15/1/09

Reseña "Economía, Organización y Trabajo"




Reseña aparecida en Cuadernos de Relaciones Laborales



Núm. 17, 2000



Una introducción al fenómeno social del trabajo. De la sociología de las relaciones laborales a la crítica de la economía política del trabajo



ECONOMÍA, ORGANIZACIÓN Y TRABAJO:



un enfoque sociológico



(Coord. Castillo Mendoza; 1999, Madrid. Pirámide)





Colectivo Madrid



(Daniel Albarracín, Rafael Ibáñez, Mario Ortí y Alberto Piris)



Abril 2000





Gran parte de los esfuerzos de las ciencias sociales actuales, desoyendo el tradicional proverbio que nos advierte de la imposibilidad de «poner puertas al campo», parecen empeñados en dirigirse hacia la construcción de parcelas de la realidad social progresivamente fragmentadas, incomprensibles en unas sociedades contemporáneas cada vez más totalizantes y totalizadas. Unos cercados que oscilan entre la simplificación reduccionista de la dinámica social -bien hacia estáticas radiografías desenfocadas o bien en forma de ahistóricas proclamas futuristas, cuando no ambas- y la escisión particularista de los fenómenos sociales. Dos simplificaciones incapaces de tratar con la complejidad de una conflictiva sociedad en marcha y que por tanto no pueden sino producir elementos sin lazos, pedazos y añicos como máximo recompuestos en un puzzle artificial. Lejos queda la «promesa» de Wright Mills de una imaginación social totalizadora al servicio de la comprensión crítica de la sociedad capitalista. Esta compartimentación estanca y a menudo arbitraria de las ciencias sociales -por lo menos desde el punto de vista de su praxis- ha conducido a una situación en cierto modo semejante a la de un callejón sin salida. Parece que en las ciencias sociales de finales del siglo XX vuelven a estar de moda los artefactos técnicos (de la microeconomía a la psicometría pasando por los más diversos abusos de la encuesta estadística) que nos recuerdan a los instrumentos de la ciencia natural propios de otros tiempos. Como los catalejos -oportunos para la piratería del tecnócrata-, los microscopios -que mediante la asepsia científica confunde a los que no puede convencer-, o los caleidoscopios -propios de una postmodernidad que identifica complejidad con caos- que construyen unas anteojeras demasiado estrechas para cualquier visión crítica y global de la realidad social.





Frente a esta perspectiva, Economía, organización y trabajo está atravesada por una vocación de ser construida como una obra colectiva que trabaja, como la costurera al bordar sus prendas, un enlace de esas dinámicas conjuntas difíciles de adivinar sin una reflexión tan global como concreta, tan histórica como contemporánea. Y lo hace en la medida en que dirige su atención principal sobre el que ­-desde nuestra óptica- es uno de los núcleos fundamentales que vertebran las formaciones histórico-sociales capitalistas: los fenómenos que se articulan en torno a las relaciones salariales instituidas en el entramado histórico de las actuales relaciones de producción. Sin situarse en una perspectiva definitivamente marxista, es ésta una obra que trata de repensar la relación salarial a partir de la crítica de la tradición de los discursos ortodoxos de las ciencias sociales a lo largo del siglo XX. Sin duda, una tarea difícil de emprender y cuyo resultado, a pesar del formato de manual académico -pero crítico- y de un siempre complejo trabajo de autoría colectiva como el asumido por la obra, es bastante satisfactorio.





Porque indudablemente en este libro se realiza una extraordinaria labor de minucioso repaso teórico de los discursos de la ortodoxia que no evita tampoco una crítica que resulta siempre consistente, y está asimismo apoyada en ocasiones en la contextualización histórica del surgimiento de estos discursos como producto de una época y unos intereses sociales determinados. Un repaso en el que economía y sociología, divorciadas históricamente en su desarrollo como ciencias sociales, son convocadas a un reencuentro necesario que dentro de cada uno de los campos específicos abordados en los capítulos de esta obra fructifica ­-si bien con resultados desiguales- en una siempre deseable propuesta teórica de carácter sintético. Una aproximación que se produce en torno a las principales dimensiones del fenómeno sociomaterial del trabajo y que es planteada desde la teoría sociológica o económica en tanto que marcos teóricos pertinentes en el análisis de este objeto del trabajo. Un objeto que es también abordado a partir de las problematizaciones conceptuales -tratadas por escuelas distintas en el transcurso tenso de la historia y descritas minuciosamente en algún capítulo-, proponiendo una reflexión epistemológica sobre el mismo. De un modo específico, se aborda el debate teórico acerca del origen corporativo del capitalismo actual desde el punto de vista de la constitución de organizaciones en la sociedad. El proceso de trabajo es planteado, por una parte, desde las relaciones de poder y conflicto que entraña socialmente, mientras que por otra se revisan las relaciones internas en este proceso desde la construcción de las profesiones. Finalmente, se analiza el desarrollo de la «racionalidad económica», en su despliegue dentro de sucesivos paradigmas, como suelo ideológico que traduce su influencia sobre el empleo y la desarticulación de la clase obrera. En definitiva, muchos elementos que casi siempre sugieren, y por tanto a veces hacen añorar, una perspectiva de conjunto. Mucho más que la mayoría de los manuales al uso.








Un camino sociológico entre el empleo y el trabajo hacia la economía política.








Desde el punto de vista de su reconstrucción teórica, hay que destacar la amplitud con que en esta obra se intenta recorrer el desarrollo -conflictivo- de las diferentes escuelas de la teoría económica o sociológica. En ella se plantea una aproximación al surgimiento y transformación de las grandes perspectivas teóricas que parece estar orientada precisamente a subrayar el papel de estas perspectivas dentro de la construcción de los propios objetos empíricos de investigación en el campo de la economía, la sociología, el estudio de las organizaciones, del trabajo o la formación de las profesiones. El esfuerzo de síntesis teórica de esta obra podría servir como primer paso en la articulación de algunos de los elementos y categorías de análisis teórico actualmente imprescindibles para la comprensión crítica de las instituciones sociales de carácter formal o informal en torno al fenómeno que, desde una perspectiva marxiana, podemos denominar relación salarial. Una aproximación a la relación salarial y a sus transformaciones fundamental como perspectiva totalizadora que recupere la capacidad de las ciencias sociales para plantearse el rumbo de un capitalismo tardío precipitado en una ya larga crisis.





La obra se propone de esta manera un análisis exhaustivo de las visiones clásicas en torno a las dinámicas sociales del trabajo que -en el terreno de la teoría sociológica- nos lleva desde el funcionalismo durkheimiano a las aproximaciones comprehensivas de la tradición weberiana. Alcanzando a abarcar críticamente con respecto a sus desarrollos teóricos posteriores, tanto sus reformulaciones política e ideológicamente más progresivas (aquí recuperadas para otorgarles una atención frecuentemente ausente), como sus influencias en la renovación de las teorías sociológicas funcionalistas más abstractas y reificantes de la conflictiva complejidad de la realidad social. Un recorrido, realizado precisamente a través del camino que lleva de Talcott Parsons a las últimas reformulaciones -casi siempre ultraconservadoras- de las perspectivas sistémicas más formalmente rupturistas. De una manera semejante, esta obra cubre el campo de la teoría económica que va del keynesianismo al liberalismo, introduciendo la perspectiva marxiana en la interpretación de las dinámicas y conflictos en que se constituyen y enfrentan los sujetos sociales. De la teoría sociológica a las doctrinas económicas, el análisis tan intenso como extenso de su desarrollo que nos ofrece, trata ante todo de plantear cuál habría sido el proceso efectivo de su evolución conflictiva a lo largo del presente siglo. Situando en un lugar destacado, las líneas de disenso teórico que brotaron, señalaríamos por nuestra parte, en el periodo de entreguerras y la década de los 70 del siglo XX -especial e inevitablemente- al calor de los procesos correspondientes de transición o crisis de las fases del orden capitalista.





La preferencia por el papel vivificador de las corrientes críticas dentro de la teoría no puede en esta obra -auténtico elogio de la heterodoxia- ser ocultado por la dedicación de un mayor espacio al análisis -siempre crítico- de las doctrinas de la ortodoxia económica o sociológica. En cualquier caso, una tensión entre la doctrina de la ortodoxia y la herejía heterodoxa sin duda saludable en cualquier manual de ciencias sociales, pero imprescindible además en las propuestas que tratan de contribuir a una posible síntesis provisional dentro de su fragmentado campo. Y en Economía, organización y trabajo, esta tensión entre la academia y sus márgenes -por otra parte constitutiva de las teorías sobre lo social-, se recrea por tanto sistemáticamente desde un repaso por los tópicos con que las escuelas académicas clásicas han contribuido a la construcción de los objetos actualmente manejados por la sociología al uso. Ahora bien, aunque esta mención a las fuentes de autoridad forma parte inevitable del pago de la deuda de toda obra aspirante a manual, su confrontación sistemática con las posiciones críticas de la sociología o la economía, es sin embargo algo que no debe dejar de ser agradecido en su planteamiento y sin duda es un punto a favor hacia la orientación didáctica de la obra.





Y en ambos terrenos, la aportación de referencias teóricas, de autores diversos y de polémicas en la teoría, es tan amplia como exhaustiva la bibliografía sobre la que se apoya . Desde esta base, se fundamenta una propuesta de complementariedad entre escuelas enfrentadas dentro de un mismo espacio teórico -que no llega tampoco al eclecticismo- se convierte en proyecto de interdisciplinariedad. Por un lado, mediante la propuesta de una aproximación entre estas escuelas sociológicas y económicas hacia la economía política y su crítica; por otro, con el intento de rescate y confluencia del análisis estructural marxista de la dinámica de relaciones de producción, con respecto a las propuestas de inspiración más foucaultianas de una arqueología interpretativa de las construcciones de la significación que rigen el control -pero también el conflicto- discursivo en los espacios de la interacción social más inmediata. Una aproximación teórica que anuda cuidadosamente los principales hilos académicos, situando los primeros fundamentos teóricos para cualquier acercamiento tentativo que aspire a centrarse en los fenómenos sociales propuestos y que, en la medida en que desborda por la vía de la interdisciplinariedad, los estrechos cauces de la clausura escolástica de un manual convencional al uso, establece también algunas relaciones que permiten pensar éstas en la complejidad de una relación salarial que no se deja aprehender de modo definitivo por ninguna fundamentación teórica unilateral.








Una pluralidad de planteamientos teóricos en torno al fenómeno social del trabajo








A lo largo de los diferentes capítulos del texto se hace permanente referencia a las inflexiones y cambios de la totalidad social, sin embargo, debido al esfuerzo de síntesis teórica que detiene y centra en mayor medida este manual, tiene difícil cabida la reflexión más específicamente histórica en torno a las rupturas del modelo capitalista del siglo XX. Así, las aproximaciones más generalistas contenidas en los dos primeros capítulos del libro abordan, por un lado (en el caso de Armando Fernández Steinko), las claves de un necesario reencuentro entre dos disciplinas, la sociología y la teoría económica, escindidas tanto entre sí como de los procesos históricos reales, en gran medida -ndicaríamos por nuestra parte- por la fragmentación de las ciencias sociales provocada por los intereses ideológicos hegemónicos; y, por otro lado (en la contribución de Carlos Alberto Castillo Mendoza) la vasta terminología y los conjuntos diversos de escuelas que han tratado, habitualmente como espacios escindidos, las dinámicas que rodearían las relaciones de producción. La demanda y la apuesta compartida por ambas aproximaciones es la de recuperar una perspectiva que se atreva a ser generalista, centrada siempre en el papel de «lo político» en la regulación de lo social, y la de un enfoque sociológico que no puede armarse más que a través de una íntima relación con la economía política. Conscientes de que la convergencia posible no surgirá sencillamente desde nuevas fórmulas de eclecticismo teórico, este enfoque ha de ser más modesto y abierto en la construcción de sus objetos de estudio. Puesto que las divergencias (entre las disciplinas y entre diferentes corrientes dentro de cada una de ellas) no surgen de un simple problema de comunicación generado por la competencia académica sino que nacen fundamentalmente de las diferentes posiciones políticas e ideológicas de los investigadores.





En definitiva, la revisión crítica de la historia de la teoría social (a partir de la evolución de dos de sus disciplinas en el caso de Fernández Steinko y de la interrelación entre industria, empresa, organización y trabajo en el de Castillo Mendoza) intenta contribuir a la difícil tarea de realizar una interpretación generalista -fundamentalmente teórica- sobre los cambios en el desarrollo capitalista partiendo de la parcialidad de los distintos campos de análisis instituidos. Por ello se puede decir que los tres artículos más específicos del texto se centran en las respectivas limitaciones y la escasa coherencia interna de unos campos teóricos (los que se ocupan del estudio de las organizaciones, el conflicto laboral y las profesiones) que pese a defender su unidad trabajan en sus prácticas de investigación con planteamientos cada vez más interdisciplinares. Podríamos decir que para los autores es la crisis del modelo capitalista europeo de posguerra -que institucionalizó esos campos teóricos- lo que hace necesaria la renovación profunda de una división del trabajo académico que implícita o explícitamente llegaron a compartir buena parte de las corrientes críticas o heterodoxas de la economía y la sociología. A partir de ese objeto inabarcable del trabajo y la relación salarial, en la articulación del libro se ha optado por señalar las limitaciones de tres espacios académicos para comprender las dinámicas sociales nacidas de la crisis de los años 1970.





En primer lugar, Eduardo Ibarra Colado muestra la evolución de las teorías de la organización a partir de su papel como un cuerpo conflictivo de perspectivas y paradigmas que son producto y construyen, a un tiempo, el transcurrir del capitalismo corporativo. Este capítulo contiene una brillante articulación del análisis de Marx sobre el proceso laboral, las aproximaciones desde un weberianismo radical y las orientaciones de M. Foucault -cuya reutilización es pertinente para el autor tras los conflictos surgidos con la caída del muro de Berlín-. Postulando la síntesis de esas tres grandes corrientes como marco teórico sobre el que cimentar una revisión del trabajo en una sociedad atravesada por unas organizaciones que deben ser entendidas formando parte de un contexto y una dinámica «ecológicos» de interrelación, pero asimismo como activas corporaciones constructoras de realidad social. En segundo lugar, Graciana Dithurbide Yanguas aborda de un modo profundo los problemas en el análisis del conflicto laboral en el campo de las «relaciones industriales». Proponiendo precisamente desbordar la concepción de la subjetividad social y las identidades de clase tanto de las concepciones funcionalistas o sistémicas (que tienden a anular el papel de los sujetos sociales) como de las posiciones marxistas más economicistas (que las encierran en el estrecho marco de la posición en el proceso de producción). Tomando lo que hay de renovador en el análisis del conflicto laboral de la perspectiva neomarxista, critica sin embargo la tendencia a negar la centralidad del conflicto encerrado en torno a las relaciones de empleo matizando así la necesidad de contextualizar el análisis del conflicto laboral en ese espacio más amplio que constituye «el trato con la gente» inmerso en culturas colectivas a la vez amplias y concretas. Y, finalmente, el capítulo de Lucila Finkel se centra en la evolución de las teorías de las profesiones en relación con el problema de la tecnocracia, la gerencia y las ocupaciones, como un espacio también para pensar sobre una teoría genérica del trabajo. Recupera de esa historia magníficas referencias de autores clásicos que han permanecido relativamente aparcadas (como determinadas reflexiones de Durkheim) y que siguen siendo útiles para elaborar una teoría sobre el declive de las profesiones, complementando la tradición weberiana de la desprofesionalización y la bravermaniana de la proletarización de los profesionales.





La debilidad en la contextualización histórica de las interpretaciones más generalistas del libro, a la que hemos aludido anteriormente, hace que el capítulo final de Andrés Bilbao difícilmente pueda ser puesto en una relación tan estrecha con las aproximaciones teóricas previas, como las que éstas guardan entre sí. En este sentido, la tarea de este capítulo final es, como afirma Castillo Mendoza en la introducción, captar la específica historicidad de las cuestiones planteadas en los capítulos teóricos. Es decir, intentar poner en relación el paradigma liberal dominante con los procesos de cambio emergentes en el empleo y las consecuencias en la organización del trabajo. El capítulo recoge una síntesis de los análisis ya expuestos por el autor en otras obras sobre el funcionamiento y papel político de los tópicos neoliberales respecto a la plena precariedad del empleo, la centralidad de la política monetaria en la actualidad y respecto a una de sus principales consecuencias, la individuación y fragmentación de la clase obrera.





En definitiva, la obra contribuye a clarificar las posturas teóricas de un modo riguroso y crítico, una elaboración teórica que se realiza en clave de manual para iniciados en la temática del trabajo, que mediante una superposición de planos en tentativa inacabada de síntesis procura definir un estructurante y complejo fenómeno, progresivamente fragmentado, como es la relación salarial. En suma, un rescate brillante de categorías, reconstruidas y actualizadas, para el análisis social contemporáneo que nos prepara para su elaboración empírica y aplicación práctica.








1 Un repaso que arranca desde los clásicos (Smith, Marx, Durkheim, Weber, Keynes, Pareto, etc.), pasando por autores igualmente fundamentales aunque menos populares (Mayo, Fromm, Mouzelis, Pizzorno, Burawoy, Collins, Ehrenreich, Freidson, Abbot, Crouch etc.) o por otros más conocidos (Parsons, Merton, Mills, Braverman, etc.) y que llega a autores ya próximos en el tiempo (Foucault, Silverman, etc.).

1/1/09



NOTA SOBRE LOS NUEVOS BRACEROS DEL OCIO
(2006). Miño y Dávila Editores
Daniel Albarracín Sánchez
Marzo 2007


1. Lugar y camino habitados en la sociología del turismo

En la literatura especializada relacionada con el mundo del turismo y la hostelería se ha producido, al menos en la última década, una explosión de publicaciones caracterizadas por ser soporte de una visión promotora del negocio turístico y un singular énfasis en las proezas e iniciativas de modernización empresariales en la producción de una de las mercancías más singulares e idiosincrásicas de nuestro país: el servicio turístico. Se han desarrollado también prolijos esfuerzos por sistematizar información estadística, impulsadas desde instituciones oficiales, para dar cuenta de una de las primeras industrias nacionales, con un claro propósito de reflejar los éxitos económicos de un sector que hace a nuestro país una potencia puntera a escala mundial. Cuentos publicitarios y cuentas de éxito han vestido con glamour, de este modo, una actividad económica que emplea a más de 1.800.000 personas asalariadas, sin que apenas se refleje, en cambio, sus duras condiciones de empleo y trabajo.

La investigación de Mari Luz Castellanos y Andrés Pedreño emprende la tarea de cubrir el vacío existente en cuanto al análisis sociológico de los procesos de producción de estos servicios, planteado desde la óptica y situación de los y las asalariadas, así como se cuida de reconstruir y visibilizar los relatos, hasta ahora silenciados, que contradicen la imagen paradisíaca arrojada por los altavoces del capital turístico. Presenciamos una esmerada y reveladora investigación de orientación sectorial, que pondrá atención sobre las transformaciones productivas y los nuevos requerimientos competenciales para con la fuerza de trabajo moderna (o, según alguno de los pasajes, más bien posmoderna, sin que nombrarla así se confunda en ningún momento del texto con un universo de progreso), en particular, las exigencias de conductas relacionales y comunicacionales que los autores denominan inmateriales. Viene a ser, no sólo un excelente trabajo de perspectiva sociológica firmemente crítica sino también una reflexión sobre la naturaleza del cambio estructural y el llamado advenimiento –en este caso, amenaza- de una sociedad postindustrial, dando cuenta de la metamorfosis del trabajo, del papel y reestructuración neoliberal de las empresas –como meras piezas de un proceso de producción que ya no se contiene en ellas como unidades operativas básicas, sino que se difumina en redes de ancho, largo y a veces escondido alcance- y sus consecuencias en las relaciones de empleo.

Este estudio de los cambios competenciales y del proceso de producción de servicios en el sector turístico observará la incorporación de nuevas “habilidades” cuya virtualidad es la de, frente al reclamo de la atención al cliente y el servicio de calidad, desprofesionalizar y deteriorar el servicio para un mayor rédito o un más minimalista coste. Se expande así un tipo de actividad despersonalizada de requerimiento abstracto y estandarizado (lo comunicacional y emocional, la disponibilidad y la actitud entregada) que puede ser fácilmente desplegado con una ínfima formación, una decidida actitud dócil y próxima al vasallaje, y una gran resistencia física y mental insensible a la angustia. A consecuencia de esto los y las trabajadoras devienen mucho más intercambiables, polivalentes y formateados en serie, originando una movilidad laboral más fluida –en lo que refiere a la gestión de la fuerza de trabajo, en contra de la estabilidad laboral y la dignificación profesional-, con la inequívoca tendencia a la pérdida de fuerza estructural para la negociación de sus condiciones laborales y el deterioro observable de sus derechos sociales y sindicales.

Esto no vendrá a impedir que el desarrollo de dicho “trabajo inmaterial” (en la que se reúnen también amabilidad, empatía, adaptabilidad, afección por la empresa, atención constante, movilidad y polivalencia) como principal y novedosa exigencia de ejecución en las fábricas del ocio, tal y como los autores señalan, se venga a presentar con toda una lógica sistematizada de industrialización del trabajo vivo. Sistematización que puede tener dos caras: de manera formalizada a través de cursos de formateo de las habilidades de la fuerza de trabajo que reiteran el mantra de “todo para la atención al cliente, pero sin el cliente”; o bien de manera informal y desestructurada, pero igualmente degradante, a través de la rutinización y repetición velocísima de tareas en agregación y un servicio para un consumo de masas prestado por empresas familiares tipo “chiringuito”, poco familiarizadas con cualquier técnica eficiente, saludable e higiénica de servicio de calidad.


2. Marco reflexivo y metodológico: un objeto “onda-corpúsculo” como partícula significativa del holograma turístico español

Esta investigación, con un marco teórico encuadrado en el cruce híbrido de una clásica sociología crítica bravermaniana y la inclinación postmoderna influida por la novísima moda inmaterialista italiana (con nociones directamente permeadas por, o heredadas de, las ideas de Toni Negri), se zambulle en un trabajo empírico cualitativo que opta por navegar en los procesos en caliente y su textura viva, las relaciones, actitudes y discursos, dando un espacio protagonista al punto de vista obrero (los “nuevos braceros del ocio”), vacunada así del riesgo de deslizarse por la superficie helada del mero número. Se irá más allá de la descripción de dimensiones o evoluciones cifradas en estadísticas o de la fantasiosa y reluciente carcasa del discurso mercadotécnico, lográndose descifrar las tramas relacionales y transformaciones sociales estructurales y cualitativas en la que los sujetos muestran su rostro y verbalizan su palabra.

Su vía de aproximación y tratamiento empírico es el estudio de caso, escogiendo dos que, en principio, debieran ser extremos, y podrían ofrecer un contraste significativo. Así, se vendrá a estudiar la situación de un complejo turístico específico en la región de Murcia, La Manga Club, con una orientación de servicio elitista y de distinción, dando cuenta de todas sus actividades principales y auxiliares; para después analizar la situación de un modelo de oferta de masas, para un turista conformista y conformado, como es la que se constituye en la ciudad de Benidorm, en Alicante.

Los estudios de caso se detienen, mediante el empleo de la entrevista abierta en profundidad y mediante la observación participante o la revisión documental de revistas de organizaciones turísticas, en las diferentes redes de empresa de un mismo microuniverso turístico local –pero formado dentro de una estrategia compleja y completa-, y en sus diferentes fases de producción o, como se vendría a decir en ciertos ámbitos “la cadena de valor”, sea en sus actividades principales, hasta cierto punto más protegidas y reconocidas; o en las auxiliares, más exigidas y volátiles, más controladas y, en cualquier caso, menos recompensadas.

Se caracteriza integralmente la trama de actividades mutua y asimétricamente relacionadas de este ámbito económico y laboral, en dos segmentos en principio diferenciados. Se estudian las relaciones de empleo y trabajo y su presión sobre los y las trabajadoras y sus cuerpos respectivos, no sin antes haberles arrancado de sus comunidades de origen -el tradicional mundo rural agrario-, socializado en la estacional industria turística, y vulnerabilizado sus condiciones laborales hasta límites poco conocidos –por la invisibilización habitual de este plano, y por la reintensificada degradación habida en las últimas décadas-.

Acertadamente se observa el origen de este nuevo trabajo de servicios, que, comportando un valor de uso radicado en el ocio, ofrece una dinámica continuista de las condiciones de los braceros en el ámbito agrario. El proceso es uno más de los capítulos del paso de un modo de vida agrario a otro urbano, que conserva unas redes de dependencia muy viejas con una tutela de derechos debilitada. Abundante y trepidante trabajo manual al son del cuerpo uniformado, empleos itinerantes y commuting incesante, nómadas siempre con la cabeza en otro sitio porteadores de brazos y rostros sonrientes con imposible risa auténtica siguiendo el tren que pasa por las diferentes estaciones del clima, y nuevos requerimientos “inmateriales” para el trato con el cliente. Prácticas estandarizadas que definirán, en suma, el carácter básico de estas actividades que, presentadas como vanguardia de la sociedad moderna del ocio, no son más que la reproducción de una clásica e intensificada relación de explotación.

El estudio revela también la degradación de la empresa como unidad jurídico-organizativa empleadora de fuerza de trabajo. La disolución de la responsabilidad empresarial a través de las redes de subcontratación y de cesión de trabajadores a través de ETTs y, en su caso, el uso de empresas de servicio, o, por qué no, la economía informal, va a afectar de lleno a las condiciones de vida, trabajo y empleo de los colectivos asalariados y de pequeños empresarios o autónomos dependientes en el sector turístico.

A su vez, se analiza una zona residencial turística colindante a un club de golf, sus consecuencias en el territorio y en el tipo de comunidad específica que allí se asienta, las dualidades de inmigrantes regionales, internacionales y turistas en un espacio cada vez más artificioso; y el archipiélago amplísimo de trabajos adyacentes que se producen en torno a estas islas de lujo: actividades de ocio como el casino, servicios de mantenimiento y limpieza, inmobiliarias, etcétera. O bien en el caso de Benidorm, la primacía de los touroperadores internacionales sobre las empresas locales, la configuración total de un espacio turístico como oferta global y globalizada, las nuevas tendencias en restauración y hotelería, o en ocupaciones tan específicas, cuyo perfil se retrata aquí, como el que proporciona el hamaquero en las playas de estas localidades de sol y playa; el de portero de discoteca en los locales que están a su orilla; o los de los guías turísticos en sus distintos formatos, sea en su autonomía empresarial colectiva autogestionada, o en la subsumida en cadenas lideradas por touroperadores.


3. Apuntes para un diálogo respecto a la propuesta teórica de un valioso y valeroso trabajo empirista

La investigación, como hemos indicado, indaga las transformaciones producidas en las situaciones de trabajo y procesos de producción en los sectores de ocio. Estos adoptan un sistema de industrialización de la propia fuerza de trabajo en su disposición y adaptación a la cadena de servicios. En nuestra lectura, creemos que se da cuenta de cómo la fuerza de trabajo se va a disponer y adaptar como instrumento industrializado en orientación a culminar cada vez más servicios en forma mercancía, en un formato aparente y virtual de atención al cliente, con un contenido en la práctica despersonalizado y estandarizado, caracterizado por la presencia de sonrisas y miradas estudiadas, en la forma de mueca y maniquí agitados por una cadena de gestos reiterados y pautados.


El texto nos brinda la comparación de dos microuniversos y la indagación en los microrelatos de los y las trabajadoras insertos en ellos. En ese contraste, hay una búsqueda de tendencias globales. El estudio muestra pasajes significativos de las entrevistas que permiten reconocer los propios términos de los protagonistas afectados. Aunque la obra es coherente y muestra una visión sólida, parece arrojarse a veces al lector el habla literal del entrevistado, como si de su mismo relato pudiese desprenderse algo más, adivinándose una interpretación del discurso que no llega a culminarse, conformándose con su visibilización. Ahora bien, este esfuerzo descriptivo tiene una ventaja que combate la invisibilización tan extendida de estos procesos, por lo que tiene su valor intrínseco.

La virtud de un trabajo netamente empírico como este es la descripción de las intrahistorias y movimientos en proceso partiendo de una plantilla teórica. Pero ésta última, en vez de revisarla tras pasar por la experiencia de investigación, en cambio se perpetúa, para hacer de lo observado puro soporte de una idea preconcebida. Es más, los dos estudios de caso, en principio muy diferenciados, van a converger en la justificación de dicho modelo de explicación que, aunque potente y fecundo, se nos antoja apriorístico.

Se viene a afirmar, apropiada y valientemente, que presenciamos una industrialización del trabajo de ocio. No obstante, la perspectiva neorricardiana de esta obra, desarrollada al modo bravermaniano, fijará la atención en los cambios en los valores de uso de las situaciones de trabajo, pero no elabora análisis alguno sobre su envés: los procesos de mercantilización y formación de valores de cambio. En vez de analizar los procesos de mercantilización, de unas actividades que adoptan la forma de servicios en consonancia con la extensión de una sociedad superindustrial, va a enfatizarse una supuesta metamorfosis en la naturaleza de las situaciones de trabajo y en el tipo de rasgos concretos de los trabajos que habitan en la sociedad neocapitalista, sin más alcance que su descripción. Ahora el trabajo, según esta obra, devendría cada vez más inmaterial; se produce una revolución conceptual, ya anticipada por Antonio Negri con su teorización de los valores-afecto. No parece concebirse el análisis que propone la teoría laboral del valor, ni siquiera para pasar el veredicto de una impugnación, simplemente no se le pasa ni revista.

La romántica y poética reflexión sobre los “valores-afecto” –subyacente al texto, aunque presentada en forma crítica (se reclama el reconocimiento y triunfo del nuevo valor de uso inmaterial), y no apologética como hará Negri (que quiere confirmar una revolución mágica sobre el valor de cambio ya casi disuelto)-, es confusa. En primer lugar, todo proceso que transcurra en el tiempo y en el espacio es material. Lo inmaterial sólo es concebible desde parámetros idealistas, o no existe. Las relaciones, la comunicación, los afectos e ideas son producto del esfuerzo y la actividad humanas desplegadas en el tiempo y en el espacio, y aunque en algún caso su soporte y materialización físicas sean de poco peso, volumen o duración físicas, están presentes en los movimientos, en los contactos, en los textos, en los sentidos que registran estas interacciones, pero inequívocamente materiales-. En nada contribuye el hablar de lo “inmaterial”, pues hasta los valores representan la expresión simbólica y discursiva de prácticas materiales que les confieren sentido.

Si bien es cierto, que el contenido práctico de muchas ocupaciones concretas es cada vez más abstracto y simbólico, y la producción adopta la forma de servicios (suministro continuo y disponibilidad relacional permanente de “prestaciones y atenciones no acumulables”), esto no vendrá a interrumpir la lógica capitalista del valor, en términos de Marx, en modo alguno. El ciclo de la mercancía no se quiebra por cambios en la naturaleza de los valores de uso y en las actividades concretas de las situaciones de trabajo y producción. El valor de la mercancía será, en una sociedad capitalista, el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción en un contexto de intercambio, realización mercantil y explotación laboral. La forma de la mercancía adopta cada vez más la forma servicio, sustentada en una economía superindustrial e urbanizada que lo hace posible, y no se deja de desarrollar una relación capitalista en el marco de una sociedad y economía de mercado porque ésta adopte una apariencia fetiche de un tipo u otro.

A este respecto, el discurso de la inmaterialidad, sugestivo y valioso a la hora de realizar interesantes interrogantes, nos puede confundir, pues sólo, hasta la fecha, ofrece lagunas en sus respuestas. En efecto, hay pasajes, de mayor reflexión teórica, que asumen el prejuicio ricardiano, desarrollado hasta sus límites por Negri [(2001; Marx más allá de Marx. Akal. Madrid], que asimilan fuerza de trabajo y trabajo.

Es cierto que cada vez adquiere mayor importancia cómo se produce socialmente la fuerza de trabajo, esto es, cómo se desarrollan y aplican sistemas societales instituidos de conversión de la población en fuerza de trabajo disponible y potencialmente empleable y adaptable. O, dicho en los términos negrianos, que la sociedad produce desde su origen los cuerpos que la constituyen y pone a éstos a producir. Y que es preciso venir a discutir estos procesos si entramos a cuestionar el tipo de sociedad vigente. Es cierto también, que los contenidos del trabajo están sufriendo importantes metamorfosis, hacia dinámicas de mayor orientación simbólica-abstracta-transversal (empleo de códigos, uso de aplicaciones informáticas, desarrollo de habilidades comunicacionales y transversales, coordinativas y de autoplanificación, de uso transectorial, etc…). Nos parece, quizá, un error, sin más discusión, el admitir la teoría del valor-afecto, pues una de sus presunciones es la abolición de la necesaria transición y distancia entre fuerza de trabajo y trabajo efectivo. Ahora bien, a favor del texto hay que indicar que el libro simplemente desarrolla una crítica negativa sobre las “nuevas formas de explotación”, sin compartir el destino argumentativo de los inmaterialistas. A nuestro juicio, sigue vigente esta necesaria distinción entre fuerza de trabajo y trabajo, y dicho proceso de conversión es lo que hace que, en términos societales y sectoriales medios, sea el tiempo de trabajo socialmente necesario el que determine el valor y sobre el que oscilan los precios en los intercambios de la acumulación capitalista.

A este respecto, nos encontramos con una asunción, que conviene discutir, sobre el papel de los salarios variables. Según el texto, la predominancia de los salarios variables conlleva la fusión de fuerza de trabajo y trabajo (se asume la afirmación de Marazzi, 2003:33, pág. 196 del texto), y a los y las asalariadas, porque por tanto, se les remunera en función del trabajo efectivo. Es consabido que los cálculos de los salarios variables en términos medios ya están calculados de antemano por los empleadores, y que, si bien constituyen un estímulo y castigo individualizador para la plantilla como mecanismo de gestión de la organización del trabajo, ya anticipan el valor de la fuerza de trabajo específica de ese sector u ocupación. Dicho de otro modo, no es cierto que se remunere en términos generales, aunque lo parezca a escala individual, al salariado por su trabajo efectivo, sino que esto se realiza en función de la especificidad, cualificación, escasez relativa y disponibilidad de la fuerza de trabajo concreta (con su capital simbólico, cultural y relacional determinados)[1], en lo que influye las posibilidades de intercambiabilidad con fuerza de trabajo de otros subsectores afines, que se va a emplear; cabiendo también incluir factores que explican la distancia entre el valor de la fuerza de trabajo como mercancía y su precio (el salario) a dinámicas como su fuerza estructural de negociación, su papel en el aparato productivo global y su capacidad de interrumpirlo o condicionarlo, etc…


4. Una discusión sobre propuestas subyacentes

En el lado implícitamente propositivo del texto está la defensa de la dignidad profesional. Como argumento constituye una interesante estrategia útil al servicio de la acción sindical, desde una óptica de resistencia, en ausencia de otras líneas más ofensivas y un contexto de disputa más favorable. A este respecto, el contraste perpetuo con algunos segmentos de ocupaciones profesionalizadas –casi artesanales- de décadas pasadas, con la proliferación de empleos flexibles, industrializados, precarios, y descualificados tiene una potencia didáctica importante, pero una capacidad transformadora dudosa desde el análisis. La recuperación de las profesiones es coherente con una concepción del trabajo útil, enriquecida, cualificada, al servicio de las necesidades pero, en el propósito de un cambio de su naturaleza social, no puede reclamarse desde los parámetros de la vieja e irrecuperable era fordista. Tampoco pueden reclamarse elementos como la remuneración por antigüedad que, si bien son útiles para conservar derechos de los colectivos más mayores en ausencia de otros sistemas desarrollados y controlables más justos de valoración y reconocimiento (por ejemplo, la cualificación), son discriminatorios generacionalmente –en cuanto al género y las generaciones-; o la no movilidad laboral y la no polivalencia –ni siquiera a escala local, naturalmente regulando sus límites-, pues socavan posibles soluciones progresivas indudables. A veces no se piensa que sería muy interesante, y a veces la única vía de garantizar empleo estable y con derechos en el marco de actividades estacionales bien localizadas, una diversificación de la cualificación, y la posibilidad de una diversidad ocupacional que pueda desarrollarse a lo largo del año, eso sí con una relación laboral estable garantizada y protegida con derechos, limitando las cargas de trabajo, y que también exigiría cuestionar el modelo de intermediación laboral y el de empresa como sistema empleador.

Debe comenzarse por cuestionarse por dinámicas que puedan poner en jaque esa lógica: una acción sindical ofensiva con propuestas de cambio (reducción de la jornada laboral, ingreso universal garantizado, socialización del suelo, intermediación laboral en manos del sector público en colaboración con representantes de cada sector de actividad, etcétera) y no sólo de resistencia de defensa de derechos antiguos que, si bien positivos para algunas fracciones de los y las trabajadoras, deforman la posibilidad de solidaridad de clase; una organización adecuada al modo y el nivel en que se despliega el capital al día de hoy y en la forma en que se concentran y puedan vincular los y las trabajadoras, que obliga plantear formas más allá de la empresa –que ha acabado su papel como unidad operativa básica de producción-; y una acción pública responsable de la intermediación y gestión del empleo de la fuerza de trabajo, como salvaguarda de sus derechos de ciudadanía y propulsor del pleno empleo de calidad.

Es más, la defensa sin más de la profesionalización no significa más que el apoyo a los segmentos obreros corporativizables y blindables –generalmente masculinos, de edad avanzada e integrados-, en detrimento de los ya vulnerabilizados, y definitiva e irreversiblemente con empleos necesariamente sustituibles y transversales –y que coinciden con los colectivos que se quiere defender en el texto: mujeres, inmigrantes, jóvenes, pero que difícilmente alcanzarán, salvo por la vía estrecha de la promoción, a empleos de tal calibre-. En suma, la defensa de la profesionalización sin más ingredientes conlleva aceptar la carrera jerárquica a lo largo de la vida del viejo modelo fordista, y el embudo que entraña de por sí. El discurso de la profesionalización parece que podría compartirse en algún horizonte convergente con la búsqueda de la cualificación permanente, la garantía de estabilidad laboral, la acción pública y el control o participación de los y las trabajadoras, y así, junto a la lucha por un cambio institucional profundo, podría admitirse, pero mentarlo sin más parece insuficiente, desde una óptica transformadora.

Análogamente, las sugerencias en el texto de que las lógicas de resistencia (por ejemplo, el guía turístico autónomo colectivo) para el profesionalismo, como nuevo artesanado moderno, se deben basar en la autogestión es una vía de incierta supervivencia, dado que estas empresas autogestionadas serían coherentes con y sufrirían a largo plazo, sin interrumpir su lógica, la dinámica del mercado capitalista. Los cambios sociales profundos necesarios para una transformación cualitativa hacia una nueva sociedad no tienen atajos, deben alterar radicalmente la lógica de la mercancía, y romper con la relación salarial como vínculo constituyente de nuestra sociedad. Los escapismos en los huecos del sistema son posibles, y pueden servir para un ulterior “contraataque”, pero son, en cualquier caso, transitorios y vaporosos.


En definitiva, nos encontramos con un trabajo revelador, crítico, visibilizador que nos comunica las dinámicas laborales del sector turístico, desde una óptica de resistencia, a favor de los discursos obreros. Se trata, desde ya, de una referencia obligada en el análisis sectorial, recomendable para un uso sindical, para la discusión sobre los cambios en los sistemas de trabajo, empresa y empleo, y para un mejor conocimiento de la situación y condiciones de vida y trabajo de colectivos hasta ahora escondidos. A este respecto, felicitamos a su autor y autora por ofrecernos este excelente trabajo.



[1] Postone, Moishe (1993) Time, labor, and social domination. A reinterpretation of Marx’s critical theory. Cambridge University Press. En castellano (2006) Tiempo, trabajo y dominación social. Marcial Pons. Traducción de Jorge García López.

1/12/08



La miríada de las crisis y el crisol del cambio: Una aproximación a la llamada crisis financiera.
Daniel Albarracín y Eduardo Gutiérrez. 28 de Noviembre de 2008.

Cuando se nos pregunta acerca de la crisis económica en curso, debemos recordar que esta debe encuadrarse dentro de una crisis civilizatoria, ecológica y social, en medio de una crisis de materias primas básicas (agua, energía, alimentos), que, en el marco sociopolítico de unas relaciones sociales determinadas, constituyen el contexto del modelo económico y su dinámica.

Hasta hace muy poco en los países del Norte se vivía con autocomplacencia una ola de aparente bienestar que prometía un futuro providencial. En los últimos ocho años mencionar la crisis era propio de agoreros o de locos. Sin embargo, las contradicciones de aquella evolución desequilibrada ahora parecen estallar con unas dimensiones que cada día abofetean la incredulidad de aquellos que aún niegan lo evidente.

Primero, la negación, luego los eufemismos, y ahora los incrédulos realizan un ejercicio de escapismo para ocultar la profundidad de la crisis que, desde ya, nos va a acompañar unos cuantos años, aún cuando en los países periféricos forma parte de su modo de vida desde hace tiempo. Y es que la crisis es algo incómodo.

Se trata de una mala práctica la de sólo querer aproximarse a los problemas desde la constatación de sus síntomas. Se trata de una perversión cuando sólo se quiere abordar aquellos que afectan a intereses parciales, generalmente de índole privada.

Para comprender lo que le sucede a la civilización capitalista, tan incivilizada ella, conviene desplegar los diferentes planos de su dinámica. Porque crisis significa cambio. Si algo caracteriza al capitalismo es su transformación constante. Lo que no significa que su orientación nos satisfaga a sus víctimas. La crisis es connatural al capitalismo, comenzando desde la destrucción de viejas formas sociales (vida rural, relaciones antiguas, formas de convivencia, criterios de asignación socioeconómica) pasando por sus ondas de acumulación en forma de ciclos de larga y corta duración.

Está crisis comporta varias crisis al mismo tiempo. Sus dimensiones refieren, de manera más inmediata, al plano de la saturación de ciertas vetas de mercado, que acabaron su recorrido, tal y como representa la construcción y el mercado inmobiliario. Aquella veta supuso una oportunidad transitoria que respondía a una política financiera que para salir de viejas crisis, la del ciclo agotado en el 98 con las punto.com, planteó tipos de interés reales bajos y desregulación del sistema de crédito. A su vez, aquella situación derivaba de una anterior crisis, la de México 87, en la que los circuitos de extorsión internacional a través de la deuda se colapsaron. Los periodos de expansión débil de una fase siempre eran salidas en falso, de alivio transitorio, a una crisis que se escondía con anabolizantes, sin resolver sus problemas de fondo.

De manera más coyuntural también obedece a una crisis industrial periódica. En esta ocasión por saturación de varios mercados. Aunque ahora no es la causa principal. De fondo nos encontramos con las tensiones de la dinámica de acumulación con la presencia de resistencias estructurales para la ampliación de la tasa de rentabilidad. Sin embargo, tampoco ahora es la cuestión explicativa principal.

Efectivamente, la tasa de rentabilidad, indicador que clásicamente hemos analizado para dar cuenta del vigor de la acumulación ha desarrollado una tendencia singular. En los años 70 se vino abajo, y causó estragos en la industria. Los poderes optaron por conceder la hegemonía a parámetros de gestión neoliberal que impuso una nueva política económica. Una vez que la izquierda política y sindical se ha plegado a cambio de integrarse en espacios institucionalizados y con recursos para convertirse en mero agente consultivo, se han subordinado los derechos sociolaborales, la evolución de los salarios directos e indirectos, en favor de la intensificación de las plusvalías relativas. En los años noventa, no sin deteriorar severamente las condiciones sociolaborales de la mayoría de la clase trabajadora del Norte, y sacrificar las condiciones de subsistencia de los pueblos del Sur, las tasas de rentabilidad se incrementaron notablemente. En este comienzo de milenio estaban empezando a alcanzar los niveles de las décadas de la segunda posguerra mundial. Entonces, ¿esto avalaba las tesis de los analistas que afirmaban la incorporación a una nueva onda larga expansiva?. Pues no parece que sea así.

La remontada de la tasa de beneficio del capital se estaba gestando a cambio de larvar una crisis de inversión, seleccionando, racionalizando costes al milímetro, sólo aquella que proporcionasen mayores ratios de rentabilidad inmediata, a corto plazo. La crisis de demanda aún no se manifestaba, a pesar de que la moderación salarial y el recorte de derechos era la tónica, a cambio de que las familias trabajadoras (para obtener un ingreso ajustado para su integración social) dispusiesen más miembros para la explotación laboral, retrocediesen en la cantidad y libertad de uso de su tiempo libre, e hipotecasen sus cuentas con endeudamientos colosales, por ejemplo, en la partida de la compra de una vivienda.

La tasa de rentabilidad se entiende como el ratio que compara la tasa de explotación (la proporción en que el capital extrae el excedente del valor producido por la fuerza de trabajo) poniéndola en relación con la composición orgánica (la proporción entre inversión en capital constante –fijo y circulante- y capital variable –el fondo económico que emplea a la fuerza de trabajo-)[1]. Las condiciones del desarrollo capitalista se habían tensado al máximo, y si se rompía el frágil equilibrio plantearía un colapso del actual sistema ambiental-económico-institucional en cualquier momento.

Además, las tensiones de los ciclos, en un contexto en el que la rotación del capital se aceleraba, podían transferirse o derivarse transitoriamente en el tiempo o geográficamente, pero no evitarse. Los países centrales, como EEUU, podían derivar sus crisis a otros países dependientes, jugando con su divisa, su capacidad de negociación, merced a su hegemonía diplomática-militar, durante un tiempo, mientras acumulaban la deuda externa y pública de mayor envergadura del planeta. Asimismo, los Estados, empresas y familias se endeudaban, en un contexto de permisividad crediticia sin parangón, postergando hacia el futuro la asunción de sus responsabilidades económicas presentes.

En efecto, lo que caracteriza principalmente la actual crisis económica es, posiblemente, una generalización masiva del endeudamiento. En palabras técnicas, un apalancamiento financiero a gran escala. Como posiblemente sabrán, el apalancamiento financiero se basa en funcionar o invertir con recursos ajenos en una proporción tan alta, que pueden multiplicar por varias veces el nivel de los recursos propios, debilitando a éstos como garantía. Esta práctica permitía retrasar la explosión de muchos mecanismos notablemente exhaustos y desencajados.

Ahora bien, esta práctica en algunos casos ha ido incluso más allá. Este sería el caso de la proliferación de sociedades de inversión (fondos de inversión o hedge funds, capital riesgo, fondos soberanos, fondos de pensiones, fondos de grandes fortunas) que, con la complicidad, aportación y financiación de la banca, cajas de ahorros y empresas de seguros, movía y destinaba importantes volúmenes de capital a adquirir el accionariado de empresas rentables (o a prestar dinero con tasas de retorno escandalosamente altas), con niveles de apalancamiento que superan sus recursos propios varias veces[2]. Esto ha propiciado, que estos fondos hayan comprado (a base de préstamos muy por encima del capital propio) empresas (como Dinosol, El Arbol, TPI-Páginas Amarillas, Futura, Martinsa-Fadesa, UPS España, etc… ) a las que luego les han transferido su deuda –mediante primas de emisión, fusiones, compras de acciones propias, y otras operaciones societarias-, y han puesto las acciones compradas como garantía. Se han dedicado a racionalizar la actividad de esas empresas a niveles insospechados. Racionalización que ha derivado en segmentación de la empresa en un entramado de empresas auxiliares mediante la externalización y subcontratación sucesiva (de las partes más arriesgadas o menos rentables de la actividad), la venta de fragmentos de la empresa, el recorte de empleos, la intensificación de los ritmos de trabajo y la extensión del tiempo de trabajo, o mediante el vaciamiento de contenido del activo. Esto pone en peligro, ya lo ha puesto, la viabilidad y, ni que decir tiene, la capacidad de mantener la producción más útil y de calidad e impide una dinámica de innovación o de mejora. El propósito consiste en obtener rápida liquidez para dar más “valor al accionista” (en forma de dividendos) o al “obligacionista” (mediante la devolución de réditos del préstamo contraído).

La desregulación del sistema financiero ha hecho posible iniciativas de alto riesgo, en un contexto de bajos tipos de interés reales donde la industria financiera, para obtener masas de beneficio con márgenes financieros bajos, optaron por conceder créditos de cualquier manera. Mientras tanto los bancos centrales hacían dejación del control básico, y así prácticamente desaparecían los coeficientes de cajas y las reservas obligatorias para hacer frente a la devolución de depósitos o para hacer frente a problemas de capitalización en situaciones adversas. Además, la regulación financiera hizo una apuesta radical por facilitar la movilidad del capital, por desfiscalizar sus inversiones, por no condicionar ni supervisar sus conductas, y por ser completamente permisivos con la presencia de espacios sin impuestos como son los paraísos fiscales que coartaban la eficacia y propósito de cualquier normativa reguladora, chantajeando así a los Estados para flexibilizar más cualquier condición al capital financiero.

En estas condiciones, muchos analistas han querido explicar la crisis como una mera crisis de liquidez. Es decir, como un problema de cortocircuito del crédito, por un problema de confianza y de gestión de los propios fondos de tesorería y liquidez.

Sin embargo, la crisis de liquidez no es sino consecuencia de una crisis de solvencia de unas proporciones desconocidas hasta ahora. Cuando la mayor parte de los agentes económicos han puesto al límite su funcionamiento por unos niveles de endeudamiento difícilmente sostenibles, los problemas no podían sino estallar más tarde o más temprano. Y ha estallado ahora. Las cosas podían seguir adelante mientras los ingresos periódicos pudiesen cubrir las obligaciones de devolución de los compromisos adquiridos. Basta con que algunos mercados se desaceleren para que la economía se desplome como un edificio de naipes.

Esta nueva estructuración del desarrollo capitalista ha imprimido, al menos en los últimos diez años, una dinámica singular. Hasta ahora la tasa de rentabilidad, confirmación de la obtención de un retorno por la inversión, e indicador que movilizaba el excedente hacia esa inversión, era la referencia de la acumulación de capital. Ahora bien, con la extensión de los privilegios a los inversores capitalistas, y a las sociedades gestoras de sus fondos o con el marco jurídico protector de las corporaciones o sociedades anónimas (leyes concursales, derecho mercantil, etc…) el universo de intereses de la empresa hasta ahora conocido ha sido profundamente alterado por un cambio de prioridades. Efectivamente, ahora las empresas no buscan simplemente un beneficio en sí mismo sino que éste es tan sólo un instrumento para proporcionar dividendos o intereses a accionistas y prestamistas (el capital financiero) totalmente indiferente a los procesos socialmente productivos.

Es decir, una creciente proporción de la tasa de beneficio se retiene para proporcionar ese “valor para el accionista”, o interés para el obligacionista, impidiendo que el excedente se reincorpore a la inversión, en forma de mantenimiento, expansión productiva, o innovación tecnológica. Nos encontramos con que no sólo se presiona al incremento de la tasa de explotación, sino también a la moderación de la evolución de la composición orgánica del capital. Se adelgaza la capacidad productiva en aras de que el cogollo productivo que queda después de la purga de las áreas de menor o más volátil rentabilidad, sea lo más rentable posible en poco tiempo. Ese excedente simplemente engrosaría las cuentas de una clase capitalista financiera aventurera y depredadora.

Se habla, así, de una tasa de beneficio retenido[3], pulverizando la capacidad de la masa de beneficio de animar la acumulación, la inversión y el crecimiento, como antes, porque simplemente desvía gran parte del excedente para engrosar las arcas del Management financiero.


El sistema financiero, en este contexto, empieza a padecer los riesgos en que había incurrido. La morosidad empieza a repuntar[4]. Las sociedades de inversión observan como les aprietan sus obligaciones de pago, y las empresas ya no pueden reportar tasas de retorno de un 20% como les exigían los prestamistas. Empresas, como Ono, con mayoría accionarial de fondos de inversión, en una empresa cada vez más rentable y puntera, exigen mayores ganancias, y recortan en 1300 personas su plantilla.

Así, una crisis de fondo y una crisis coyuntural se combinan con una financiarización de la economía de un modo fatal[5].

La manera de afrontar este cataclismo ha sido la intervención del Estado que transfiere el problema de la banca –que no es el sector más afectado y que además es un agente directamente responsable que ha causado la situación- a las cuentas públicas. También se propone apoyar al sector automovilístico. ¿Cuál será el siguiente sector?. O darle a la maquinita de crear moneda (EEUU). Pero el alivio de la liquidez no resuelve el formidable problema de solvencia generalizado. Sólo encaja un problema del sector privado en el presupuesto público. Para el año próximo alcanzará el 4% del déficit público el presupuesto español. Ha sido la crisis y no los movimientos sociales quienes derrumban el Plan de Estabilidad de la UE.

Hasta ahora, los diferentes países, y el G-20 sólo han discutido sobre la modalidad de socialización de pérdidas[6] a emprender. Unos apuestan por comprar activos (de mayor o menor calidad), otros por comprar acciones y participar en un rincón, sin hacer ruido, en los consejos de administración. La UE plantea reducir impuestos ¿y qué pasará con las políticas sociales del Estado?. Las nacionalizaciones sólo se plantean para salvar a la tecnostructura (gestores de y directores de empresas) responsables de la situación. Los poderes no se plantean decididamente socializar los sectores estratégicos, intervenir los mercados, y planificar aspectos fundamentales de la economía con criterios que reestablezcan una asignación de recursos solvente y, mucho menos, orientada a la satisfacción de necesidades sociales o a garantizar la sostenibilidad medioambiental. La bolsa, ha caído más profundamente que en 1929, y ésta sólo expresa un síntoma de expectativas a corto y medio plazo sobre la crisis. Una crisis capitalista más profunda que ninguna anterior.

El desenfoque de la izquierda.

La izquierda se ha enfrentado a este tipo de fenómenos, en términos generales, con una suerte entre el desconocimiento y la simplificación, sin referirnos a aquellos que apostaron por contribuir a gestionar compasivamente una política neoliberal. La economía no deja de ser un aspecto social y político central de nuestras vidas, pero ante su relativa complejidad se abandonó el intento de su comprensión. Así las cosas, ha sido muy frecuente escuchar afirmaciones sumarias que localizaban el espacio financiero en un lugar etéreo casi fuera del mundo. Se ha dicho que el capital, abandonando la baja rentabilidad de una economía real, se escapaba al mundo de las finanzas. Ese “otro lugar” se presentaba como un espacio de intercambios de papeles sin más abonado a una especulación, sin explicar por tanto el origen de sus fabulosas ganancias. Con estas poco fundadas metáforas al llegar la crisis muchos se han conformado con contemplar el desplome que, según ellos, sólo afectaría a esos usureros especuladores como si se encontrasen al margen de nuestra realidad y no nos llevasen consigo.

Pues no, no es así. No existe un “más allá financiero”, sino que éste está siempre más acá. Lo que ha sucedido con la esfera financiera es que la desregulación de dicho ámbito y la fluidez de su movilidad permiten que el capital financiero cambie con mayor agilidad de actividad en busca de mayor rentabilidad. Además, la regulación flexible ha abierto ciertos vacíos propicios al fraude alegal (por ejemplo, compra de empresas mediante apalancamiento financiero para luego trocearlas y vaciarlas, con nuevas prácticas de desinversión rentable) que pueden ocasionar la quiebra injustificada de empresas viables, socialmente útiles o el desmantelamiento de empresas rentables. En suma, si la esfera financiera, como pasivo, se viene abajo, arrastra a la economía, como activo, siguiendo la metáfora contable.

Desde la izquierda se ha hablado sobremanera de la especulación (inmobiliaria, financiera, comercial, etc…) como causante de todos los males que nos aquejan. Sin embargo, la razón de la “alteración de los precios” (sea de vivienda, del tipo de interés, o del precio de venta al público) no puede atribuirse al juego oportunista de intermediarios en un intercambio, sino a un auténtico ejercicio de poder. Efectivamente, en los “mercados” (que desde luego no son igualmente libres para todos), hay algunos actores que pueden imponer en la negociación sus condiciones. Esto es, si sólo denunciamos la especulación desenfocamos y vaciamos de contenido nuestra comprensión de lo que sucede. Y además corremos el riesgo de hacer pensar que, si no hubiese oportunismos e información asimétrica, el mercado funcionaría por sí mismo correctamente. Nos olvidaríamos de que el problema no es, por otro lado, el mal fluir del mercado, sino el marco capitalista en el que este se despliega, con unas relaciones sociales desiguales determinadas (entre clases sociales, entre unidades productivas, etc…) que se basan en un sistema social complejo que no refiere precisamente a un intercambio, sino a una forma de dominación y explotación.

Una necesaria respuesta política organizada desde la izquierda anticapitalista

Muchos anhelan fáciles recetas para salir de esta crisis, en la que los principales causantes ya están pergeñando estrategias para blindarse y derivar a los más débiles sus consecuencias. La estrategia de las clases dominantes y sus adláteres consiste en: una intervención del Estado que lleve a cabo una socialización de pérdidas, cargando a la espalda de los y las trabajadoras los desaguisados privados; y en monopolizar las áreas de actividad que son más necesarias para la población y para el desarrollo socioeconómico (energía, comunicaciones, alimentación, materias primas, etc…). Los gobiernos, financiados y apoyados por intereses privados, responderán con un condicionamiento mínimo para proveer con fondos públicos a las grandes corporaciones. Precisamente esas grandes corporaciones, reeditarán – aún lo siguen haciendo - y profundizarán la extracción de plusvalía por vías financieras, de rentabilidad económica y de racionalización o incluso destrucción del aparato productivo, de una manera poco sensible a la sostenibilidad ecológica y social, más allá de lo que las fuerzas sociales impongan con movilizaciones a la ofensiva. Los gobiernos, en esta democracia burguesa de baja intensidad, harán regresar fórmulas de desfiscalización del capital y de las clases dominantes; reformas que hagan retroceder los salarios directos e indirectos, las políticas de bienestar social, o inclusive los derechos sociales y políticos que puedan incomodar al proceso de acumulación capitalista.

Desde las organizaciones políticas favorables a las clases trabajadoras, las organizaciones sindicales y los movimientos sociales es más importante que nunca agruparse para levantar un programa de acción que combata esta dinámica.

- En primer lugar, hay que cuestionar las relaciones de poder institucionales, jurídico-políticas e ideológicas que conducen una economía y relaciones sociales en contra de la inmensa mayoría de la población mundial. Esta es la tarea previa, como condición necesaria, a todas las demás.

- A partir de ahí hay que poner en práctica, paralelamente, una dinámica democratizadora constituyente y participativa que abra paso a nuevas instituciones populares.

- Que pongan la economía y sus sectores estratégicos (sistema financiero, energía, comunicaciones, alimentación, vivienda, educación, sanidad, etc…) bajo una planificación democrática descentralizada de grandes líneas que decida cuáles son las áreas de inversión socialmente idóneas, y que garantice una eficiencia y solvencia productiva –frente a una gestión burocrática o una producción sucia e insostenible basada en la maximización de beneficios y la máxima extracción del excedente originado en la explotación de la fuerza de trabajo y de la naturaleza-. Que deje un lugar al mercado (no capitalista) y bien regulado para el conjunto de bienes y servicios imposible –e innecesario- de planificar, y que estimule la iniciativa y creatividad de los miembros de la sociedad animando y prestigiando el trabajo colectivo con fines de utilidad social y desarrollo personal.

- Que conciba una planificación de la economía que evite los abusos y errores de viejas experiencias del denominado socialismo real. Que incluya planes de sostenibilidad y regeneración ecológica del sistema productivo empleando y diseñando los avances tecnológicos para un mejor uso más eficiente, de mínimo despilfarro, de las materias primas y energías, y que minimice los residuos y puedan ser reaprovechados en ciclos de producción sostenibles venideros.

- Que al tiempo que socialice los medios de producción estratégicos no impida la propiedad de los bienes de consumo básicos, y consiguientemente un ingreso universal garantizado, que garanticen la autonomía personal y familiar. Una política económica que asegure una redistribución de la riqueza y de las rentas impidiendo cualquier forma de explotación, dentro de los márgenes posibles.

- Que también haga posible una mayor disposición del tiempo libre con una redistribución de todo el trabajo y una reducción de la jornada laboral.

- Que incorpore una línea de expansión internacionalista y solidaria de esta política conformando cada vez mayores áreas regionales que integren a los pueblos en un desarrollo conjunto, de un modo que sea emancipatorio y autodeterminado en cada caso.


[1] La tasa de beneficio en puridad se mide como:
T.B= (plusvalía/capital variable)/((capital constante/capital variable)+1)
[2] .- De hasta 30 veces sus recursos propios en los Hedge Funds orientados a la compra de “valores-empresas en crisis”·. Estudio sobre la industria de Hedge Funds. CNMV.Febrero 2006.
[3] Álvarez Peralta, Ignacio (2007) “Financiarización, Nuevas Estrategias Empresariales y Dinámica Salarial. El caso de Francia entre 1980-2006” Universidad Complutense de Madrid. Septiembre de 2007
[4] “Las familias deben un billón de euros en hipotecas y la morosidad se ha triplicado en un año hasta el 2,5%. Un informe de ING señala que a partir del 15% de morosos, el sistema se derrumbaría. El presidente de Caixa Catalunya, Narcís Serra, no descarta que se llegue al 9% en esta crisis” Ramón Muñoz (23-11-08) “Cuando las cosas van de verdad mal”. El País.
[5] Gutiérrez, E. y Albarracín, D. (2008) “Financiarización y economía real: perspectivas de una crisis civilizatoria”. Viento Sur. Número 100.
[6] Álvarez, I. y Medialdea, B. (2008) “Financiarización, crisis económica y socialización de pérdidas”. Viento Sur. Número 100.

23/11/08

Nace Izquierda Anticapitalista



Este fin de semana, el 22 de Noviembre de 2008, nació una nueva formación política. Su nombre es Izquierda Anticapitalista.

Se trata de una iniciativa abierta por Espacio Alternativo como respuesta a la situación crítica del sistema, el vacío de organizaciones de izquierda revolucionaria que articulen un proyecto creíble, radical y plural, y al calor de la reciente ola de crecimiento de formaciones de izquierda de combate en Francia (con el Nuevo Partido Anticapitalista a su cabeza), en Portugal o Alemania, entre otros lugares de Europa.

Espacio Alternativo, con una presencia activa en los movimientos sociales y con un método de trabajo colectivo ligado al marxismo revolucionario e internacionalista, abierto a las nuevas problemáticas del capitalismo, comprometido con las luchas de los y las trabajadoras, con una conciencia ecológica, feminista y con una actitud en absoluto sectaria, invita a construir la esperanza en el próximo periodo.

Izquierda Anticapitalista apuesta por continuar su lucha codo con codo con los movimientos obrero y sociales y para ello emprende una campaña de combate contra el capitalismo global en Europa, recogiendo firmas para la presentación en las próximas Elecciones Europeas de Junio de 2009.

En este periodo se elaborará un programa que luego será presentado a todas las personas y grupos de la izquierda transformadora, para que puedan sumarse a este proyecto, y en el que se puedan debatir mejoras en su definición. El propósito es dar un paso que contribuya al fortalecimiento y visibilización de opciones que apuestan por una transformación radical del sistema capitalista, de la cultura patriarcal, y que cambien las dinámicas que ponen en cuestión la viabilidad ecológica del planeta. Y para ello es imprescindible la suma de todos y todas aquellas que quieren construir un polo anticapitalista.

El paso dado plantea las próximas elecciones como un movimiento táctico, sin distraer nuestro trabajo en las luchas cotidianas, en el fortalecimiento de un sujeto antagonista plural.

Esperamos que la experiencia contribuya a avanzar en el alzamiento y agrupamiento de las personas y organizaciones antisistema, con una vocación que apuesta por la superación del capitalismo, con un compromiso de cambiar un mundo injusto e inviable en sus actuales parámetros.

Un proyecto ilusionante, por el cual vamos a luchar sin descanso.

Desde ya, a aquellas personas que aún les conmueve las cosas insoportables de este sistema, este es un llamamiento a sumarse generosamente en esta causa.

Saludos solidarios,
Daniel Albarracín

1/11/08

Financiarización y Crisis: ¿Hacia un nuevo ciclo sistémico de acumulación?. (5/5)







Financiarización y ¿nuevo ciclo de acumulación?


Eduardo Gutiérrez y Daniel Albarracín


5. ¿Crisis y transición hacia un nuevo ciclo sistémico de acumulación?

La crisis señal (Arrigui, G; 1999) expresada en 1970, la acumulación rampante y la hipertrofia financiera posterior no son sino signos de un posible cambio en el curso de la historia capitalista. Nada permite presagiar un único escenario de futuro ni mucho menos sus rasgos con precisión. No hay mecanicismo en la historia ni menos aún linealidad. No obstante el alcance de la crisis actual advierte de una tensión de gigantescas proporciones cuyos puntos extremos de posibilidad pueden, al menos, reflexionarse y discutirse.

En primer lugar, la tasa de beneficio en los países industrializados tuvo un descenso notable desde fines de los 60, se atravesó una crisis sangrante en los años 70 y se sustituyó la política keynesiana por una de orientación neoliberal, que privatizando bienes comunes y públicos permitió una recuperación desde los años 90, a niveles insuficientes tanto para recuperar la tasa de acumulación y crecimiento a una escala comparable al periodo de posguerra como, mucho menos, inaugurar una nueva onda larga de prosperidad en una espiral duradera (Albarracín, J.; 1994). Por otro lado, la hipertrofia financiera ha supuesto al mismo tiempo un lastre para la reinversión del excedente (se ha retenido parte de este para remunerar al capital financiero) como un impulso a la apropiación creciente de esa misma fracción de la masa de beneficios extraída al trabajo.

Cabría pensar una dinámica en lo sucesivo de crisis periódicas, ciclos industriales de corta duración, cada vez más profundas y prolongadas, y recuperaciones cada vez más efímeras y débiles. Como el “sueño de Schumpeter” (1942) (el heroísmo del emprendedor innovador) se viene abajo, es posible que una parte del capital haya apostado por una pesadilla: la destrucción “creadora”[1], en su versión más cruda. Ahora bien, esa destrucción no parece que vaya a tener lugar sin costes sociales ni costes sistémicos para muchas otras fracciones del capital, y sólo se producirá tras una eliminación de una gran parte del capital productivo o de la competencia. Por el contrario, parece que la destrucción sólo cabría definirla como de “apropiativa” por parte de minorías blindadas de las clases dominantes, porque al tiempo que se elimina competidores y capacidad productiva apenas se crea nada nuevo ni mejor.

En este sentido, no parece convincente admitir que los agentes y sujetos de la burguesía no estén previendo esta prognosis, que no estén diagnosticando con inteligencia la situación, ni mucho menos que estén haciendo dejación de una estrategia. Bien es cierto que la sociedad capitalista da mucho margen al desorden, que el mercado es propicio para la exuberancia o el estrangulamiento siempre desequilibrantes y más de las veces contraproducentes, que entre la burguesía hay muchos grupos que responden a intereses no siempre convergentes, y que las fracciones del capital pueden colisionar en ocasiones entre sí.

En esta línea de reflexión parece que los agentes de la burguesía no pueden alterar la inercia del desarrollo capitalista a la crisis sistémica y la degradación socioeconómica cíclica. Pero al menos una parte de ellos cuentan con un diagnóstico y han inaugurado una serie de medidas y acciones empresariales y políticas para blindarse ante la crisis y tratar de derivar hacia otros segmentos sociales los costes de esta fase entre la ralentización, la parálisis y la depresión.

Si la exuberancia del capital financiero de los últimos veinte años obedece a una huída de la inversiones industriales y comerciales tradicionales[2], con rentabilidades cada vez más dudosas y rampantes, y agotadas las oportunidades que prometían áreas de negocios “prometedoras y tecnológicamente innovadoras” (las punto.com, por ejemplo); o las áreas económicas emergentes en los países del Sur y del Este; o el fin de la burbuja inmobiliaria y el refugio del suelo y la vivienda, con un vuelo más corto de lo esperado, el capital dominante corporativo y transnacionalizado ha orientado su liquidez a invertir en actividades muy distintas, desde luego más rentables.

A este respecto, mientras se “espera” que algún día aparezcan de nuevo las condiciones para una nueva onda larga, cuyas características, como decimos, no parecen presentarse de momento, una fracción de la burguesía y agentes afines a ella, han decidido reorientar sus inversiones. El capital dominante piensa que aún puede dársele una vuelta de tuerca al mercado global liberalizado, y lo que podemos llamar la “transición corporativa”, muestra que las grandes compañías económico-financieras se están posicionando desde hace años para encarar con grandes inversiones la denominada “geopolítica de la escasez”. El propósito de esta estrategia y sus inversiones, sustentadas también en iniciativas y presiones políticas innegables, es garantizar y blindar su rentabilidad en áreas de negocio que cumplen ciertos rasgos:

- Tienen una demanda inelástica y son bienes de necesidad social fundamental. Dentro de esto puede referirse a bienes naturales esenciales (energías clásicas como el petróleo, materias primas como el agua, o la propia industria alimentaria) o a bienes de naturaleza pública hasta ahora ostentados por los Estados-Nación, cuyo papel está en retroceso. La aplicación de títulos de propiedad sobre bienes naturales hasta ahora sin propietario, o las privatizaciones de bienes hasta ahora públicos o comunitarios responden a esta tendencia.

- Son bienes cuya necesidad puede ser también inelástica en función de la manipulación y alteración de ciertos parámetros. Por ejemplo, los servicios sanitarios o la industria de la salud, la seguridad privada, o la industria armamentística. En efecto, el miedo y la represión pueden “generar fantasmas cuyo espectro se presenta como necesidad” (como lo ha hecho la publicidad excitando el deseo en el ámbito del consumo privado), pues basta con infundir temor o inventar peligros, enfermedades o enemigos para que la sociedad estime oportuno gastar en este tipo de mercancías. Dentro de este capítulo cabe incluir también esferas delictivas: narcotráfico, tráfico de armas, mafias, etc…[3] El nivel de institucionalización puede ser muy diferente dentro de este campo.

- Apropiarse –violentamente o no- y concentrar la propiedad de bases fundamentales de producción del ciclo actual y de un posible ciclo futuro de acumulación, en aras de blindarse ante las crisis. En efecto, el fin de la era del petróleo ya tiene un horizonte más cercano. Y constituye una auténtica oportunidad acaparar todas las reservas para incrementar los precios de una materia prima tan preciada, así como dominar las posibles energías que la puedan sustituir, para dosificar su incorporación a los mercados con la mayor rentabilidad posible. Un ejemplo adelantado de estos movimientos del capital multinacional corporativizado es la inundación de Brasil con inversiones en la agro-industria del etanol, que en tan sólo el 2006, recibió inversiones extranjeras por un valor de 6.000 millones de dólares (GRAIN,2007)

- Como siempre, la energía esta íntimamente vinculada a la historia del capitalismo: La apuesta por la energía nuclear da tiempo para hacer rentable a otras energías alternativas hoy por hoy costosas, pero que un día en ausencia de otra alternativa, a la desregulación campante en la economía-mundo, están siendo acaparadas y pueden serles muy rentables, a la fracción dominante de la burguesía corporativa trasnacional, y lamentables para la población mundial.

Esta estrategia monopolística ya es ejercida en otros campos por parte de grandes corporaciones transnacionales, que viene acompañada de potentes presiones para los poderes públicos y demás agentes políticos. La apuesta por los, también no sustentables, agrocombustibles de las grandes corporaciones capitalistas dominantes (energéticas, terratenientes y financieras), es una de las más preocupantes. La comunidad de expertos agrícolas manifiesta de forma rotunda que: “el aumento de los precios del petróleo está generando una nueva y descomunal amenaza a la diversidad biológica de la tierra”, “conforme se deteriore la seguridad energética, también se deteriora la seguridad alimentaria mundial, de hecho las reservas mundiales de grano (se habla de las de petróleo o gas, pero no de estas) están en el 2006 el nivel mas bajo desde hace 24 años. Cuando la producción mundial de cereales alcanzó en el 2006 los 1.967 millones de tn, en EEUU ya un año después, se transformaron más de 80 millones de tn en carburantes. Así las cosas, en el medio plazo (3-5 años), la disyuntiva será: gasolina o alimentos, si la migración de las grandes corporaciones capitalistas hacia los agrocombustibles progresa, como ya lo esta haciendo en los últimos 5 años” (GRAIN,2007).

La actitud que los gobiernos democráticos occidentales vienen mostrando no está a la altura de los riesgos potenciales, en especial respecto de la segunda “revolución verde”, que nos venden los mismos de la primera (Monsanto, Dupont, Bayer, Dow,….), que se dedican “generosamente” a la “museificación de la información” genética, el primer paso hacia su sustitución diseñada por la ingeniería corporativa transnacional de las multinacionales de la agro-energía. El dominio sobre un bien ya muy escaso como el agua potable también va en esta línea. La centralización de la industria alimentaria poniendo en juego la soberanía de la población sobre un bien básico también responde a todo esto.

En suma, el propósito de las grandes corporaciones capitalistas es llevar sus negocios directamente al tuétano de los bienes y servicios fundamentales de la población del planeta, haciendo inviable una sociedad mínima y dignamente civilizada.

Por otro lado, parece que los riesgos sistémicos, de alcance internacional, sólo pueden tener una respuesta políticamente coherente con un proyecto civilizatorio para todo el planeta, desde un nivel transnacional. Pero, no es casual que los países aventajados del mundo se hayan encargado de reactivar o actualizar (G8) las antiguas instituciones del Consenso de Washington para convertirlo en el club de discusión y toma de decisiones de los poderes fácticos (estatales y de las grandes corporaciones privadas de los países más influyentes). Ese “gobierno mundial” no es, sin embargo, el gobierno de todos, sino el de unos pocos sobre todos los demás. Y en la actualidad el mundo está troquelado en bloques y áreas regionales que compiten entre sí. También cabe augurar fuertes tensiones para configurar cualquier línea sostenida de dicha “oligarquía autoritaria mundial”, sin poder descartar conflictos diplomáticos constantes, y una continuación de la lucha económica competitiva mundial por otras vías.

La transición en plena crisis de la señal financiera, como hemos expuesto, ya están siendo exploradas, y en algunas zonas del mundo ya han tenido cierto recorrido, y no puede dejar impasibles a ningún grupo social, porque sus efectos serán visibles en unos años, y en muchas áreas y poblaciones tienen sus consecuencias, a veces devastadoras, hoy día (Irak, África, América Latina, Irán, etc…). De igual modo, las clases subalternas están en el ojo del huracán, tanto como víctimas del deterioro de sus condiciones de vida como posibles protagonistas que combatan su explotación y dominación.

Pero de igual de modo que las clases dominantes persiguen “soluciones” a sus problemas, las clases dominadas, con sus diferentes segmentos, también ofrecerán sus resistencias y construirán alternativas. Nada está escrito en la historia y ésta debe aún redactarse posiblemente, con la destreza de la inteligencia y la sabiduría, pero también, con el esfuerzo y, desgraciadamente, la sangre de mucha gente. La tensión en juego es muy grande, y no sabemos hacía donde se dirigirá, pues sólo los sujetos son los que pueden orientarla.

Desde luego que, en ausencia de movimientos antisistémicos y de una subjetividad antagonista organizada[4], ese es un escenario bien probable. La estructura evolutiva del capitalismo, bajo la hegemonía neoliberal, propicia vislumbrar un marco de escenarios con rasgos poco halagüeños.

Ahora bien, al mismo tiempo que ese marco podría tener lugar con la connivencia o inacción social de los sujetos subalternos, tampoco es posible asegurarlo sin tener en cuenta las posibles estrategias de las clases dominantes. Parece poco razonable, a este respecto, pensar una dinámica histórica donde los sujetos sociales se dejen llevar sin más por una inercia.

Cabe, por nuestra parte, aportar un granito para advertir de estas cuestiones, y de contribuir a dar pistas de reflexión para el movimiento obrero internacional, en primer lugar en las organizaciones sindicales que, nos gustaría, asumiesen este desafío. Un desafío que no sólo debería pasar por aliviar, derivar o postergar los efectos y soluciones de este riesgo sistémico, sino que afrontara la necesidad, posiblemente para la humanidad y el planeta a medio y largo plazo, de un cambio estructural que erradicase un nefasto sistema socioeconómico y político.

[1] Schumpeter hablaba de la “destrucción creadora” del mercado y sus ciclos, que permitían eliminar la capacidad productiva sobrante, animar la innovación y el hallazgo de nuevos mercados, y reestablecer la rentabilidad.
[2] .- La Agencia Internacional de la Energía (AIE), constataba la fuga de inversiones del capital corporativo dominante, localizando una gran parte del problema energético actual, en que: “..los mercados eléctricos liberalizados necesitan más inversiones”, y pronostica que en los próximos 30 años, serán necesarios un volumen de inversiones a escala mundial que: “equivalen, en términos reales, a casi el triple de las cifras de los últimos treinta años” (AIE.2004)
[3] .- “La comunidad internacional no puede permanecer ajena al reforzamiento de la represión penal ante delitos de carácter transnacional que gozan de espacios de la más absoluta impunidad (los paraísos fiscales) y que se realizan a través de procedimientos sumamente complejos. En segundo lugar, la criminalidad financiera tiene como sujeto principal la sociedad anónima que, por tanto, se constituye y actúa bajo la cobertura de la legalidad formal. Los hechos punibles se presentan como actos lícitos desarrollados en el normal ejercicio de la actividad empresarial bajo un ropaje formal que es extremadamente útil para enmascarar el comportamiento ilícito”. Jiménez Villarejo, C.

[4] Se entiende por subjetividad antagonista por la organización colectiva y consciente, que elabora sus medios de expresión y acción pública, formando una perspectiva ideológica intelectualmente compartida –que aspira a la hegemonía en términos de Gramsci-, y que puede adoptar diferentes formas de organización, coordinación y vínculo, en contra del sistema establecido. Este término ha sido frecuentemente empleado por la tradición inmaterialista italiana (Negri) y es de uso habitual entre los movimientos contra el capitalismo global.