

Si bien lo habitual es una simple referencia al Estatuto de los Trabajadores cuando se incluye esta materia en los convenios colectivos, con el objeto de evitar la pérdida de derechos por la descentralización, se suele delimitar conceptualmente qué tipo de subcontratación es aceptable, qué responsabilidad del empresario se desprende de ella, el derecho a la información de los representantes sindicales, se regula la prevención de riesgos laborales y los supuestos de subrogación empresarial (para mantener el empleo en lo posible) y cuando tiene cierto desarrollo, se refieren a los siguientes puntos:

· Supuestos de exclusión y delimitación del recurso a la subcontratación a ciertas actividades, como en el caso de Sony.
· Supuestos de restricción defensiva en el que se previene de una reducción de plantilla en la empresa principal por el recurso a una empresa contratista.
· Cláusulas que tratan de proteger a los trabajadores de las subcontratas. Hay cláusulas que, como en el Convenio Colectivo Autonómico de Hostelería de Baleares, reclaman la igualdad de condiciones laborales entre trabajadores de la principal y la contrata. Posiblemente, al exceder el ámbito de la negociación, resultan problemáticas jurídicamente.
· En materia de responsabilidad empresarial, en el sector de la construcción, es habitual la asignación al empresario de la principal de asumir la indemnización no salarial por muerte o incapacidad absoluta por accidente o enfermedad profesional. Sea como fuere, la seguridad e higiene es responsabilidad jurídica de la empresa principal consagrada por la Ley de Prevención de Riesgos Laborales. Quizá los únicos sectores que desarrollan esta dimensión más allá son la construcción y el sector petroquímico. Asuntos como la protección y formación igual, en materia de prevención, sí tienen más presencia en los convenios de empresa, que, en todo caso tiene (Empresa Petroquímica Española, S.A, o Repsol, por ejemplo) un papel más garantista que otros de orden superior.
· En el convenio de Químicas ahora en vigor, de 2007, se afirma que se velará por la responsabilidad social de las empresas de servicios, comprobando que estén al corriente de una serie de derechos laborales, así como que mantengan un porcentaje de empleo indefinido; que no se podrá emplear plantilla subcontratada para cubrir horas extras en fin de semana o festivos; y la empresa proporcionará una información amplia sobre supuestos subcontratación a los comités de empresa.
· Hay mayor atención a los procesos de subrogación cuando hay sucesión de empresas subcontratadas. El Estatuto de los Trabajadores garantiza la subrogación de derechos y deberes laborales y de Seguridad Social si hay transmisión patrimonial de una empresa a otra, aunque algunos convenios sectoriales pueden establecerlo en más casos. En cuanto a la garantía de continuidad del empleo las reglas son muy diversas de convenio a convenio. En general, cuando existen, refieren a los empleos con vocación de continuidad y que se ejecutan en las instalaciones de la empresa destinataria de la obra o servicio, fijándose también en la antigüedad (unos 3 meses), la permanencia mínima, la modalidad contractual, el centro de trabajo, tareas o categoría profesional de los empleos a mantener. Estos empleos han de ser asumidos, habitualmente, por la nueva contrata.

En suma, en las últimas décadas, una mala concepción y mal uso del derecho mercantil está desbaratando el papel del derecho laboral, limitando su eficacia protectora y de la acción sindical. Las empresas han encontrado una enorme oportunidad en el uso y abuso del derecho mercantil, que invade, de manera indirecta pero real, el espacio y competencias naturales y específicas del derecho laboral.

2/2/09

Los salarios en el centro de la escena



Los salarios en el centro de la escena: ¿cuál es su papel?.
Daniel Albarracín
Enero de 2009

1. Los salarios y su interpretación: ¿cómo influyen en la economía?.

Los salarios han sido una de las piedras angulares dentro del capítulo de política de rentas. Ha recibido argumentaciones y valoraciones dispares en función del paradigma económico y los intereses a los que respondían los respectivos actores y autores que razonaban.

15/1/09

Empresas de Inserción y Tercer Sector






Entre la caridad eficientemente gestionada y la reivindicación reformadora.
Daniel Albarracín[1]. Julio 2004.


Caracterización y Génesis

Las empresas de inserción[2] son conocidas como aquellas entidades de producción económica que, siendo organizaciones empresariales de diferente naturaleza jurídica, mantienen tras de ellas alguna entidad social que las respalda, o incluso que realiza las iniciativas para que estas tomen forma. Se caracterizan por responder a un doble objetivo: el de la sostenibilidad económica y el de la incorporación en dicha organización de un porcentaje de trabajadores/as, normalmente un 30%, en riesgo de exclusión social, o en situación real de marginación o desestructuración personal. Asimismo, es requisito desempeñar un papel de transición para estas personas en la obtención de un empleo ordinario en un itinerario más o menos coherente. Los grupos afectos a dicha órbita de colectivos desfavorecidos es bien amplia, y las empresas de inserción han ido asociándose hasta consolidar diversas federaciones de entidades de inserción social que han ido obteniendo, como grupo de presión, ciertos, aunque reducidos, reconocimientos legales y ciertas ventajas o subvenciones por parte de las administraciones centrales y, en muchos casos, de carácter local, proporcionándoles un espacio, mejor o peor, para su existencia.

Las empresas de inserción, si las viésemos desde una óptica ortodoxa propia de los análisis cercanos a la llamada “tercera vía”, formarían parte de un conjunto de dispositivos dentro de la ‘tercera generación de políticas de empleo’. Políticas de empleo que, desde ese prisma, habrían superado las viejas medidas de tratamiento del paro que se reducían a la simple provisión de acciones de formación para los desempleados. Tercera generación que vendría a reorientar los recursos públicos contra el desempleo, con iniciativas más ‘activadoras’ y ligadas a la creación directa de empleo; creación que no habría de ser directa, sino implícita, dispuesta por el sector público mediante una ayuda y ciertas reglas, pero sin su concurso exclusivo (diferenciándose de las antaño medidas socialdemócratas-keynesianas). Esta tercera generación de políticas de empleo vendría a responder a dicho reto mediante fórmulas como la subvención selectiva de proyectos de entidades económico-sociales, capaces de integrar por lo laboral; el condicionamiento de la concesión de proyectos públicos a corporaciones que respondiesen a ciertos requisitos -cláusulas sociales-; o la directa financiación parcial de iniciativas de desarrollo socioeconómico que promocionasen la creación de empleo.

Visto desde otro plano, el origen de estas entidades es más complejo, debiéndose fijar la atención en un período histórico singular, más allá de la simple plasmación de un conjunto de políticas de empleo conscientemente orientadas. En este sentido, la crisis estructural (pero no necesariamente definitiva) que el modelo de desarrollo capitalista padece desde los años 70 había incorporado al paisaje social volúmenes de desempleo inéditos que fueron enfrentados de muy diversas maneras. El viejo keynesianismo fue sustituido por políticas de austeridad y reestructuración neoliberal que, tardíamente, fueron tímidamente acompañadas con políticas de formación generalizadas. Políticas que contribuían a la movilización de la fuerza de trabajo activa, mejorando sus niveles de cualificación y permitiendo dinámicas de los mercados de empleo más fluidas, en tanto que los y las trabajadoras estaban en mejor disposición para adaptarse en un menor tiempo a mayor número de ocupaciones, en mercados cambiantes.

La excesiva flexibilización, y su asimetría (rígida para el trabajador, cómoda para el empleador), y el desarrollo de una sociedad salarial de mercado competitiva, condujo a un marco laboral de condiciones ampliamente inestables; inestabilidad, y conduciendo en su estado más extremo a la exclusión. Exclusión que se concentraba en ciertos colectivos, cuyas ondas de repercusión sacudían cada vez más a mayores segmentos de la sociedad. Esta situación se ha ido extendiendo hasta niveles muy importantes en los años 90.

Coincidía todo ese período con una integración y una derrota muy severas del movimiento sindical y político de izquierdas, y se asistía a la desmovilización que pulverizó aquel movimiento contestatario. Ahora bien, de aquella pulverización resurgió otra forma de actuación en lo social, pasando los movimientos del militantismo transformador y partidario al voluntarismo pragmático asociativo. El voluntariado era la nueva forma de participar socialmente; un voluntariado que respondía más fielmente a la nueva ideología posmoderna personalista que quería solucionar, con eficacia, ciertos conflictos sociales desde estrategias enmarcadas dentro de los límites del sistema.

El hueco para poder intervenir parecía evidente, habida cuenta del gran retroceso de los, ya frágiles, dispositivos del bienestar social. Bien porque el Estado se inclinaba a la subvención del capital y la privatización como estímulo del desarrollo, bien porque necesidades sociales muy claras aumentaban o sencillamente carecían de respuesta. Las políticas socialiberales y neoliberales (como izquierda y derecha de una misma hegemonía ideológica) eran conscientes de que un conjunto de problemas sociales se habían provisto desde lo público de manera burocrática y alejada de la realidad social, y que eran caras para los presupuestos de control del déficit público, y se animaron, unos más amablemente, otros más agresivamente, a externalizar el Estado del Bienestar.

Interrogantes del Tercer Sector para el futuro

Este espacio de provisión de servicios de carácter social constituyó y constituye el espacio aprovechado por las conocidas ONGs; empresas situadas en los mercados de los nuevos yacimientos de empleo; empresas de la economía social, entre las que hay incluir a las empresas de inserción; y todo el abanico de iniciativas que, desde ‘lo privado pero sensibles socialmente’, abarcan el denominado Tercer Sector. Y esta provisión de servicios se prestaba de manera más concreta y próxima a las necesidades de los colectivos más afectados. Todo parecía cuadrar en el nuevo escenario.

Entre las motivaciones de este Tercer Sector figuran la voluntad de aliviar el problema del paro, reducir las tasas de exclusión social, y contribuir a la conformación de una sociedad más armónica, admitiendo la práctica irreversibilidad del modelo de desarrollo propio de una economía de mercado. Estas entidades se nutren de la actividad (a tiempo parcial o a tiempo completo) de un nuevo voluntariado (muchas veces muy bien preparado, otras en absoluto, cuya remuneración siempre estaba condicionada a la consecución de proyectos de subvención públicos irregulares y que percibe salarios por debajo de los normales de dichas profesiones). Contratan a precios baratos a unas personas que, se dice, son de difícil integración en el mercado laboral ordinario, por su baja productividad. Personas que, en buen porcentaje, eran contratadas con nuevas figuras contractuales ad hoc que podían certificar su estigmatización (contratos de inserción) y consolidar su precariedad (contratos de formación, de obra y servicio, etc...), y cuya transición al mercado ordinario no dibuja nunca un itinerario bien definido. Sus gestores suelen coincidir con los de las entidades sociales que respaldan a las empresas de inserción (cuya buena voluntad no se cuestiona, pero cuyas dotes como organizadores no siempre son las mejores) y los y las trabajadoras de acompañamiento se acostumbra a compartir con dichas entidades sociales.

Es decir, el abaratamiento para el Estado es evidente, porque se pasa de una provisión pública directa, financiada completamente aunque de manera burocrática y distanciada, a otra provisión privada, financiada parcialmente, pero en cuya dinámica participa la voluntad y cercanía de personas que desean dar una contestación a problemas sociales enquistados.

Uno de los interrogantes que nosotros nos planteamos de las empresas de inserción, y otros dispositivos e iniciativas del Tercer Sector, es la capacidad de dar respuesta a los conflictos sociales señalados, cuando al final quedan limitadas a configurar organizaciones de gestión económica, con marca social, y cuando al final les atraviesa la tentación o la inercia, a muchas de ellas, de ser un fin en sí mismo. Formalmente no aspiran más que a ser entidades sin ánimo de lucro, en un 46% de los casos, pero proporcionan un modo de vida a mucha gente, financian empleos, y reparten ciertos reconocimientos a un grupo de personas, a costa del tiempo, esfuerzo, voluntad y agradecimiento de los trabajadores/as de inserción, trabajadores/as de acompañamiento, y el resto de empleados/as encuadrados/as en dichas empresas.

Las empresas de inserción son herederas de cierta concepción de paternalismo decimonónico, en esta ocasión actualizado para el siglo XXI. El viejo paternalismo industrial de Lord Owen, o de Fourier y otros muchos, ya partía de la idea de armonizar la integración social con los parámetros y objetivos de una organización económicamente eficiente. En el caso que estamos tratando, las empresas de inserción conciben su tarea en tanto que doble: integrar por lo económico y ser solventes como organización de mercado. Duplicidad de fines sostenida por dos fuerzas motores: las redes fuerza voluntaria (entre la oportunidad de inserción laboral y la profesionalidad ensayada) y la subvención, siempre parcial y persistentemente escasa, de las administraciones públicas.

Las empresas de inserción, en su mayor parte, asimilan el objetivo de integración social con la inserción laboral, partiendo de la vieja idea de que el trabajo es terapéutico. Es preciso señalar la enorme diferencia entre el trabajo, aquel ejercicio productivo sea remunerado o no, y el empleo, que entraña una actividad dependiente (de un salario o del mercado con sus reglas propias de nuestra época) pero que al mismo tiempo reporta una contraprestación y algunos derechos de protección social. Esa idea de que el trabajo es la mejor y casi única manera de ser reconocido socialmente, de realización personal, de desarrollo de una vocación profesional, y de autonomía económica, comparte punto por punto la otrora tradición protestante que ya asignó Max Weber como origen religioso-cultural al capitalismo. Se idealiza así la vía del trabajo, que es prácticamente la exclusiva para desarrollar un modo de vida integrado en la sociedad capitalista para la mayoría de la sociedad, haciendo de la necesidad virtud. Y se vela la realidad que constata que la formación sociohistóricamente contemporánea en sí misma fragmenta, segmenta y expulsa día a día a muchos colectivos de la fracción integrada en esta sociedad de consumo privilegiada. De manera que, frente al propósito de transformar las reglas y relaciones sociales que sostienen las normas que sistematizan la división social, y que consolidan la exclusión como medio de disciplinamiento de las clases subordinadas, especialmente las que viven de un trabajo asalariado, una importante parte de este Tercer Sector trata de “reciclar” a personas que “han fracasado” en la consecución de un modo de vida normalizado. La desafiliación provocada por la sociedad salarial, como diría Robert Castel, se enfrenta poniendo, si seguimos un símil balompédico, a un “portero para un equipo que ya tiene toda su defensa superada por el adversario”.

De manera que nos encontramos con un sector que se dice social, pero que es privado al tiempo que asistencializado por el sector público, y cuyo eje central de reivindicaciones pasa por el reclamo de mayores subvenciones y reglas de discriminación positiva. Se basa en la idea de que sus organizaciones aportan un valor de integración, que abaratan y aligeran las responsabilidades del Estado en cuanto a facilitar la cohesión social, y que generan un empleo. Y los frutos de este esfuerzo económico y humano, a juicio de este mismo sector, en tanto que la productividad de este segmento de la fuerza de trabajo es menor a la media, ha de ser compensado para ser viable. Pero esa viabilidad es la de seguir creciendo a costa de ampliar las fronteras de un submercado, un segmento inferior de empleo de la fuerza de trabajo, y una actividad que siempre será deficitaria en un mercado competitivo y que, si no lo es, será porque mantendrá condiciones de empleo desfavorables a los que se emplean en dichas organizaciones.

Entonces, ¿qué podría hacer el tercer sector para pasar del remiendo a ser un auténtico movimiento reformador?. Pues, en suma, la politización de las bases sociales con las que cuentan, sujetos afectados y que aspiran a erradicar un conflicto colectivo persistente, sin conformarse con su paliación simplemente a título particular. Las redes de personas vinculadas a estas iniciativas deben dejar de constituir sujetos pasivos o adaptativos para ser protagonistas de su emancipación. El tercer sector puede y debe continuar dando respuestas a los problemas de supervivencia e integración social de las personas de estas entidades, pero es preciso tomar conciencia y dar un empuje para articular este potencial social para ir más allá de una presión en aras de una regulación y subvención más generosa. El que las entidades sociales conozcan mejor las necesidades concretas de colectivos (que sólo es cierto hasta cierto punto), no puede seguir siendo sustituido por el sumatorio de peticiones particulares para problemas singulares.

Es absolutamente necesario un diagnóstico amplio de los problemas de la exclusión social, y esta respuesta debe fijar la atención en las reglas existentes de nuestra sociedad, basada en un Estado burocrático y flexibilizador, y un Mercado oligopolista y rentabilista.

El riesgo del Tercer Sector es que siga derivando hacia un nuevo sector privado con marca social y que siga dando paso a una nueva beneficiencia (económica) que se califica de social.

Dicen que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones. La cuestión ahora es saber elegir mejor el siguiente paso, en otra dirección.

Es posible y necesario un sector público que garantice la provisión pública de servicios colectivos; que asegure los derechos de ciudadanía en su conjunto; que genere empleo en los sectores estratégicos, socialmente útiles y necesarios; que regule para que sea un hecho un mercado no rentabilista y que exija una responsabilidad social de las empresas, que responda a todas las necesidades sociales y personales democráticamente expresadas; quizá contando con las entidades del Tercer sector (especialmente aquellas que representan las necesidades expresas de la población y no aquellas que llegan simplemente primero o que alzan más la voz), quizá más para democratizar y desburocratizar el Estado que para ser gestores de servicios. Esas son algunas pistas que marcan un horizonte de un desafío histórico. ¿Es esa la voluntad del Tercer Sector?.
[1] El autor formó parte del equipo que realizó el estudio Identificación y diagnóstico integral de las empresas de inserción en España (2003) que desarrolló Fundación CIREM (con Miguel Angel Gil, Lourdes García y dirigido por Oriol Homs), encargado por FEEDEI y publicado por Editorial Popular. Esta obra es, posiblemente, el trabajo más completo que se haya producido en España acerca de las Empresas de Inserción. Este artículo incorpora estrictamente las opiniones del autor sobre la materia.
[2] En España se censan en 2003 un total de 147 empresas de inserción, un 32% dedicadas al reciclaje, recuperación y recogida de papel, cartón, ropa, aceites, voluminosos y otras materias, y venta de segunda mano (CNAE 37), llevan como mucho diez años funcionamiento (aunque la mayoría son de reciente creación) y se estima que ocupan a 3.550 trabajadores/as.

Reseña "Economía, Organización y Trabajo"




Reseña aparecida en Cuadernos de Relaciones Laborales



Núm. 17, 2000



Una introducción al fenómeno social del trabajo. De la sociología de las relaciones laborales a la crítica de la economía política del trabajo



ECONOMÍA, ORGANIZACIÓN Y TRABAJO:



un enfoque sociológico



(Coord. Castillo Mendoza; 1999, Madrid. Pirámide)





Colectivo Madrid



(Daniel Albarracín, Rafael Ibáñez, Mario Ortí y Alberto Piris)



Abril 2000





Gran parte de los esfuerzos de las ciencias sociales actuales, desoyendo el tradicional proverbio que nos advierte de la imposibilidad de «poner puertas al campo», parecen empeñados en dirigirse hacia la construcción de parcelas de la realidad social progresivamente fragmentadas, incomprensibles en unas sociedades contemporáneas cada vez más totalizantes y totalizadas. Unos cercados que oscilan entre la simplificación reduccionista de la dinámica social -bien hacia estáticas radiografías desenfocadas o bien en forma de ahistóricas proclamas futuristas, cuando no ambas- y la escisión particularista de los fenómenos sociales. Dos simplificaciones incapaces de tratar con la complejidad de una conflictiva sociedad en marcha y que por tanto no pueden sino producir elementos sin lazos, pedazos y añicos como máximo recompuestos en un puzzle artificial. Lejos queda la «promesa» de Wright Mills de una imaginación social totalizadora al servicio de la comprensión crítica de la sociedad capitalista. Esta compartimentación estanca y a menudo arbitraria de las ciencias sociales -por lo menos desde el punto de vista de su praxis- ha conducido a una situación en cierto modo semejante a la de un callejón sin salida. Parece que en las ciencias sociales de finales del siglo XX vuelven a estar de moda los artefactos técnicos (de la microeconomía a la psicometría pasando por los más diversos abusos de la encuesta estadística) que nos recuerdan a los instrumentos de la ciencia natural propios de otros tiempos. Como los catalejos -oportunos para la piratería del tecnócrata-, los microscopios -que mediante la asepsia científica confunde a los que no puede convencer-, o los caleidoscopios -propios de una postmodernidad que identifica complejidad con caos- que construyen unas anteojeras demasiado estrechas para cualquier visión crítica y global de la realidad social.





Frente a esta perspectiva, Economía, organización y trabajo está atravesada por una vocación de ser construida como una obra colectiva que trabaja, como la costurera al bordar sus prendas, un enlace de esas dinámicas conjuntas difíciles de adivinar sin una reflexión tan global como concreta, tan histórica como contemporánea. Y lo hace en la medida en que dirige su atención principal sobre el que ­-desde nuestra óptica- es uno de los núcleos fundamentales que vertebran las formaciones histórico-sociales capitalistas: los fenómenos que se articulan en torno a las relaciones salariales instituidas en el entramado histórico de las actuales relaciones de producción. Sin situarse en una perspectiva definitivamente marxista, es ésta una obra que trata de repensar la relación salarial a partir de la crítica de la tradición de los discursos ortodoxos de las ciencias sociales a lo largo del siglo XX. Sin duda, una tarea difícil de emprender y cuyo resultado, a pesar del formato de manual académico -pero crítico- y de un siempre complejo trabajo de autoría colectiva como el asumido por la obra, es bastante satisfactorio.





Porque indudablemente en este libro se realiza una extraordinaria labor de minucioso repaso teórico de los discursos de la ortodoxia que no evita tampoco una crítica que resulta siempre consistente, y está asimismo apoyada en ocasiones en la contextualización histórica del surgimiento de estos discursos como producto de una época y unos intereses sociales determinados. Un repaso en el que economía y sociología, divorciadas históricamente en su desarrollo como ciencias sociales, son convocadas a un reencuentro necesario que dentro de cada uno de los campos específicos abordados en los capítulos de esta obra fructifica ­-si bien con resultados desiguales- en una siempre deseable propuesta teórica de carácter sintético. Una aproximación que se produce en torno a las principales dimensiones del fenómeno sociomaterial del trabajo y que es planteada desde la teoría sociológica o económica en tanto que marcos teóricos pertinentes en el análisis de este objeto del trabajo. Un objeto que es también abordado a partir de las problematizaciones conceptuales -tratadas por escuelas distintas en el transcurso tenso de la historia y descritas minuciosamente en algún capítulo-, proponiendo una reflexión epistemológica sobre el mismo. De un modo específico, se aborda el debate teórico acerca del origen corporativo del capitalismo actual desde el punto de vista de la constitución de organizaciones en la sociedad. El proceso de trabajo es planteado, por una parte, desde las relaciones de poder y conflicto que entraña socialmente, mientras que por otra se revisan las relaciones internas en este proceso desde la construcción de las profesiones. Finalmente, se analiza el desarrollo de la «racionalidad económica», en su despliegue dentro de sucesivos paradigmas, como suelo ideológico que traduce su influencia sobre el empleo y la desarticulación de la clase obrera. En definitiva, muchos elementos que casi siempre sugieren, y por tanto a veces hacen añorar, una perspectiva de conjunto. Mucho más que la mayoría de los manuales al uso.








Un camino sociológico entre el empleo y el trabajo hacia la economía política.








Desde el punto de vista de su reconstrucción teórica, hay que destacar la amplitud con que en esta obra se intenta recorrer el desarrollo -conflictivo- de las diferentes escuelas de la teoría económica o sociológica. En ella se plantea una aproximación al surgimiento y transformación de las grandes perspectivas teóricas que parece estar orientada precisamente a subrayar el papel de estas perspectivas dentro de la construcción de los propios objetos empíricos de investigación en el campo de la economía, la sociología, el estudio de las organizaciones, del trabajo o la formación de las profesiones. El esfuerzo de síntesis teórica de esta obra podría servir como primer paso en la articulación de algunos de los elementos y categorías de análisis teórico actualmente imprescindibles para la comprensión crítica de las instituciones sociales de carácter formal o informal en torno al fenómeno que, desde una perspectiva marxiana, podemos denominar relación salarial. Una aproximación a la relación salarial y a sus transformaciones fundamental como perspectiva totalizadora que recupere la capacidad de las ciencias sociales para plantearse el rumbo de un capitalismo tardío precipitado en una ya larga crisis.





La obra se propone de esta manera un análisis exhaustivo de las visiones clásicas en torno a las dinámicas sociales del trabajo que -en el terreno de la teoría sociológica- nos lleva desde el funcionalismo durkheimiano a las aproximaciones comprehensivas de la tradición weberiana. Alcanzando a abarcar críticamente con respecto a sus desarrollos teóricos posteriores, tanto sus reformulaciones política e ideológicamente más progresivas (aquí recuperadas para otorgarles una atención frecuentemente ausente), como sus influencias en la renovación de las teorías sociológicas funcionalistas más abstractas y reificantes de la conflictiva complejidad de la realidad social. Un recorrido, realizado precisamente a través del camino que lleva de Talcott Parsons a las últimas reformulaciones -casi siempre ultraconservadoras- de las perspectivas sistémicas más formalmente rupturistas. De una manera semejante, esta obra cubre el campo de la teoría económica que va del keynesianismo al liberalismo, introduciendo la perspectiva marxiana en la interpretación de las dinámicas y conflictos en que se constituyen y enfrentan los sujetos sociales. De la teoría sociológica a las doctrinas económicas, el análisis tan intenso como extenso de su desarrollo que nos ofrece, trata ante todo de plantear cuál habría sido el proceso efectivo de su evolución conflictiva a lo largo del presente siglo. Situando en un lugar destacado, las líneas de disenso teórico que brotaron, señalaríamos por nuestra parte, en el periodo de entreguerras y la década de los 70 del siglo XX -especial e inevitablemente- al calor de los procesos correspondientes de transición o crisis de las fases del orden capitalista.





La preferencia por el papel vivificador de las corrientes críticas dentro de la teoría no puede en esta obra -auténtico elogio de la heterodoxia- ser ocultado por la dedicación de un mayor espacio al análisis -siempre crítico- de las doctrinas de la ortodoxia económica o sociológica. En cualquier caso, una tensión entre la doctrina de la ortodoxia y la herejía heterodoxa sin duda saludable en cualquier manual de ciencias sociales, pero imprescindible además en las propuestas que tratan de contribuir a una posible síntesis provisional dentro de su fragmentado campo. Y en Economía, organización y trabajo, esta tensión entre la academia y sus márgenes -por otra parte constitutiva de las teorías sobre lo social-, se recrea por tanto sistemáticamente desde un repaso por los tópicos con que las escuelas académicas clásicas han contribuido a la construcción de los objetos actualmente manejados por la sociología al uso. Ahora bien, aunque esta mención a las fuentes de autoridad forma parte inevitable del pago de la deuda de toda obra aspirante a manual, su confrontación sistemática con las posiciones críticas de la sociología o la economía, es sin embargo algo que no debe dejar de ser agradecido en su planteamiento y sin duda es un punto a favor hacia la orientación didáctica de la obra.





Y en ambos terrenos, la aportación de referencias teóricas, de autores diversos y de polémicas en la teoría, es tan amplia como exhaustiva la bibliografía sobre la que se apoya . Desde esta base, se fundamenta una propuesta de complementariedad entre escuelas enfrentadas dentro de un mismo espacio teórico -que no llega tampoco al eclecticismo- se convierte en proyecto de interdisciplinariedad. Por un lado, mediante la propuesta de una aproximación entre estas escuelas sociológicas y económicas hacia la economía política y su crítica; por otro, con el intento de rescate y confluencia del análisis estructural marxista de la dinámica de relaciones de producción, con respecto a las propuestas de inspiración más foucaultianas de una arqueología interpretativa de las construcciones de la significación que rigen el control -pero también el conflicto- discursivo en los espacios de la interacción social más inmediata. Una aproximación teórica que anuda cuidadosamente los principales hilos académicos, situando los primeros fundamentos teóricos para cualquier acercamiento tentativo que aspire a centrarse en los fenómenos sociales propuestos y que, en la medida en que desborda por la vía de la interdisciplinariedad, los estrechos cauces de la clausura escolástica de un manual convencional al uso, establece también algunas relaciones que permiten pensar éstas en la complejidad de una relación salarial que no se deja aprehender de modo definitivo por ninguna fundamentación teórica unilateral.








Una pluralidad de planteamientos teóricos en torno al fenómeno social del trabajo








A lo largo de los diferentes capítulos del texto se hace permanente referencia a las inflexiones y cambios de la totalidad social, sin embargo, debido al esfuerzo de síntesis teórica que detiene y centra en mayor medida este manual, tiene difícil cabida la reflexión más específicamente histórica en torno a las rupturas del modelo capitalista del siglo XX. Así, las aproximaciones más generalistas contenidas en los dos primeros capítulos del libro abordan, por un lado (en el caso de Armando Fernández Steinko), las claves de un necesario reencuentro entre dos disciplinas, la sociología y la teoría económica, escindidas tanto entre sí como de los procesos históricos reales, en gran medida -ndicaríamos por nuestra parte- por la fragmentación de las ciencias sociales provocada por los intereses ideológicos hegemónicos; y, por otro lado (en la contribución de Carlos Alberto Castillo Mendoza) la vasta terminología y los conjuntos diversos de escuelas que han tratado, habitualmente como espacios escindidos, las dinámicas que rodearían las relaciones de producción. La demanda y la apuesta compartida por ambas aproximaciones es la de recuperar una perspectiva que se atreva a ser generalista, centrada siempre en el papel de «lo político» en la regulación de lo social, y la de un enfoque sociológico que no puede armarse más que a través de una íntima relación con la economía política. Conscientes de que la convergencia posible no surgirá sencillamente desde nuevas fórmulas de eclecticismo teórico, este enfoque ha de ser más modesto y abierto en la construcción de sus objetos de estudio. Puesto que las divergencias (entre las disciplinas y entre diferentes corrientes dentro de cada una de ellas) no surgen de un simple problema de comunicación generado por la competencia académica sino que nacen fundamentalmente de las diferentes posiciones políticas e ideológicas de los investigadores.





En definitiva, la revisión crítica de la historia de la teoría social (a partir de la evolución de dos de sus disciplinas en el caso de Fernández Steinko y de la interrelación entre industria, empresa, organización y trabajo en el de Castillo Mendoza) intenta contribuir a la difícil tarea de realizar una interpretación generalista -fundamentalmente teórica- sobre los cambios en el desarrollo capitalista partiendo de la parcialidad de los distintos campos de análisis instituidos. Por ello se puede decir que los tres artículos más específicos del texto se centran en las respectivas limitaciones y la escasa coherencia interna de unos campos teóricos (los que se ocupan del estudio de las organizaciones, el conflicto laboral y las profesiones) que pese a defender su unidad trabajan en sus prácticas de investigación con planteamientos cada vez más interdisciplinares. Podríamos decir que para los autores es la crisis del modelo capitalista europeo de posguerra -que institucionalizó esos campos teóricos- lo que hace necesaria la renovación profunda de una división del trabajo académico que implícita o explícitamente llegaron a compartir buena parte de las corrientes críticas o heterodoxas de la economía y la sociología. A partir de ese objeto inabarcable del trabajo y la relación salarial, en la articulación del libro se ha optado por señalar las limitaciones de tres espacios académicos para comprender las dinámicas sociales nacidas de la crisis de los años 1970.





En primer lugar, Eduardo Ibarra Colado muestra la evolución de las teorías de la organización a partir de su papel como un cuerpo conflictivo de perspectivas y paradigmas que son producto y construyen, a un tiempo, el transcurrir del capitalismo corporativo. Este capítulo contiene una brillante articulación del análisis de Marx sobre el proceso laboral, las aproximaciones desde un weberianismo radical y las orientaciones de M. Foucault -cuya reutilización es pertinente para el autor tras los conflictos surgidos con la caída del muro de Berlín-. Postulando la síntesis de esas tres grandes corrientes como marco teórico sobre el que cimentar una revisión del trabajo en una sociedad atravesada por unas organizaciones que deben ser entendidas formando parte de un contexto y una dinámica «ecológicos» de interrelación, pero asimismo como activas corporaciones constructoras de realidad social. En segundo lugar, Graciana Dithurbide Yanguas aborda de un modo profundo los problemas en el análisis del conflicto laboral en el campo de las «relaciones industriales». Proponiendo precisamente desbordar la concepción de la subjetividad social y las identidades de clase tanto de las concepciones funcionalistas o sistémicas (que tienden a anular el papel de los sujetos sociales) como de las posiciones marxistas más economicistas (que las encierran en el estrecho marco de la posición en el proceso de producción). Tomando lo que hay de renovador en el análisis del conflicto laboral de la perspectiva neomarxista, critica sin embargo la tendencia a negar la centralidad del conflicto encerrado en torno a las relaciones de empleo matizando así la necesidad de contextualizar el análisis del conflicto laboral en ese espacio más amplio que constituye «el trato con la gente» inmerso en culturas colectivas a la vez amplias y concretas. Y, finalmente, el capítulo de Lucila Finkel se centra en la evolución de las teorías de las profesiones en relación con el problema de la tecnocracia, la gerencia y las ocupaciones, como un espacio también para pensar sobre una teoría genérica del trabajo. Recupera de esa historia magníficas referencias de autores clásicos que han permanecido relativamente aparcadas (como determinadas reflexiones de Durkheim) y que siguen siendo útiles para elaborar una teoría sobre el declive de las profesiones, complementando la tradición weberiana de la desprofesionalización y la bravermaniana de la proletarización de los profesionales.





La debilidad en la contextualización histórica de las interpretaciones más generalistas del libro, a la que hemos aludido anteriormente, hace que el capítulo final de Andrés Bilbao difícilmente pueda ser puesto en una relación tan estrecha con las aproximaciones teóricas previas, como las que éstas guardan entre sí. En este sentido, la tarea de este capítulo final es, como afirma Castillo Mendoza en la introducción, captar la específica historicidad de las cuestiones planteadas en los capítulos teóricos. Es decir, intentar poner en relación el paradigma liberal dominante con los procesos de cambio emergentes en el empleo y las consecuencias en la organización del trabajo. El capítulo recoge una síntesis de los análisis ya expuestos por el autor en otras obras sobre el funcionamiento y papel político de los tópicos neoliberales respecto a la plena precariedad del empleo, la centralidad de la política monetaria en la actualidad y respecto a una de sus principales consecuencias, la individuación y fragmentación de la clase obrera.





En definitiva, la obra contribuye a clarificar las posturas teóricas de un modo riguroso y crítico, una elaboración teórica que se realiza en clave de manual para iniciados en la temática del trabajo, que mediante una superposición de planos en tentativa inacabada de síntesis procura definir un estructurante y complejo fenómeno, progresivamente fragmentado, como es la relación salarial. En suma, un rescate brillante de categorías, reconstruidas y actualizadas, para el análisis social contemporáneo que nos prepara para su elaboración empírica y aplicación práctica.








1 Un repaso que arranca desde los clásicos (Smith, Marx, Durkheim, Weber, Keynes, Pareto, etc.), pasando por autores igualmente fundamentales aunque menos populares (Mayo, Fromm, Mouzelis, Pizzorno, Burawoy, Collins, Ehrenreich, Freidson, Abbot, Crouch etc.) o por otros más conocidos (Parsons, Merton, Mills, Braverman, etc.) y que llega a autores ya próximos en el tiempo (Foucault, Silverman, etc.).

1/1/09



NOTA SOBRE LOS NUEVOS BRACEROS DEL OCIO
(2006). Miño y Dávila Editores
Daniel Albarracín Sánchez
Marzo 2007


1. Lugar y camino habitados en la sociología del turismo

En la literatura especializada relacionada con el mundo del turismo y la hostelería se ha producido, al menos en la última década, una explosión de publicaciones caracterizadas por ser soporte de una visión promotora del negocio turístico y un singular énfasis en las proezas e iniciativas de modernización empresariales en la producción de una de las mercancías más singulares e idiosincrásicas de nuestro país: el servicio turístico. Se han desarrollado también prolijos esfuerzos por sistematizar información estadística, impulsadas desde instituciones oficiales, para dar cuenta de una de las primeras industrias nacionales, con un claro propósito de reflejar los éxitos económicos de un sector que hace a nuestro país una potencia puntera a escala mundial. Cuentos publicitarios y cuentas de éxito han vestido con glamour, de este modo, una actividad económica que emplea a más de 1.800.000 personas asalariadas, sin que apenas se refleje, en cambio, sus duras condiciones de empleo y trabajo.

La investigación de Mari Luz Castellanos y Andrés Pedreño emprende la tarea de cubrir el vacío existente en cuanto al análisis sociológico de los procesos de producción de estos servicios, planteado desde la óptica y situación de los y las asalariadas, así como se cuida de reconstruir y visibilizar los relatos, hasta ahora silenciados, que contradicen la imagen paradisíaca arrojada por los altavoces del capital turístico. Presenciamos una esmerada y reveladora investigación de orientación sectorial, que pondrá atención sobre las transformaciones productivas y los nuevos requerimientos competenciales para con la fuerza de trabajo moderna (o, según alguno de los pasajes, más bien posmoderna, sin que nombrarla así se confunda en ningún momento del texto con un universo de progreso), en particular, las exigencias de conductas relacionales y comunicacionales que los autores denominan inmateriales. Viene a ser, no sólo un excelente trabajo de perspectiva sociológica firmemente crítica sino también una reflexión sobre la naturaleza del cambio estructural y el llamado advenimiento –en este caso, amenaza- de una sociedad postindustrial, dando cuenta de la metamorfosis del trabajo, del papel y reestructuración neoliberal de las empresas –como meras piezas de un proceso de producción que ya no se contiene en ellas como unidades operativas básicas, sino que se difumina en redes de ancho, largo y a veces escondido alcance- y sus consecuencias en las relaciones de empleo.

Este estudio de los cambios competenciales y del proceso de producción de servicios en el sector turístico observará la incorporación de nuevas “habilidades” cuya virtualidad es la de, frente al reclamo de la atención al cliente y el servicio de calidad, desprofesionalizar y deteriorar el servicio para un mayor rédito o un más minimalista coste. Se expande así un tipo de actividad despersonalizada de requerimiento abstracto y estandarizado (lo comunicacional y emocional, la disponibilidad y la actitud entregada) que puede ser fácilmente desplegado con una ínfima formación, una decidida actitud dócil y próxima al vasallaje, y una gran resistencia física y mental insensible a la angustia. A consecuencia de esto los y las trabajadoras devienen mucho más intercambiables, polivalentes y formateados en serie, originando una movilidad laboral más fluida –en lo que refiere a la gestión de la fuerza de trabajo, en contra de la estabilidad laboral y la dignificación profesional-, con la inequívoca tendencia a la pérdida de fuerza estructural para la negociación de sus condiciones laborales y el deterioro observable de sus derechos sociales y sindicales.

Esto no vendrá a impedir que el desarrollo de dicho “trabajo inmaterial” (en la que se reúnen también amabilidad, empatía, adaptabilidad, afección por la empresa, atención constante, movilidad y polivalencia) como principal y novedosa exigencia de ejecución en las fábricas del ocio, tal y como los autores señalan, se venga a presentar con toda una lógica sistematizada de industrialización del trabajo vivo. Sistematización que puede tener dos caras: de manera formalizada a través de cursos de formateo de las habilidades de la fuerza de trabajo que reiteran el mantra de “todo para la atención al cliente, pero sin el cliente”; o bien de manera informal y desestructurada, pero igualmente degradante, a través de la rutinización y repetición velocísima de tareas en agregación y un servicio para un consumo de masas prestado por empresas familiares tipo “chiringuito”, poco familiarizadas con cualquier técnica eficiente, saludable e higiénica de servicio de calidad.


2. Marco reflexivo y metodológico: un objeto “onda-corpúsculo” como partícula significativa del holograma turístico español

Esta investigación, con un marco teórico encuadrado en el cruce híbrido de una clásica sociología crítica bravermaniana y la inclinación postmoderna influida por la novísima moda inmaterialista italiana (con nociones directamente permeadas por, o heredadas de, las ideas de Toni Negri), se zambulle en un trabajo empírico cualitativo que opta por navegar en los procesos en caliente y su textura viva, las relaciones, actitudes y discursos, dando un espacio protagonista al punto de vista obrero (los “nuevos braceros del ocio”), vacunada así del riesgo de deslizarse por la superficie helada del mero número. Se irá más allá de la descripción de dimensiones o evoluciones cifradas en estadísticas o de la fantasiosa y reluciente carcasa del discurso mercadotécnico, lográndose descifrar las tramas relacionales y transformaciones sociales estructurales y cualitativas en la que los sujetos muestran su rostro y verbalizan su palabra.

Su vía de aproximación y tratamiento empírico es el estudio de caso, escogiendo dos que, en principio, debieran ser extremos, y podrían ofrecer un contraste significativo. Así, se vendrá a estudiar la situación de un complejo turístico específico en la región de Murcia, La Manga Club, con una orientación de servicio elitista y de distinción, dando cuenta de todas sus actividades principales y auxiliares; para después analizar la situación de un modelo de oferta de masas, para un turista conformista y conformado, como es la que se constituye en la ciudad de Benidorm, en Alicante.

Los estudios de caso se detienen, mediante el empleo de la entrevista abierta en profundidad y mediante la observación participante o la revisión documental de revistas de organizaciones turísticas, en las diferentes redes de empresa de un mismo microuniverso turístico local –pero formado dentro de una estrategia compleja y completa-, y en sus diferentes fases de producción o, como se vendría a decir en ciertos ámbitos “la cadena de valor”, sea en sus actividades principales, hasta cierto punto más protegidas y reconocidas; o en las auxiliares, más exigidas y volátiles, más controladas y, en cualquier caso, menos recompensadas.

Se caracteriza integralmente la trama de actividades mutua y asimétricamente relacionadas de este ámbito económico y laboral, en dos segmentos en principio diferenciados. Se estudian las relaciones de empleo y trabajo y su presión sobre los y las trabajadoras y sus cuerpos respectivos, no sin antes haberles arrancado de sus comunidades de origen -el tradicional mundo rural agrario-, socializado en la estacional industria turística, y vulnerabilizado sus condiciones laborales hasta límites poco conocidos –por la invisibilización habitual de este plano, y por la reintensificada degradación habida en las últimas décadas-.

Acertadamente se observa el origen de este nuevo trabajo de servicios, que, comportando un valor de uso radicado en el ocio, ofrece una dinámica continuista de las condiciones de los braceros en el ámbito agrario. El proceso es uno más de los capítulos del paso de un modo de vida agrario a otro urbano, que conserva unas redes de dependencia muy viejas con una tutela de derechos debilitada. Abundante y trepidante trabajo manual al son del cuerpo uniformado, empleos itinerantes y commuting incesante, nómadas siempre con la cabeza en otro sitio porteadores de brazos y rostros sonrientes con imposible risa auténtica siguiendo el tren que pasa por las diferentes estaciones del clima, y nuevos requerimientos “inmateriales” para el trato con el cliente. Prácticas estandarizadas que definirán, en suma, el carácter básico de estas actividades que, presentadas como vanguardia de la sociedad moderna del ocio, no son más que la reproducción de una clásica e intensificada relación de explotación.

El estudio revela también la degradación de la empresa como unidad jurídico-organizativa empleadora de fuerza de trabajo. La disolución de la responsabilidad empresarial a través de las redes de subcontratación y de cesión de trabajadores a través de ETTs y, en su caso, el uso de empresas de servicio, o, por qué no, la economía informal, va a afectar de lleno a las condiciones de vida, trabajo y empleo de los colectivos asalariados y de pequeños empresarios o autónomos dependientes en el sector turístico.

A su vez, se analiza una zona residencial turística colindante a un club de golf, sus consecuencias en el territorio y en el tipo de comunidad específica que allí se asienta, las dualidades de inmigrantes regionales, internacionales y turistas en un espacio cada vez más artificioso; y el archipiélago amplísimo de trabajos adyacentes que se producen en torno a estas islas de lujo: actividades de ocio como el casino, servicios de mantenimiento y limpieza, inmobiliarias, etcétera. O bien en el caso de Benidorm, la primacía de los touroperadores internacionales sobre las empresas locales, la configuración total de un espacio turístico como oferta global y globalizada, las nuevas tendencias en restauración y hotelería, o en ocupaciones tan específicas, cuyo perfil se retrata aquí, como el que proporciona el hamaquero en las playas de estas localidades de sol y playa; el de portero de discoteca en los locales que están a su orilla; o los de los guías turísticos en sus distintos formatos, sea en su autonomía empresarial colectiva autogestionada, o en la subsumida en cadenas lideradas por touroperadores.


3. Apuntes para un diálogo respecto a la propuesta teórica de un valioso y valeroso trabajo empirista

La investigación, como hemos indicado, indaga las transformaciones producidas en las situaciones de trabajo y procesos de producción en los sectores de ocio. Estos adoptan un sistema de industrialización de la propia fuerza de trabajo en su disposición y adaptación a la cadena de servicios. En nuestra lectura, creemos que se da cuenta de cómo la fuerza de trabajo se va a disponer y adaptar como instrumento industrializado en orientación a culminar cada vez más servicios en forma mercancía, en un formato aparente y virtual de atención al cliente, con un contenido en la práctica despersonalizado y estandarizado, caracterizado por la presencia de sonrisas y miradas estudiadas, en la forma de mueca y maniquí agitados por una cadena de gestos reiterados y pautados.


El texto nos brinda la comparación de dos microuniversos y la indagación en los microrelatos de los y las trabajadoras insertos en ellos. En ese contraste, hay una búsqueda de tendencias globales. El estudio muestra pasajes significativos de las entrevistas que permiten reconocer los propios términos de los protagonistas afectados. Aunque la obra es coherente y muestra una visión sólida, parece arrojarse a veces al lector el habla literal del entrevistado, como si de su mismo relato pudiese desprenderse algo más, adivinándose una interpretación del discurso que no llega a culminarse, conformándose con su visibilización. Ahora bien, este esfuerzo descriptivo tiene una ventaja que combate la invisibilización tan extendida de estos procesos, por lo que tiene su valor intrínseco.

La virtud de un trabajo netamente empírico como este es la descripción de las intrahistorias y movimientos en proceso partiendo de una plantilla teórica. Pero ésta última, en vez de revisarla tras pasar por la experiencia de investigación, en cambio se perpetúa, para hacer de lo observado puro soporte de una idea preconcebida. Es más, los dos estudios de caso, en principio muy diferenciados, van a converger en la justificación de dicho modelo de explicación que, aunque potente y fecundo, se nos antoja apriorístico.

Se viene a afirmar, apropiada y valientemente, que presenciamos una industrialización del trabajo de ocio. No obstante, la perspectiva neorricardiana de esta obra, desarrollada al modo bravermaniano, fijará la atención en los cambios en los valores de uso de las situaciones de trabajo, pero no elabora análisis alguno sobre su envés: los procesos de mercantilización y formación de valores de cambio. En vez de analizar los procesos de mercantilización, de unas actividades que adoptan la forma de servicios en consonancia con la extensión de una sociedad superindustrial, va a enfatizarse una supuesta metamorfosis en la naturaleza de las situaciones de trabajo y en el tipo de rasgos concretos de los trabajos que habitan en la sociedad neocapitalista, sin más alcance que su descripción. Ahora el trabajo, según esta obra, devendría cada vez más inmaterial; se produce una revolución conceptual, ya anticipada por Antonio Negri con su teorización de los valores-afecto. No parece concebirse el análisis que propone la teoría laboral del valor, ni siquiera para pasar el veredicto de una impugnación, simplemente no se le pasa ni revista.

La romántica y poética reflexión sobre los “valores-afecto” –subyacente al texto, aunque presentada en forma crítica (se reclama el reconocimiento y triunfo del nuevo valor de uso inmaterial), y no apologética como hará Negri (que quiere confirmar una revolución mágica sobre el valor de cambio ya casi disuelto)-, es confusa. En primer lugar, todo proceso que transcurra en el tiempo y en el espacio es material. Lo inmaterial sólo es concebible desde parámetros idealistas, o no existe. Las relaciones, la comunicación, los afectos e ideas son producto del esfuerzo y la actividad humanas desplegadas en el tiempo y en el espacio, y aunque en algún caso su soporte y materialización físicas sean de poco peso, volumen o duración físicas, están presentes en los movimientos, en los contactos, en los textos, en los sentidos que registran estas interacciones, pero inequívocamente materiales-. En nada contribuye el hablar de lo “inmaterial”, pues hasta los valores representan la expresión simbólica y discursiva de prácticas materiales que les confieren sentido.

Si bien es cierto, que el contenido práctico de muchas ocupaciones concretas es cada vez más abstracto y simbólico, y la producción adopta la forma de servicios (suministro continuo y disponibilidad relacional permanente de “prestaciones y atenciones no acumulables”), esto no vendrá a interrumpir la lógica capitalista del valor, en términos de Marx, en modo alguno. El ciclo de la mercancía no se quiebra por cambios en la naturaleza de los valores de uso y en las actividades concretas de las situaciones de trabajo y producción. El valor de la mercancía será, en una sociedad capitalista, el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción en un contexto de intercambio, realización mercantil y explotación laboral. La forma de la mercancía adopta cada vez más la forma servicio, sustentada en una economía superindustrial e urbanizada que lo hace posible, y no se deja de desarrollar una relación capitalista en el marco de una sociedad y economía de mercado porque ésta adopte una apariencia fetiche de un tipo u otro.

A este respecto, el discurso de la inmaterialidad, sugestivo y valioso a la hora de realizar interesantes interrogantes, nos puede confundir, pues sólo, hasta la fecha, ofrece lagunas en sus respuestas. En efecto, hay pasajes, de mayor reflexión teórica, que asumen el prejuicio ricardiano, desarrollado hasta sus límites por Negri [(2001; Marx más allá de Marx. Akal. Madrid], que asimilan fuerza de trabajo y trabajo.

Es cierto que cada vez adquiere mayor importancia cómo se produce socialmente la fuerza de trabajo, esto es, cómo se desarrollan y aplican sistemas societales instituidos de conversión de la población en fuerza de trabajo disponible y potencialmente empleable y adaptable. O, dicho en los términos negrianos, que la sociedad produce desde su origen los cuerpos que la constituyen y pone a éstos a producir. Y que es preciso venir a discutir estos procesos si entramos a cuestionar el tipo de sociedad vigente. Es cierto también, que los contenidos del trabajo están sufriendo importantes metamorfosis, hacia dinámicas de mayor orientación simbólica-abstracta-transversal (empleo de códigos, uso de aplicaciones informáticas, desarrollo de habilidades comunicacionales y transversales, coordinativas y de autoplanificación, de uso transectorial, etc…). Nos parece, quizá, un error, sin más discusión, el admitir la teoría del valor-afecto, pues una de sus presunciones es la abolición de la necesaria transición y distancia entre fuerza de trabajo y trabajo efectivo. Ahora bien, a favor del texto hay que indicar que el libro simplemente desarrolla una crítica negativa sobre las “nuevas formas de explotación”, sin compartir el destino argumentativo de los inmaterialistas. A nuestro juicio, sigue vigente esta necesaria distinción entre fuerza de trabajo y trabajo, y dicho proceso de conversión es lo que hace que, en términos societales y sectoriales medios, sea el tiempo de trabajo socialmente necesario el que determine el valor y sobre el que oscilan los precios en los intercambios de la acumulación capitalista.

A este respecto, nos encontramos con una asunción, que conviene discutir, sobre el papel de los salarios variables. Según el texto, la predominancia de los salarios variables conlleva la fusión de fuerza de trabajo y trabajo (se asume la afirmación de Marazzi, 2003:33, pág. 196 del texto), y a los y las asalariadas, porque por tanto, se les remunera en función del trabajo efectivo. Es consabido que los cálculos de los salarios variables en términos medios ya están calculados de antemano por los empleadores, y que, si bien constituyen un estímulo y castigo individualizador para la plantilla como mecanismo de gestión de la organización del trabajo, ya anticipan el valor de la fuerza de trabajo específica de ese sector u ocupación. Dicho de otro modo, no es cierto que se remunere en términos generales, aunque lo parezca a escala individual, al salariado por su trabajo efectivo, sino que esto se realiza en función de la especificidad, cualificación, escasez relativa y disponibilidad de la fuerza de trabajo concreta (con su capital simbólico, cultural y relacional determinados)[1], en lo que influye las posibilidades de intercambiabilidad con fuerza de trabajo de otros subsectores afines, que se va a emplear; cabiendo también incluir factores que explican la distancia entre el valor de la fuerza de trabajo como mercancía y su precio (el salario) a dinámicas como su fuerza estructural de negociación, su papel en el aparato productivo global y su capacidad de interrumpirlo o condicionarlo, etc…


4. Una discusión sobre propuestas subyacentes

En el lado implícitamente propositivo del texto está la defensa de la dignidad profesional. Como argumento constituye una interesante estrategia útil al servicio de la acción sindical, desde una óptica de resistencia, en ausencia de otras líneas más ofensivas y un contexto de disputa más favorable. A este respecto, el contraste perpetuo con algunos segmentos de ocupaciones profesionalizadas –casi artesanales- de décadas pasadas, con la proliferación de empleos flexibles, industrializados, precarios, y descualificados tiene una potencia didáctica importante, pero una capacidad transformadora dudosa desde el análisis. La recuperación de las profesiones es coherente con una concepción del trabajo útil, enriquecida, cualificada, al servicio de las necesidades pero, en el propósito de un cambio de su naturaleza social, no puede reclamarse desde los parámetros de la vieja e irrecuperable era fordista. Tampoco pueden reclamarse elementos como la remuneración por antigüedad que, si bien son útiles para conservar derechos de los colectivos más mayores en ausencia de otros sistemas desarrollados y controlables más justos de valoración y reconocimiento (por ejemplo, la cualificación), son discriminatorios generacionalmente –en cuanto al género y las generaciones-; o la no movilidad laboral y la no polivalencia –ni siquiera a escala local, naturalmente regulando sus límites-, pues socavan posibles soluciones progresivas indudables. A veces no se piensa que sería muy interesante, y a veces la única vía de garantizar empleo estable y con derechos en el marco de actividades estacionales bien localizadas, una diversificación de la cualificación, y la posibilidad de una diversidad ocupacional que pueda desarrollarse a lo largo del año, eso sí con una relación laboral estable garantizada y protegida con derechos, limitando las cargas de trabajo, y que también exigiría cuestionar el modelo de intermediación laboral y el de empresa como sistema empleador.

Debe comenzarse por cuestionarse por dinámicas que puedan poner en jaque esa lógica: una acción sindical ofensiva con propuestas de cambio (reducción de la jornada laboral, ingreso universal garantizado, socialización del suelo, intermediación laboral en manos del sector público en colaboración con representantes de cada sector de actividad, etcétera) y no sólo de resistencia de defensa de derechos antiguos que, si bien positivos para algunas fracciones de los y las trabajadoras, deforman la posibilidad de solidaridad de clase; una organización adecuada al modo y el nivel en que se despliega el capital al día de hoy y en la forma en que se concentran y puedan vincular los y las trabajadoras, que obliga plantear formas más allá de la empresa –que ha acabado su papel como unidad operativa básica de producción-; y una acción pública responsable de la intermediación y gestión del empleo de la fuerza de trabajo, como salvaguarda de sus derechos de ciudadanía y propulsor del pleno empleo de calidad.

Es más, la defensa sin más de la profesionalización no significa más que el apoyo a los segmentos obreros corporativizables y blindables –generalmente masculinos, de edad avanzada e integrados-, en detrimento de los ya vulnerabilizados, y definitiva e irreversiblemente con empleos necesariamente sustituibles y transversales –y que coinciden con los colectivos que se quiere defender en el texto: mujeres, inmigrantes, jóvenes, pero que difícilmente alcanzarán, salvo por la vía estrecha de la promoción, a empleos de tal calibre-. En suma, la defensa de la profesionalización sin más ingredientes conlleva aceptar la carrera jerárquica a lo largo de la vida del viejo modelo fordista, y el embudo que entraña de por sí. El discurso de la profesionalización parece que podría compartirse en algún horizonte convergente con la búsqueda de la cualificación permanente, la garantía de estabilidad laboral, la acción pública y el control o participación de los y las trabajadoras, y así, junto a la lucha por un cambio institucional profundo, podría admitirse, pero mentarlo sin más parece insuficiente, desde una óptica transformadora.

Análogamente, las sugerencias en el texto de que las lógicas de resistencia (por ejemplo, el guía turístico autónomo colectivo) para el profesionalismo, como nuevo artesanado moderno, se deben basar en la autogestión es una vía de incierta supervivencia, dado que estas empresas autogestionadas serían coherentes con y sufrirían a largo plazo, sin interrumpir su lógica, la dinámica del mercado capitalista. Los cambios sociales profundos necesarios para una transformación cualitativa hacia una nueva sociedad no tienen atajos, deben alterar radicalmente la lógica de la mercancía, y romper con la relación salarial como vínculo constituyente de nuestra sociedad. Los escapismos en los huecos del sistema son posibles, y pueden servir para un ulterior “contraataque”, pero son, en cualquier caso, transitorios y vaporosos.


En definitiva, nos encontramos con un trabajo revelador, crítico, visibilizador que nos comunica las dinámicas laborales del sector turístico, desde una óptica de resistencia, a favor de los discursos obreros. Se trata, desde ya, de una referencia obligada en el análisis sectorial, recomendable para un uso sindical, para la discusión sobre los cambios en los sistemas de trabajo, empresa y empleo, y para un mejor conocimiento de la situación y condiciones de vida y trabajo de colectivos hasta ahora escondidos. A este respecto, felicitamos a su autor y autora por ofrecernos este excelente trabajo.



[1] Postone, Moishe (1993) Time, labor, and social domination. A reinterpretation of Marx’s critical theory. Cambridge University Press. En castellano (2006) Tiempo, trabajo y dominación social. Marcial Pons. Traducción de Jorge García López.

1/12/08



La miríada de las crisis y el crisol del cambio: Una aproximación a la llamada crisis financiera.
Daniel Albarracín y Eduardo Gutiérrez. 28 de Noviembre de 2008.

Cuando se nos pregunta acerca de la crisis económica en curso, debemos recordar que esta debe encuadrarse dentro de una crisis civilizatoria, ecológica y social, en medio de una crisis de materias primas básicas (agua, energía, alimentos), que, en el marco sociopolítico de unas relaciones sociales determinadas, constituyen el contexto del modelo económico y su dinámica.

Hasta hace muy poco en los países del Norte se vivía con autocomplacencia una ola de aparente bienestar que prometía un futuro providencial. En los últimos ocho años mencionar la crisis era propio de agoreros o de locos. Sin embargo, las contradicciones de aquella evolución desequilibrada ahora parecen estallar con unas dimensiones que cada día abofetean la incredulidad de aquellos que aún niegan lo evidente.

Primero, la negación, luego los eufemismos, y ahora los incrédulos realizan un ejercicio de escapismo para ocultar la profundidad de la crisis que, desde ya, nos va a acompañar unos cuantos años, aún cuando en los países periféricos forma parte de su modo de vida desde hace tiempo. Y es que la crisis es algo incómodo.

Se trata de una mala práctica la de sólo querer aproximarse a los problemas desde la constatación de sus síntomas. Se trata de una perversión cuando sólo se quiere abordar aquellos que afectan a intereses parciales, generalmente de índole privada.

Para comprender lo que le sucede a la civilización capitalista, tan incivilizada ella, conviene desplegar los diferentes planos de su dinámica. Porque crisis significa cambio. Si algo caracteriza al capitalismo es su transformación constante. Lo que no significa que su orientación nos satisfaga a sus víctimas. La crisis es connatural al capitalismo, comenzando desde la destrucción de viejas formas sociales (vida rural, relaciones antiguas, formas de convivencia, criterios de asignación socioeconómica) pasando por sus ondas de acumulación en forma de ciclos de larga y corta duración.

Está crisis comporta varias crisis al mismo tiempo. Sus dimensiones refieren, de manera más inmediata, al plano de la saturación de ciertas vetas de mercado, que acabaron su recorrido, tal y como representa la construcción y el mercado inmobiliario. Aquella veta supuso una oportunidad transitoria que respondía a una política financiera que para salir de viejas crisis, la del ciclo agotado en el 98 con las punto.com, planteó tipos de interés reales bajos y desregulación del sistema de crédito. A su vez, aquella situación derivaba de una anterior crisis, la de México 87, en la que los circuitos de extorsión internacional a través de la deuda se colapsaron. Los periodos de expansión débil de una fase siempre eran salidas en falso, de alivio transitorio, a una crisis que se escondía con anabolizantes, sin resolver sus problemas de fondo.

De manera más coyuntural también obedece a una crisis industrial periódica. En esta ocasión por saturación de varios mercados. Aunque ahora no es la causa principal. De fondo nos encontramos con las tensiones de la dinámica de acumulación con la presencia de resistencias estructurales para la ampliación de la tasa de rentabilidad. Sin embargo, tampoco ahora es la cuestión explicativa principal.

Efectivamente, la tasa de rentabilidad, indicador que clásicamente hemos analizado para dar cuenta del vigor de la acumulación ha desarrollado una tendencia singular. En los años 70 se vino abajo, y causó estragos en la industria. Los poderes optaron por conceder la hegemonía a parámetros de gestión neoliberal que impuso una nueva política económica. Una vez que la izquierda política y sindical se ha plegado a cambio de integrarse en espacios institucionalizados y con recursos para convertirse en mero agente consultivo, se han subordinado los derechos sociolaborales, la evolución de los salarios directos e indirectos, en favor de la intensificación de las plusvalías relativas. En los años noventa, no sin deteriorar severamente las condiciones sociolaborales de la mayoría de la clase trabajadora del Norte, y sacrificar las condiciones de subsistencia de los pueblos del Sur, las tasas de rentabilidad se incrementaron notablemente. En este comienzo de milenio estaban empezando a alcanzar los niveles de las décadas de la segunda posguerra mundial. Entonces, ¿esto avalaba las tesis de los analistas que afirmaban la incorporación a una nueva onda larga expansiva?. Pues no parece que sea así.

La remontada de la tasa de beneficio del capital se estaba gestando a cambio de larvar una crisis de inversión, seleccionando, racionalizando costes al milímetro, sólo aquella que proporcionasen mayores ratios de rentabilidad inmediata, a corto plazo. La crisis de demanda aún no se manifestaba, a pesar de que la moderación salarial y el recorte de derechos era la tónica, a cambio de que las familias trabajadoras (para obtener un ingreso ajustado para su integración social) dispusiesen más miembros para la explotación laboral, retrocediesen en la cantidad y libertad de uso de su tiempo libre, e hipotecasen sus cuentas con endeudamientos colosales, por ejemplo, en la partida de la compra de una vivienda.

La tasa de rentabilidad se entiende como el ratio que compara la tasa de explotación (la proporción en que el capital extrae el excedente del valor producido por la fuerza de trabajo) poniéndola en relación con la composición orgánica (la proporción entre inversión en capital constante –fijo y circulante- y capital variable –el fondo económico que emplea a la fuerza de trabajo-)[1]. Las condiciones del desarrollo capitalista se habían tensado al máximo, y si se rompía el frágil equilibrio plantearía un colapso del actual sistema ambiental-económico-institucional en cualquier momento.

Además, las tensiones de los ciclos, en un contexto en el que la rotación del capital se aceleraba, podían transferirse o derivarse transitoriamente en el tiempo o geográficamente, pero no evitarse. Los países centrales, como EEUU, podían derivar sus crisis a otros países dependientes, jugando con su divisa, su capacidad de negociación, merced a su hegemonía diplomática-militar, durante un tiempo, mientras acumulaban la deuda externa y pública de mayor envergadura del planeta. Asimismo, los Estados, empresas y familias se endeudaban, en un contexto de permisividad crediticia sin parangón, postergando hacia el futuro la asunción de sus responsabilidades económicas presentes.

En efecto, lo que caracteriza principalmente la actual crisis económica es, posiblemente, una generalización masiva del endeudamiento. En palabras técnicas, un apalancamiento financiero a gran escala. Como posiblemente sabrán, el apalancamiento financiero se basa en funcionar o invertir con recursos ajenos en una proporción tan alta, que pueden multiplicar por varias veces el nivel de los recursos propios, debilitando a éstos como garantía. Esta práctica permitía retrasar la explosión de muchos mecanismos notablemente exhaustos y desencajados.

Ahora bien, esta práctica en algunos casos ha ido incluso más allá. Este sería el caso de la proliferación de sociedades de inversión (fondos de inversión o hedge funds, capital riesgo, fondos soberanos, fondos de pensiones, fondos de grandes fortunas) que, con la complicidad, aportación y financiación de la banca, cajas de ahorros y empresas de seguros, movía y destinaba importantes volúmenes de capital a adquirir el accionariado de empresas rentables (o a prestar dinero con tasas de retorno escandalosamente altas), con niveles de apalancamiento que superan sus recursos propios varias veces[2]. Esto ha propiciado, que estos fondos hayan comprado (a base de préstamos muy por encima del capital propio) empresas (como Dinosol, El Arbol, TPI-Páginas Amarillas, Futura, Martinsa-Fadesa, UPS España, etc… ) a las que luego les han transferido su deuda –mediante primas de emisión, fusiones, compras de acciones propias, y otras operaciones societarias-, y han puesto las acciones compradas como garantía. Se han dedicado a racionalizar la actividad de esas empresas a niveles insospechados. Racionalización que ha derivado en segmentación de la empresa en un entramado de empresas auxiliares mediante la externalización y subcontratación sucesiva (de las partes más arriesgadas o menos rentables de la actividad), la venta de fragmentos de la empresa, el recorte de empleos, la intensificación de los ritmos de trabajo y la extensión del tiempo de trabajo, o mediante el vaciamiento de contenido del activo. Esto pone en peligro, ya lo ha puesto, la viabilidad y, ni que decir tiene, la capacidad de mantener la producción más útil y de calidad e impide una dinámica de innovación o de mejora. El propósito consiste en obtener rápida liquidez para dar más “valor al accionista” (en forma de dividendos) o al “obligacionista” (mediante la devolución de réditos del préstamo contraído).

La desregulación del sistema financiero ha hecho posible iniciativas de alto riesgo, en un contexto de bajos tipos de interés reales donde la industria financiera, para obtener masas de beneficio con márgenes financieros bajos, optaron por conceder créditos de cualquier manera. Mientras tanto los bancos centrales hacían dejación del control básico, y así prácticamente desaparecían los coeficientes de cajas y las reservas obligatorias para hacer frente a la devolución de depósitos o para hacer frente a problemas de capitalización en situaciones adversas. Además, la regulación financiera hizo una apuesta radical por facilitar la movilidad del capital, por desfiscalizar sus inversiones, por no condicionar ni supervisar sus conductas, y por ser completamente permisivos con la presencia de espacios sin impuestos como son los paraísos fiscales que coartaban la eficacia y propósito de cualquier normativa reguladora, chantajeando así a los Estados para flexibilizar más cualquier condición al capital financiero.

En estas condiciones, muchos analistas han querido explicar la crisis como una mera crisis de liquidez. Es decir, como un problema de cortocircuito del crédito, por un problema de confianza y de gestión de los propios fondos de tesorería y liquidez.

Sin embargo, la crisis de liquidez no es sino consecuencia de una crisis de solvencia de unas proporciones desconocidas hasta ahora. Cuando la mayor parte de los agentes económicos han puesto al límite su funcionamiento por unos niveles de endeudamiento difícilmente sostenibles, los problemas no podían sino estallar más tarde o más temprano. Y ha estallado ahora. Las cosas podían seguir adelante mientras los ingresos periódicos pudiesen cubrir las obligaciones de devolución de los compromisos adquiridos. Basta con que algunos mercados se desaceleren para que la economía se desplome como un edificio de naipes.

Esta nueva estructuración del desarrollo capitalista ha imprimido, al menos en los últimos diez años, una dinámica singular. Hasta ahora la tasa de rentabilidad, confirmación de la obtención de un retorno por la inversión, e indicador que movilizaba el excedente hacia esa inversión, era la referencia de la acumulación de capital. Ahora bien, con la extensión de los privilegios a los inversores capitalistas, y a las sociedades gestoras de sus fondos o con el marco jurídico protector de las corporaciones o sociedades anónimas (leyes concursales, derecho mercantil, etc…) el universo de intereses de la empresa hasta ahora conocido ha sido profundamente alterado por un cambio de prioridades. Efectivamente, ahora las empresas no buscan simplemente un beneficio en sí mismo sino que éste es tan sólo un instrumento para proporcionar dividendos o intereses a accionistas y prestamistas (el capital financiero) totalmente indiferente a los procesos socialmente productivos.

Es decir, una creciente proporción de la tasa de beneficio se retiene para proporcionar ese “valor para el accionista”, o interés para el obligacionista, impidiendo que el excedente se reincorpore a la inversión, en forma de mantenimiento, expansión productiva, o innovación tecnológica. Nos encontramos con que no sólo se presiona al incremento de la tasa de explotación, sino también a la moderación de la evolución de la composición orgánica del capital. Se adelgaza la capacidad productiva en aras de que el cogollo productivo que queda después de la purga de las áreas de menor o más volátil rentabilidad, sea lo más rentable posible en poco tiempo. Ese excedente simplemente engrosaría las cuentas de una clase capitalista financiera aventurera y depredadora.

Se habla, así, de una tasa de beneficio retenido[3], pulverizando la capacidad de la masa de beneficio de animar la acumulación, la inversión y el crecimiento, como antes, porque simplemente desvía gran parte del excedente para engrosar las arcas del Management financiero.


El sistema financiero, en este contexto, empieza a padecer los riesgos en que había incurrido. La morosidad empieza a repuntar[4]. Las sociedades de inversión observan como les aprietan sus obligaciones de pago, y las empresas ya no pueden reportar tasas de retorno de un 20% como les exigían los prestamistas. Empresas, como Ono, con mayoría accionarial de fondos de inversión, en una empresa cada vez más rentable y puntera, exigen mayores ganancias, y recortan en 1300 personas su plantilla.

Así, una crisis de fondo y una crisis coyuntural se combinan con una financiarización de la economía de un modo fatal[5].

La manera de afrontar este cataclismo ha sido la intervención del Estado que transfiere el problema de la banca –que no es el sector más afectado y que además es un agente directamente responsable que ha causado la situación- a las cuentas públicas. También se propone apoyar al sector automovilístico. ¿Cuál será el siguiente sector?. O darle a la maquinita de crear moneda (EEUU). Pero el alivio de la liquidez no resuelve el formidable problema de solvencia generalizado. Sólo encaja un problema del sector privado en el presupuesto público. Para el año próximo alcanzará el 4% del déficit público el presupuesto español. Ha sido la crisis y no los movimientos sociales quienes derrumban el Plan de Estabilidad de la UE.

Hasta ahora, los diferentes países, y el G-20 sólo han discutido sobre la modalidad de socialización de pérdidas[6] a emprender. Unos apuestan por comprar activos (de mayor o menor calidad), otros por comprar acciones y participar en un rincón, sin hacer ruido, en los consejos de administración. La UE plantea reducir impuestos ¿y qué pasará con las políticas sociales del Estado?. Las nacionalizaciones sólo se plantean para salvar a la tecnostructura (gestores de y directores de empresas) responsables de la situación. Los poderes no se plantean decididamente socializar los sectores estratégicos, intervenir los mercados, y planificar aspectos fundamentales de la economía con criterios que reestablezcan una asignación de recursos solvente y, mucho menos, orientada a la satisfacción de necesidades sociales o a garantizar la sostenibilidad medioambiental. La bolsa, ha caído más profundamente que en 1929, y ésta sólo expresa un síntoma de expectativas a corto y medio plazo sobre la crisis. Una crisis capitalista más profunda que ninguna anterior.

El desenfoque de la izquierda.

La izquierda se ha enfrentado a este tipo de fenómenos, en términos generales, con una suerte entre el desconocimiento y la simplificación, sin referirnos a aquellos que apostaron por contribuir a gestionar compasivamente una política neoliberal. La economía no deja de ser un aspecto social y político central de nuestras vidas, pero ante su relativa complejidad se abandonó el intento de su comprensión. Así las cosas, ha sido muy frecuente escuchar afirmaciones sumarias que localizaban el espacio financiero en un lugar etéreo casi fuera del mundo. Se ha dicho que el capital, abandonando la baja rentabilidad de una economía real, se escapaba al mundo de las finanzas. Ese “otro lugar” se presentaba como un espacio de intercambios de papeles sin más abonado a una especulación, sin explicar por tanto el origen de sus fabulosas ganancias. Con estas poco fundadas metáforas al llegar la crisis muchos se han conformado con contemplar el desplome que, según ellos, sólo afectaría a esos usureros especuladores como si se encontrasen al margen de nuestra realidad y no nos llevasen consigo.

Pues no, no es así. No existe un “más allá financiero”, sino que éste está siempre más acá. Lo que ha sucedido con la esfera financiera es que la desregulación de dicho ámbito y la fluidez de su movilidad permiten que el capital financiero cambie con mayor agilidad de actividad en busca de mayor rentabilidad. Además, la regulación flexible ha abierto ciertos vacíos propicios al fraude alegal (por ejemplo, compra de empresas mediante apalancamiento financiero para luego trocearlas y vaciarlas, con nuevas prácticas de desinversión rentable) que pueden ocasionar la quiebra injustificada de empresas viables, socialmente útiles o el desmantelamiento de empresas rentables. En suma, si la esfera financiera, como pasivo, se viene abajo, arrastra a la economía, como activo, siguiendo la metáfora contable.

Desde la izquierda se ha hablado sobremanera de la especulación (inmobiliaria, financiera, comercial, etc…) como causante de todos los males que nos aquejan. Sin embargo, la razón de la “alteración de los precios” (sea de vivienda, del tipo de interés, o del precio de venta al público) no puede atribuirse al juego oportunista de intermediarios en un intercambio, sino a un auténtico ejercicio de poder. Efectivamente, en los “mercados” (que desde luego no son igualmente libres para todos), hay algunos actores que pueden imponer en la negociación sus condiciones. Esto es, si sólo denunciamos la especulación desenfocamos y vaciamos de contenido nuestra comprensión de lo que sucede. Y además corremos el riesgo de hacer pensar que, si no hubiese oportunismos e información asimétrica, el mercado funcionaría por sí mismo correctamente. Nos olvidaríamos de que el problema no es, por otro lado, el mal fluir del mercado, sino el marco capitalista en el que este se despliega, con unas relaciones sociales desiguales determinadas (entre clases sociales, entre unidades productivas, etc…) que se basan en un sistema social complejo que no refiere precisamente a un intercambio, sino a una forma de dominación y explotación.

Una necesaria respuesta política organizada desde la izquierda anticapitalista

Muchos anhelan fáciles recetas para salir de esta crisis, en la que los principales causantes ya están pergeñando estrategias para blindarse y derivar a los más débiles sus consecuencias. La estrategia de las clases dominantes y sus adláteres consiste en: una intervención del Estado que lleve a cabo una socialización de pérdidas, cargando a la espalda de los y las trabajadoras los desaguisados privados; y en monopolizar las áreas de actividad que son más necesarias para la población y para el desarrollo socioeconómico (energía, comunicaciones, alimentación, materias primas, etc…). Los gobiernos, financiados y apoyados por intereses privados, responderán con un condicionamiento mínimo para proveer con fondos públicos a las grandes corporaciones. Precisamente esas grandes corporaciones, reeditarán – aún lo siguen haciendo - y profundizarán la extracción de plusvalía por vías financieras, de rentabilidad económica y de racionalización o incluso destrucción del aparato productivo, de una manera poco sensible a la sostenibilidad ecológica y social, más allá de lo que las fuerzas sociales impongan con movilizaciones a la ofensiva. Los gobiernos, en esta democracia burguesa de baja intensidad, harán regresar fórmulas de desfiscalización del capital y de las clases dominantes; reformas que hagan retroceder los salarios directos e indirectos, las políticas de bienestar social, o inclusive los derechos sociales y políticos que puedan incomodar al proceso de acumulación capitalista.

Desde las organizaciones políticas favorables a las clases trabajadoras, las organizaciones sindicales y los movimientos sociales es más importante que nunca agruparse para levantar un programa de acción que combata esta dinámica.

- En primer lugar, hay que cuestionar las relaciones de poder institucionales, jurídico-políticas e ideológicas que conducen una economía y relaciones sociales en contra de la inmensa mayoría de la población mundial. Esta es la tarea previa, como condición necesaria, a todas las demás.

- A partir de ahí hay que poner en práctica, paralelamente, una dinámica democratizadora constituyente y participativa que abra paso a nuevas instituciones populares.

- Que pongan la economía y sus sectores estratégicos (sistema financiero, energía, comunicaciones, alimentación, vivienda, educación, sanidad, etc…) bajo una planificación democrática descentralizada de grandes líneas que decida cuáles son las áreas de inversión socialmente idóneas, y que garantice una eficiencia y solvencia productiva –frente a una gestión burocrática o una producción sucia e insostenible basada en la maximización de beneficios y la máxima extracción del excedente originado en la explotación de la fuerza de trabajo y de la naturaleza-. Que deje un lugar al mercado (no capitalista) y bien regulado para el conjunto de bienes y servicios imposible –e innecesario- de planificar, y que estimule la iniciativa y creatividad de los miembros de la sociedad animando y prestigiando el trabajo colectivo con fines de utilidad social y desarrollo personal.

- Que conciba una planificación de la economía que evite los abusos y errores de viejas experiencias del denominado socialismo real. Que incluya planes de sostenibilidad y regeneración ecológica del sistema productivo empleando y diseñando los avances tecnológicos para un mejor uso más eficiente, de mínimo despilfarro, de las materias primas y energías, y que minimice los residuos y puedan ser reaprovechados en ciclos de producción sostenibles venideros.

- Que al tiempo que socialice los medios de producción estratégicos no impida la propiedad de los bienes de consumo básicos, y consiguientemente un ingreso universal garantizado, que garanticen la autonomía personal y familiar. Una política económica que asegure una redistribución de la riqueza y de las rentas impidiendo cualquier forma de explotación, dentro de los márgenes posibles.

- Que también haga posible una mayor disposición del tiempo libre con una redistribución de todo el trabajo y una reducción de la jornada laboral.

- Que incorpore una línea de expansión internacionalista y solidaria de esta política conformando cada vez mayores áreas regionales que integren a los pueblos en un desarrollo conjunto, de un modo que sea emancipatorio y autodeterminado en cada caso.


[1] La tasa de beneficio en puridad se mide como:
T.B= (plusvalía/capital variable)/((capital constante/capital variable)+1)
[2] .- De hasta 30 veces sus recursos propios en los Hedge Funds orientados a la compra de “valores-empresas en crisis”·. Estudio sobre la industria de Hedge Funds. CNMV.Febrero 2006.
[3] Álvarez Peralta, Ignacio (2007) “Financiarización, Nuevas Estrategias Empresariales y Dinámica Salarial. El caso de Francia entre 1980-2006” Universidad Complutense de Madrid. Septiembre de 2007
[4] “Las familias deben un billón de euros en hipotecas y la morosidad se ha triplicado en un año hasta el 2,5%. Un informe de ING señala que a partir del 15% de morosos, el sistema se derrumbaría. El presidente de Caixa Catalunya, Narcís Serra, no descarta que se llegue al 9% en esta crisis” Ramón Muñoz (23-11-08) “Cuando las cosas van de verdad mal”. El País.
[5] Gutiérrez, E. y Albarracín, D. (2008) “Financiarización y economía real: perspectivas de una crisis civilizatoria”. Viento Sur. Número 100.
[6] Álvarez, I. y Medialdea, B. (2008) “Financiarización, crisis económica y socialización de pérdidas”. Viento Sur. Número 100.